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Aun dueles (1era. Parte)

El mismo día

Sídney

Amber

Supongo que todos, en algún momento, hemos vivido una decepción amorosa. Pero lo verdaderamente desgarrador no es solo perder a alguien, sino la traición del destino cuando te atreves a creer que tu felicidad será eterna. Cuando sientes que nada ni nadie podrá apagar ese amor que parecía invencible… hasta que, en un abrir y cerrar de ojos, todo se derrumba como un castillo de naipes. Es como si el universo te gritara que no tienes derecho a amar.

Primero llega la incredulidad, ese instante en que te niegas a aceptar la realidad porque duele demasiado. Luego, la rabia te consume, quema como fuego en las entrañas, convirtiendo cada recuerdo en una daga. La impotencia se instala en el pecho, asfixiante, insoportable. Y después… la resignación. Pero esa última etapa casi nunca nos alcanza por completo. Nos aferramos al pasado, repasando una y otra vez dónde fallamos, en qué momento todo se fue al carajo, por qué no vimos las señales a tiempo. Nos torturamos con preguntas sin respuesta, mientras el dolor nos devora.

Entonces llega el intento de olvido. Borramos fotos, evitamos lugares, nos aferramos a la absurda idea de que, si eliminamos cada rastro de esa historia, podremos dejar de sentir. Pero, en el fondo, sabemos que no funciona así. Quizás es solo un mecanismo de defensa, un intento desesperado de cerrar las heridas, de encerrar los recuerdos en un baúl con mil candados para que no nos sigan destrozando.

Yo también tengo una historia de amor que aún no he podido olvidar. Hubo un tiempo en que Ian era mi todo. No importaban las dificultades, no importaba que fuéramos demasiado jóvenes, ni que apenas nos alcanzara el dinero para sobrevivir en aquel diminuto departamento de estudiantes. Éramos felices, o al menos yo lo era. Soñaba con una vida a su lado, con formar una familia, con envejecer juntos.

Pero todo cambió en una sola noche. Una noche que sigue atormentándome, repitiéndose en mi mente como un eco cruel, sin tregua. Como si estuviera condenada a revivirla una y otra vez.

Melbourne, 7 años atrás

Todavía intento descifrar este cambio repentino en nuestra noche de películas. No es que me desagrade la idea de cenar en un lugar romántico con mi novio, pero hay algunas razones por las que un hombre te lleva a un restaurante elegante: quiere llevarte a la cama, necesita avivar la relación o planea pedirte matrimonio.

Sin embargo, no creo que sean las dos primeras opciones. Después de cuatro años juntos, seguimos enamorados como el primer día, al punto de sentir que debemos avanzar, tal vez comprometiéndonos. Hemos hablado de nuestra casa ideal, de un futuro juntos, aunque también somos conscientes de nuestra realidad: seguimos en la universidad, estamos pagando préstamos y apenas cubrimos el alquiler. Sería una locura pensar en hijos cuando todavía estamos aprendiendo a sobrevivir.

Vuelvo a mirar a Ian. Tiene esa sonrisa coqueta que intenta disimular mientras sus manos se aferran al volante con fingida inocencia. Tararea una canción, su manera de provocarme porque sabe que odio las sorpresas. Me muerdo el labio, respiro hondo, pero al ver que el semáforo sigue en rojo y él sigue jugando a hacerse el misterioso, no aguanto más.

—Amor, ganaste… —suelto con dramatismo—. Conseguiste enloquecerme con tanto misterio. Haré lo que quieras, pero termina con tu pequeña tortura.

Ian me lanza una mirada de falsa indignación.

—¿Tortura? ¿En serio? —repite con tono dramático—. ¿Le llamas tortura a que tu novio quiera tener un detalle lindo contigo? Eres cruel, mi pecosa.

Le lanzo una mirada de reproche.

—No juegues, Ian… sabes perfectamente a lo que me refiero.

Su sonrisa traviesa se ensancha, pero no responde de inmediato. Sigue conduciendo como si no hubiera dicho nada, dejándome en la incertidumbre.

—Estoy confundido, mi pequeña pecosa —dice al fin, con fingida inocencia—. ¿Me explicas a qué te refieres?

Ruedo los ojos y le dedico una sonrisa burlona.

—Ahora me harás adivinar el motivo de esta cena repentina… —finjo pensarlo—. Veamos… ¿Conseguiste la entrevista en Hampton y Asociados?

Sus ojos grises se iluminan con el reflejo de las luces de la calle. No dice nada, pero su expresión me da una pista.

—O quizás… —alargo la palabra, divertida—. ¿Quieres pedirme matrimonio?

