Saludos!!!
BaldassareVoy con mi sombrero Borsalino —luciendo el atuendo de Cosa Nostra—, con mi elegante pistola Jericho 941 FS, protegido con el chaleco antibalas debajo de mi chaqueta y mi juguete favorito, la bazuca, colgando de mi hombro.Hemos recorrido el perímetro. Los imbecille se han conformado con quitarle el microchip a mi hermano y la seguridad de afuera olvidada. No fue difícil encontrarlos porque el capi mandó a vigilar el almacén que ardía en llamas, y al darle la ubicación de Constantino, pudieron seguirlos hasta esta finca retirada.Asumo por su torpeza que son soldados nuevos. No tengo dudas de que los grandes vienen en camino.No me molesto en reventar las cámaras —he visto dos—: una en el portón que rompimos y la otra la tengo delante, puesta en un farol. Al contrario, quiero que me vean.Miro al lente y levanto el brazo con el puño cerrado; seguido de:—Ma vaffanculo. —Escupo al suelo para acabar con estilo mi insulto.No aparto la mirada del lente… quiero que me recuerden.
AzzuraAl bajarme, vislumbro a Terzo mirando a la distancia y voy directo a su encuentro. Une sus ojos con los míos y ese vistazo responde la ausencia de Darío. «Mi padre se fue… no me esperó». —Señorita…—Llévame con él —exijo, apretando su brazo.—Dio órdenes de que te mantengas en la mansión.—Negativo, tengo que verlo —reniego.Iba a dar la vuelta, pero me jala por el brazo y caigo en su duro pecho.Noto en sus ojos que vio mi obsequio de parte del Biondo Diavolo y lo empujo a la defensiva. Me recupero de la impresión y tapo el chupetón en mi cuello.—Ya veo que la pasaste bien en la lucha —se mofa Terzo.Narciso me aparta de su lado con una sonrisa ladina.—Es la campeona… por supuesto que disfruta su victoria —añade Narciso con orgullo.La cara de diversión de Terzo me confirma lo que está pensando: que la marca en mi cuello es obra de él….Lo dejo creerlo.Es mejor así.Nadie sabe la verdad.Nadie sabe que el Biondo Diavolo me encontró… y dejó un beso marcado en mi piel.—Terzo
BaldassareAyudé a bajar a mi hermano con Neri y nos recibieron con dos camillas. El capi me pidió que me sentara en lo que atendían a Constantino, pero me negué.Estoy dentro del sótano, su clínica. El lugar huele a desinfectante y cobre seco. Tiene equipo médico que apenas reconozco por las películas. Para no estorbar, me quedo en una esquina con las manos metidas en los bolsillos.La doctora con bata y gorro quirúrgico trabaja sobre la pierna de mi hermano. El hombre mayor, Abramio, revisa al que disparó la bazuca. Lo conectan a monitores y cables que emiten pitidos constantes.Junto a él, la mujer de piel oscura ayuda a quitarle el vendaje que uno de los encapuchados le puso en el auto para intentar detener la hemorragia.El muchacho rapado —su hermano— se mantiene pegado a su lado, murmurándole palabras de aliento para que no cierre los ojos. Cada tanto le da una cachetada suave en la mejilla, seguida de besos en la frente para mantenerlo consciente.—Abramio, sálvalo, per favore.
