El perdón es completamente relativo. En ocasiones, nuestra boca puede emitir un perdón, pero el corazón, que es realmente importante, guarda resentimientos. En mi caso, ya estaba cansada de las constantes llamadas de Saúl, de sus súplicas vacías y de todo lo que implicaba su presencia en mi vida. Estaba dispuesta a dejarlo atrás, a retomar mi vida con Max, quien realmente me valoraba y comprendía cada una de mis luchas y tormentos, pero mi ex marido aparecía en mi departamento a cualquier hora y la impotencia y la frustración me mantenían lamentándome de haberme casado con él. Aquella tarde decidí enfrentarlo, no quería que Max se sintiera incómodo con esos extraños encuentros y, al verlo, mientras salía de mi consultorio, detuve el paso y lo encaré seriamente. - ¿Qué quieres realmente Saúl? - pregunté con molestia. - Solo hablarte, explicar... - La traición no tiene explicación y más cuando te he visto. Además... - dije con reticencia - ya eso no me importa, estoy tratan
Sentada en mi oficina, mirando a los dos jóvenes que tenía frente a mí y que, tímidamente, pasaban sus ojos Inquietos por el lugar, sin atreverse a balbucear la más mínima sílaba, sentía que mi paciencia abandonaba mi cuerpo. Miré con detenimiento los papeles que Isabel había dejado, para mí, encima del escritorio, con los datos personales de los jóvenes: Patricia y Arnaldo Menéndez, 28 y 30 años de edad respectivamente y siete de matrimonio, sin hijos. No había percibido la más mínima conexión entre ellos y, a pesar de haber leído, por segunda vez, los apuntes, no lograba asimilar el tiempo que llevaban juntos. - Patricia - dije al fin - ¿ Por qué han venido a mi consultorio? - He engañado a mi esposo, Doctora - respondió con dolor y vergüenza - y ahora no sé qué hacer para salvar mi matrimonio. - Éramos una pareja linda - dijo él - estaba trabajando mucho últimamente, pero lo hacía para garantizarnos un futuro, pero ella lo entendió todo mal. - Yo... - balbuceó ella - solo fue
Un poco agotada por la mañana movidita que acababa de tener tomo unos minutos y le pido a Isabel una taza de café. El divino néctar de los dioses tiene el poder de calmarme y brindarme las energías para continuar mi día. De repente, mi secretaria, atiende el llamado de la puerta principal y me doy cuenta que acaban de llegar los próximos pacientes. - Buenos días - saludo cuando los percibo entrar a mi oficina. - Buenos días - responden al unísono los dos miembros de la pareja. Ambos son hombres, comprendo, de inmediato, que estoy frente a una relación homosexual, pero, a pesar de la complejidad de este tipo de matrimonio, percibo una conexión bonita entre los dos. Reviso los papeles con sus datos personales que mi secretaria ha dejado encima de mi escritorio. Albert y Robert Morrison, con apenas 5 meses de relación, 32 y 36 años respectivamente. Los detallo con detenimiento antes de comenzar con mi discurso de bienvenida, agradecimiento y presentación. - Soy la Doctora Nic
Me relajé aproximadamente 10 minutos con mi secretaria y aproveché la oportunidad para deleitarme con una taza de café, el líquido me brindó una paz que no sentía desde las primeras horas de la mañana. - ¿Difícil la consulta? - preguntó Isabel con su imperturbable tono relajado. - La complejidad propia de los seres humanos - respondí evadiendo el tema, pues no podía faltar a la ética, exponiendo la intimidad de la pareja. Caminé con determinación hacia la oficina donde debía realizar el cierre adecuado al problema que enfrentaba la pareja. Penetré en el recinto. El silencio ensordecedor me recibió, brindándome una noción de lo que me esperaba. - Ahora sí - dije con curiosidad - quiero que me expliques por qué estás desesperado. - Voy a ser padre - expresó de golpe, sin maquillajes ni preámbulos. - ¿Qué? - interrogó Albert desconcertado - ¿Cómo...? - Fue un error... una noche de locura. - ¿Un error? - interrogó dolido y visiblemente molesto - ¿Cuándo? - En mi últim