Ian suelta una carcajada y sacude la cabeza.

—Bueno, estuviste muy cerca, mi pecosa.

Frunzo el ceño, intrigada.

—¿Entonces?

En lugar de responder de inmediato, se muerde el labio, juega con mis nervios. Me desabrocho el cinturón de seguridad en señal de impaciencia.

—Habla ya, amor. Deja el misterio.

Finalmente, se rinde y deja escapar una sonrisa de triunfo.

—No solo conseguí una entrevista con Raphael Gordon, el CEO de la empresa… —hace una pausa, alargando el suspenso—. Tienes frente a ti al próximo asistente junior de la presidencia.

Abro los ojos de par en par.

—¿En serio? ¡Eso es buenísimo! —grito emocionada, lanzándome sobre él para abrazarlo con fuerza—. ¡Te lo mereces!

Ian ríe contra mi cuello y cuando nos separamos un poco, acaricia mi rostro con ternura. Su mirada brilla con algo más profundo que felicidad: amor, orgullo, gratitud.

—Todo es gracias a ti… —susurra, con la voz cargada de sinceridad—. Por apoyarme, por estar a mi lado, por aguantar esos días de m****a… pero ya no más. Ahora te daré todo lo que te mereces. Conseguiré un departamento decente y…

Deja la frase inconclusa.

—¿Y? —presiono, sin apartar mis ojos de los suyos.

Ian me mira intensamente, con una sonrisa suave en los labios.

—Y pondré una sortija en tu dedo… si estás dispuesta a aguantar a este tonto que se muere de amor por ti.

Su aliento choca contra mi piel, su voz se desliza como una caricia. Estoy tan emocionada que apenas puedo reaccionar. Solo asiento con la cabeza, incapaz de hablar.

Ian se inclina y sus labios capturan los míos en un beso que incendia cada parte de mi ser. Siento que el corazón me estalla en el pecho, que todo mi cuerpo vibra con una intensidad nueva, maravillosa.

Y entonces, un rechinar de llantas rasga el aire. Un impacto brutal contra nuestro auto. El mundo se sacude, se retuerce en la oscuridad.

Así comenzó mi pesadilla. Un auto nos embistió, arrebatándome la vida tal como la conocía. Desperté dos semanas después en una cama de hospital, rodeada de luces frías y el pitido constante de las máquinas. Pero Ian no estaba ahí. En su lugar, encontré a mi hermana menor, Ingrid, y a Joseph, un compañero de la universidad.

No hubo explicaciones. No hubo una llamada de despedida. Ni una nota, ni un motivo. Nada.

Maldita sea, nada. Y esa herida sigue abierta, sangrando preguntas sin respuesta que hasta el día de hoy me atormentan.

Lloré su ausencia durante meses, esperándolo en nuestro departamento, aferrándome a la esperanza absurda de que volvería. Pero no lo hizo. Al final, tuve que seguir adelante. Me mudé con mi hermana, terminé mi carrera en Economía y Finanzas, y conseguí un empleo. O, mejor dicho, Joseph Carrington se encargó de convencerme de aceptar su oferta en la empresa de su familia. Aunque ni los logros ni el tiempo han sido suficientes para borrar su fantasma de mi vida.

De todas formas, tuve algunas relaciones, sí, pero todas superficiales. Nada de compromisos, nada de ataduras. Nunca dejé que nadie se acercara demasiado. Hasta que, sin darme cuenta, terminé involucrada con Joseph… o simplemente me rendí a lo evidente.

Él siempre estuvo ahí. Desde aquella noche en la que mi mundo se partió en dos, fue quien me sostuvo cuando apenas podía mantenerme en pie. Me ofreció su amor sin exigir nada a cambio, sin presionarme. Y tal vez por eso acepté comprometerme con él. Lo sé, lo sé… un matrimonio necesita más que amistad y gratitud, pero me convencí de que sería suficiente. Me repetí tantas veces que podría hacerlo, que cuando llegó el momento, simplemente asentí.

Incluso accedí a tener la fiesta de compromiso en la casa de su padrino, Benjamín O’Connor. Me daba igual la maldita celebración, pero a Joseph le importaba. Y, por una vez, decidí ceder. No seas una perra, acepta. No te cuesta nada.

Pero lo que jamás imaginé—ni en mis más jodidas pesadillas—era que el pasado me esperaba en esa casa, afilando los dientes para destrozarme. Ian.

¡Mierda! El aire se evapora de mis pulmones. Está aquí. Frente a mí. Vivo. Y lo peor es que no luce destrozado, ni vencido por el tiempo. No, el muy tonto está más guapo que nunca.