BaldassareEntra abruptamente el joven y empuja a las chicas. El capi viene detrás, con el rostro surcado en lágrimas, y no se despega de la espalda de su primo. Filipa e Immacolata se acomodan a mi lado, dejándolo procesar la partida de su hermano. El chico guía sus manos temblorosas hacia la cabeza pelona de Taddeo y suelta un gemido de dolor.—¿Ahora quién me levantará a almohadazos? —se encorva y besa su frente—. ¡Dimeee! —brama, desolado, zarandeando los hombros de Taddeo.Caruso lo abraza por detrás y lo aleja de la camilla.—¡Suéltame! —Lucha por zafarse, pero el capi lo retiene por el estómago—. Mi hermano solo duerme —dice entre jadeos, mientras sus brazos tratan de alcanzar el cuerpo.Los chicos del capi entran —con sus rostros a la vista— y le dan la mano a su líder. Los gemelos sostienen las piernas voladoras del joven. En el auto se habían dejado ver las caras. El que manejaba era gemelo con el que recibió la bala en el brazo. Me fijo que tiene el brazo vendado. Él nunca v
Azzura¡Paf! ¡Pum! ¡Tac-tac!Golpeo el saco de boxeo con fuerza, sintiendo la vibración en mis nudillos. El sudor resbala por mi piel, serpenteando entre mis senos hasta empapar mi sostén deportivo. Mi respiración es un eco de mi esfuerzo, entrecortada, hambrienta de aire.Los intentos por olvidar a base de entrenamiento no funcionan. A cada minuto extraño a mi papá. No paro de pensar en cómo murió. El Don me mostró las cámaras de la finca, y la cara del Biondo Diavolo la tengo grabada en mi cerebro. Él se jactó delante del lente e insultó a los Minniti. En otras palabras, mi famiglia. No olvido que mi padre… Me niego a creerlo, pero no está a mi lado.Volaron la camioneta con la bazuca. La misma que tenía Baldassare colgando del hombro.Me tambaleo, jadeando, y abrazo el saco.«Debo odiarlo», repito mi mantra.Llevo dos semanas con esa letanía.Tengo suficientes razones para convertirlo en mi rival. La primordial: por su culpa perdí a mi padre.Estoy sola.No tengo a nadie que crea e
AzzuraTerzo no quiere dejarme ir. Está preocupado y no para de darme instrucciones. Me dio un celular para que lo llame si hay complicaciones. No soy amante de la tecnología. En Canadá siempre lo dejaba botado. Total, para lo único que lo uso es para mandar memes y reels en el grupo que tenemos. El grupo se llama Fuorilegge (Forajidos), y los integrantes son Amerigo, Narciso e Itala. La comunicación con mi padre se reducía a una llamada al mes y algún que otro mensaje.«Lo echaré de menos».—Se supone que el celular te lo daría tu padre —dice Terzo, devolviéndome al presente.—¿El audio está aquí? —pregunto, esperanzada.—Sí —responde, acomodándose la trenza en el lado derecho del hombro—. No llegabas y tenía que irse. Me pidió que guardara el móvil y que, si no llegaba, te lo entregara.—Llegué, pero él no —musito con los ojos húmedos y parpadeo, negándome a llorar.—Pausemos…—No me tiraré al suelo a llorar —lo interrumpo.Terzo se alivia y suelta el aire.—Me alegro —admite, y lo
AzzuraHe pasado tres malditos restaurantes. Tres.El maldito Don no pudo mandarme más lejos porque ya sería tortura. Como si no fuera suficiente obstáculo matar a un hombre y buscar la manera de no ir presa.Once minutos exactos tardó el taxi desde la estación hasta este restaurante de m****a, apartado en la nada, rodeado de monte y con apenas un quiosco de limonada como vecino.Estupendo. Cuando lo mate, puedo sentarme a tomar una limonada mientras espero el taxi…Si es que viene antes de que me arresten.Los nervios me están carcomiendo desde que subí al auto.Para rematar, el negocio está a rebosar.Hay mesas afuera, alumbradas por luces colgantes, y todas ocupadas.Familias, parejas, grupos de amigos. Todos comiendo, riendo, sin imaginar que están a nada de presenciar un asesinato.Digo, prefiero que no se enteren hasta que esté lejos, de ser posible en el taxi, pero es imposible sin apoyo.Y no tengo apoyo.—Disculpe, ¿se va a bajar?La mujer lleva dos veces con la misma pregunt
Azzura—Se fue el mesero —aviso, removiendo el trago con la pajita.—Te condenas al infierno antes de completar la misión —me sentencia Itala al otro lado de línea—. Coquetear en una trampa… solo a ti se te ocurre.Me río bajito, removiendo el vaso hasta que el hielo choca contra las paredes de cristal.—Nací en el infierno y lo encuentro fascinante, amore.—Idiota —resopla, pero la escucho teclear.Siempre tecleando.—Es parte de mi personalidad ácida.Doy otro sorbo al licor dorado.—No vuelvas a tomar.Cierro los ojos, apretando el vaso entre los dedos.Ni siquiera aquí puedo engañarla.Ella podrá estar a kilómetros, pero me conoce mejor que yo misma.—Solo di un sorbo.—Strega tiene bastante alcohol para nublarte los sentidos en tu iniciación, Azzu.Su tono es recto, ella siempre vigila mi seguridad.Siempre expongo mi vida, y ella se encarga de mantenerme respirando.Nuestra amistad se basa en dos fuerzas opuestas: una sensata… y la otra suicida.—¿Es hoy? —escucho la voz grave d