Si tan solo supieras
Si tan solo supieras
Por: Cristina75vera
Un pasado que vuelve

Actualidad

Sídney, Australia

Ian

A pesar de resistirnos, hay amores que se quedan anclados en el alma como barcos varados en una orilla olvidada. Quizás porque nunca hubo un adiós real, solo un eco lejano de lo que pudo ser. Tal vez porque la herida sigue abierta, ardiendo con un dolor amargo con el que aprendimos a sobrevivir. O simplemente porque nos cuesta soltar, como quien aferra un puñado de arena, aunque se deslice entre los dedos. Nos aferramos a los recuerdos como si fueran un salvavidas en medio de un océano de soledad, con la absurda esperanza de que el pasado regrese y nos rescate.

Pero no es masoquismo. Tampoco es nostalgia romántica. Es algo más profundo, más cruel. Es el silencio que nos ahoga en lo que nunca fue, es el peso de la cobardía, es el miedo a olvidar. Su voz sigue taladrando mi mente, su risa aún resuena en mis noches, y su mirada dulce aparece en los sueños donde desearía quedarme atrapado para no enfrentar la realidad que me devora por dentro. Y su aroma… ese aroma a chicle y vainilla sigue impregnado en cada rincón de mi memoria, como un fantasma que se niega a desvanecerse.

Sí, nos aferramos a una caja de recuerdos llenos de promesas que jamás se cumplieron. Poemas ridículos que ahora suenan a burla, fotografías de dos jóvenes enamorados, palabras que hablaban de un futuro que nunca llegó. Un sueño hermoso que se desmoronó en mis manos, dejándome con este vacío que ni el tiempo ha sabido llenar.

Supongo que soy el mejor ejemplo del mal de amores. Dejé atrás a la mujer de mi vida, y no fue por dinero, ni por egoísmo, ni por cobardía. Fue porque la vida me puso a prueba y no encontré la forma de ganar. Desde aquella noche en que mi destino cambió, la herida sigue abierta, sangrando recuerdos, llenando mis días de arrepentimiento. Y me pregunto si pudiera volver atrás… ¿lo haría diferente? Quizás hoy Amber y yo estaríamos casados, con niños corriendo por una casa cuya hipoteca seguiría pagando, pero al menos sería feliz.

No como ahora. No como este hombre amargado, lleno de rabia y atrapado en una soledad que me consume cada noche. Ni siquiera el trabajo como vicepresidente comercial de una de las firmas más importantes de Sídney es suficiente. Es solo una maldita vida llena de lujos y dinero, pero sin ella, nada tiene sentido. Tanto que no tengo una relación real, y lo más cercano a un noviazgo es este acuerdo absurdo con Shirley. La morocha de ojos verdes que me persigue como un cazador acecha a su presa. No está enamorada de mí, como algunos ilusos creen, y yo no me aprovecho de ella como otros pueden pensar. ¡Por favor! Shirley es una de esas niñas ricas mimadas que disfrutan tener a los hombres a sus pies. La conozco desde la universidad, desde esa época en la que aún creía que la vida podía darme algo más que dinero y poder. Ahora, solo me queda el ruido ensordecedor de mi propia soledad y la certeza de que, aunque tenga el mundo en mis manos, sin Amber no tengo nada.

En fin, otra tarde de reuniones de trabajo que amenaza con extenderse hasta la noche. La sala de juntas está iluminada por luces frías, el aire pesado con el murmullo de voces y el eco de hojas pasando de mano en mano. Escucho atento al idiota lambiscón del Marketing, sus palabras empalagosas resbalan en mis oídos, mientras Parker, el de inversiones, me lanza un discurso mecánico sobre las proyecciones de utilidades del año. Quieren impresionarme, pero hoy no estoy de humor para lidiar con estos hipócritas.

Cierro de golpe la carpeta con un chasquido seco que corta el aire, la dejo a un lado y suelto un suspiro, sintiendo la tensión en mis hombros. Finalmente, dejo escapar mi voz, firme y sin paciencia:

—Parker, las proyecciones son especulaciones, cifras irreales. Lo que necesito son datos concretos. Así que dame un maldito informe en base a los últimos seis meses de ventas. Luego habla con el presumido de Lester y dile que deje de perder el tiempo con el negocio de Nueva York.

Parker traga saliva, tamborilea con los dedos sobre la mesa, pero asiente en silencio. Jeremy, en cambio, se revuelve en su asiento como si le hubieran pisado el ego.

—Jeremy no quiero que seamos el hazmerreír de la ciudad por tus brillantes ideas —mi voz suena con sarcasmo mientras lo miro fijamente, esperando su reacción.

Jeremy frunce el ceño, su pose ofendida se acentúa. Se inclina hacia adelante con indignación palpable y escupe sus palabras con voz teatral:

—¡Grosero! Me has llamado incompetente. En mi vida me han humillado de esta manera. ¡Esto es intolerable y lo hablaré con Raphael!