La barba y el bigote le dan un aire rudo, más maduro. Bajo ese traje negro, se nota que su cuerpo ha cambiado: brazos firmes, abdomen trabajado, la misma postura arrogante que siempre me desesperó… y me encantó. Su cabello castaño sigue corto, justo como me gustaba recorrerlo con los dedos, y sus ojos… maldita sea, sus ojos.

Ese gris gélido aún tiene el poder de desarmarme. Pero hay algo más en su mirada. Algo que no puedo descifrar. Tristeza, rabia.… ¿Amor? No. No puede ser. Tal vez es solo mi maldita manía de creer que aún le importo, al punto de estar aquí, delante de mí, fingiendo sorpresa.

El aire entre nosotros se espesa, cargado de reproches no dichos, de rencores que arden bajo la piel. Ninguno retrocede. Ninguno aparta la mirada. El silencio es un campo de batalla, y estamos en guerra. Entonces, él suspira, ladea la cabeza y curva los labios en una sonrisa burlona.

—¿Venganza? —su voz es profunda, levemente áspera, como si le divirtiera la idea—. ¿Por qué haría algo así? Todo lo contrario. Si alguien aquí debería pensar en revancha… eres tú. Sigues dolida por el pasado.

Su tono me revuelve el estómago. Aprieto la mandíbula y clavo las uñas en mis palmas.

—Te has vuelto un maldito engreído si crees que todavía me importas —digo, con la voz firme, aunque por dentro estoy hecha pedazos—. Moriste para mí aquella noche del accidente. ¿Lo entiendes?

Su mirada se endurece al instante.

Los músculos de su mandíbula se tensan, y sus fosas nasales se dilatan levemente, como un lobo a punto de atacar.

—¡Ah, perfecto! —gruñe, su voz se vuelve más grave, como si cada palabra le quemara la garganta—. Eso es justo lo que quería escuchar. Así todo es más simple, porque para mí también todo terminó esa puta noche.

Su veneno se cuela bajo mi piel, directo a mis cicatrices. Me quema, me destroza, pero no me permito quebrarme. No frente a él. Alzo el mentón y me obligo a sostener su mirada.

—Entonces haznos un favor, Ian. No arruines mi cena de compromiso con Joseph. Sé maduro y compórtate a la altura. ¿Puedes hacerlo?

Una chispa de furia se enciende en sus ojos. Pero, en lugar de responder de inmediato, deja que el silencio se prolongue.

Luego, sonríe de lado, con esa expresión cínica que tanto odié y tanto amé.

—¿Te preocupa el idiota de tu prometido? —murmura, dando un paso hacia mí. Su voz es un susurro peligroso, cargado de algo que me revuelve el estómago—. Tranquila, no le diré lo que fuimos. Eso es parte del pasado.

Se inclina apenas, lo suficiente para que su aliento roce mi piel.

—O tal vez no… —su sonrisa se amplía con una arrogancia venenosa, como si pudiera ver a través de mí, como si supiera que aún tengo grietas por donde se cuela su sombra—. Tal vez aún te descontrolo con una sola mirada, pecosa. ¿Verdad?

Su voz es un roce en mi piel, un latigazo de fuego recorriéndome la columna.

Lo odio. Odio que me llame así. Odio que su cercanía me afecte. Odio… que aún tenga ese jodido poder sobre mí. Pero no lo dejaré ganar. No esta vez.

—¡Vete a la m****a, Ian! —escupo, sintiendo la rabia arderme en la garganta.

Me giro sobre mis talones, dispuesta a largarme de esta maldita biblioteca y poner tanta distancia como me sea posible entre nosotros, pero no llego lejos.

En un parpadeo, su mano atrapa mi brazo con firmeza y me jala hacia él. El impacto de su cuerpo contra el mío me roba el aliento. Quedo atrapada.

Su pecho se alza y desciende con respiraciones contenidas. La tela de su traje es un muro entre nosotros, pero aun así puedo sentir la tensión vibrando en cada músculo de su cuerpo.

Abro los ojos, desconcertada por su reacción. Trago saliva, mi corazón golpeando contra mis costillas como un animal enjaulado.

—Suéltame —murmuro, pero su agarre se mantiene. No es agresivo, no es violento… pero es inquebrantable.

Sus dedos se aferran a mi piel con la misma intensidad que su mirada a la mía. Y entonces lo dice.

—¿Lo amas… como me amabas a mí? —su voz baja, profunda, se clava en mis oídos como una sentencia, pero el gris de sus ojos me atrapa, consumiéndome en un mar de dudas.

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