Abro la puerta de mi departamento, abrumada y cansada. Siento un ferviente deseo de dejarme caer en la cama y no reaccionar hasta el día siguiente, pero la necesidad de ser mimada me asalta de inmediato. De repente, el sonido de mi teléfono celular interrumpe mis pensamientos y, al mirar la pantalla del móvil, no puedo evitar el esbozo de una sonrisa. - ¿Mi amor? - pregunta Max anhelante. - Ya te extrañaba - digo un tono coqueto. - Yo también - expresa con cautela. Creo percibir una creciente preocupación en su voz, la paranoia y mis inseguridades comienzan a dominar mis pensamientos. - ¿Pasa algo? - pregunto después de haber analizado durante algunos minutos la situación. - Tenemos que hablar - me dice con su voz quebrada - voy enseguida para allá. El miedo comienza a guiar mis emociones. ¡Estaba raro! Exclamo en voz alta, con un ligero temblor recorriendo mis miembros. El pánico asoma a mis ojos y, mientras espero a Max, me dejo caer en el sillón del recibidor. Me
En aquel espacio cerrado, en mi pequeña oficina, contemplo con algo de curiosidad a la pareja homosexual que tengo frente a mí. Miro los apuntes que Isabel ha dejado encima de mi escritorio y detallo el nombre de ambos. Samuel e Indira Solano. Los dos tienen la misma edad, 26 años. Llevan apenas 18 meses de casados. Miro el vestuario, totalmente femenino, del joven rubio y deparo en su nombre. Comprendo que ha hecho un total cambio de sexo y activo mis alertas, teniendo en cuenta que, en muchas ocasiones, esas personas, poseen trastornos psicológicos. Finalmente el moreno, que intuyo se llama Samuel, decide romper el hielo y comenzar a hablar. - Doctora - comienza el discurso - como habrá podido apreciar ella es una chica trans. Asiento con un movimiento despreocupado, indicando que estoy alejada de los prejuicios, pues, en mi profesión, solo me concentro en el bienestar del paciente, sin importar color, edad o preferencias sexuales. Mi misión como psicóloga es ayudar, no juzg
Existe una errónea concepción de la segundas oportunidades. Creemos que es una manera adecuada de enfrentar un problema en el matrimonio, exigiéndola cuando hemos cometido un error, prometiendo que, esta vez, será diferente. En mis años como terapista de pareja he presenciado toda una gama de formas de pedir perdón y suplicar por una segunda oportunidad, pero lo cierto es, que las estadísticas muestran, el % bajo del perdón. Cada día la persona es menos manipulable y menos dada a recomenzar aquellas relaciones que, por cualquier motivo, habían sido fallidas desde el inicio. Los signos son claros para detectar estas clases de uniones tóxicas. La cara de culpabilidad y arrepentimiento de uno de los miembros de la pareja y la rabia creciente del otro. Casi siempre esos matrimonios estaban irremediablemente rotos y no habían técnicas o conversaciones que pudieran revivir una llama que se había apagado. Por eso, en cuanto los vi, pude reconocer cuál era el problema de la pareja que tenía
Me levanto asustada de la cama. Al contemplar el panorama del clima por la ventana de la habitación decido observar el reloj. Llegaré tarde, otra vez. Recuerdo vagamente haber apagado la alarma de mi teléfono celular pero, al parecer, de forma inconsciente volví a acurrucarme entre las sábanas, quedándome completamente dormida. Descalza me dirijo hacia el baño y dejo acariciar mi cuerpo con esa lluvia artificial que tanto me relaja. Hoy no puedo mimarme. Mi tiempo es limitado, por lo que termino el aseo a una velocidad asombrosa. Tardo quince minutos en vestirme y aplicar un ligero maquillaje que, al menos, disimula mis ojeras. Sin despedirme del hombre que duerme en la cama decido subirme al auto para adentrarme en las calles de la ciudad que nunca duerme. Atravieso las enormes puertas del consultorio pasadas las 8:00 de la mañana, algo tarde si tenemos en cuenta que los primeros pacientes ya están en el recibidor. No los conozco, es su primer consulta y debo causar buena impresión