Su expresión de falsa tragedia, el ademán exagerado de sus manos, me resultan irritantes. Suelto una risa seca y lo encaro, clavándole una mirada gélida.

—Habla con quien puta te dé la gana, no me importa. Entiende que tú eres otro subordinado bajo mis órdenes, no soy uno de tus amigotes con los que estás acostumbrado a hacer berrinches —mi voz es grave, cortante, mientras me levanto del asiento.

La sala se sumerge en un incómodo silencio. Nadie se atreve a replicar. Miro a los presentes con hastío.

—Señores, si no hay más puntos a discutir, doy por terminada esta reunión. ¡Buenas tardes!

No espero respuesta. Avanzo con pasos firmes hacia la puerta, acomodándome el botón de mi saco. La abro con decisión y salgo, inhalando profundo, sintiendo que por fin puedo respirar lejos de estos parásitos. Pero apenas doy dos pasos cuando Beatriz, mi secretaria, aparece caminando a toda prisa, con el ceño fruncido y una libreta en la mano.

—Señor Field, llamó su… amiga Shirley para recordarle que hoy es la fiesta de su familia.

Me detengo en seco y le lanzo una mirada de fastidio.

—¿Hoy es la fiesta? —averiguo con mi voz irritada y ella asiente con paciencia infinita, ajustándose las gafas con un gesto cansado.

—Sí, señor Field. Desde hace dos días se lo vengo recordando y no hay manera de que pueda ausentarse —señala con su voz inquieta y aprieto la mandíbula, soltando un suspiro pesado.

—Gracias por recordármelo, Beatriz —respondo con resignación, retomando mi camino, sintiendo el peso de otra noche desperdiciada en compromisos vacíos.

Unas horas más tarde

¡Mierda! ¿En qué demonios estaba pensando al aceptar esta invitación? Las fiestas de la familia de Shirley son un desfile de superficialidad y aburrimiento, pero no tenía escapatoria. Peor aún, tuve que recogerla en su departamento y soportar su incesante queja sobre su "día fatal", como si ir de compras fuera una tortura para ella. Vamos, su clóset es más grande que mi pent-house. Tal vez exagero… o tal vez no.

Respiro hondo, preparándome psicológicamente para lo que seguro será una noche insufrible. Apago el motor frente a la majestuosa mansión de sus padres y me esfuerzo por esbozar una sonrisa antes de abrir la puerta. Paso frente al auto y, como dictan las normas del caballerismo absurdo en el que me veo envuelto, le ofrezco la mano para que baje.

Camino a la entrada sintiéndome como un condenado dirigiéndose a su ejecución, con la diferencia de que yo mismo elegí esta sentencia. Carraspeo levemente, ajustando mi máscara de cortesía justo cuando la enorme puerta se abre. Apenas han pasado dos segundos y ya estoy cara a cara con Benjamín, el padre de Shirley.

—¡Ian! —su voz es firme, su sonrisa cuidadosamente calculada para parecer hospitalaria—. Es un gusto volver a verte. Pasen adelante.

Me tiende la mano con esa cortesía impostada que no engaña a nadie. Le devuelvo el apretón con la misma frialdad.

—Hola, hija, te ves deslumbrante como siempre —añade, girándose hacia Shirley con una expresión de orgullo, besando sus mejillas con la precisión de alguien que sigue un guion preestablecido—. Tu madre está con los Wilson, cerca del jardín.

Shirley se sumerge en la multitud sin mirar atrás, ansiosa por mezclarse con sus amigos snob. Agradezco su repentina desaparición y aprovecho la oportunidad para deslizarme fuera del radar. Tomo una copa de champán de la bandeja de un mesero y me alejo por el pasillo, moviéndome con sigilo hacia la biblioteca. Al llegar, empujo la puerta con más fuerza de la necesaria, y entonces…Me congelo.

Frente a mí, de espaldas, hay una silueta inconfundible. Mis pulmones olvidan cómo respirar.

—¡¿Amber?! ¿Eres tú? —mi voz se quiebra con incredulidad, la copa en mi mano tiembla apenas perceptible.

Como si el tiempo se ralentizara, ella gira lentamente. Su rostro, al principio desencajado por la sorpresa, se transforma en una máscara de incredulidad y rabia contenida. Su mirada me atraviesa, helada y feroz.

—¡Ian…! —su voz está impregnada de una emoción que no alcanzo a descifrar. Luego, su expresión se endurece—. ¿Acaso esto es una especie de venganza? ¿Qué demonios haces en mi cena de compromiso?

Sus palabras son un puñetazo en el estómago. Un zumbido ensordece mis oídos. Intento tragar saliva, pero el nudo en mi garganta es un maldito puño de acero. Todo se tambalea: la habitación, el aire, mis pensamientos. No puedo responder. No puedo moverme. Solo puedo mirarla y ahogarme en la realidad brutal que acabo de enfrentar.

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