Era una mañana clara y cálida, de esas que invitan a abrir las ventanas y dejar que el sol inunde la casa. Los pájaros trinaban entre los árboles del jardín, y una brisa suave movía las cortinas con ritmo pausado, como si la naturaleza misma tratara de acariciar el alma de quienes habitaran allí.
Camila no esperaba visitas. Estaba en la cocina sustituyendo a Marta con unos frascos de mermelada cuando escuchó su nombre. Marta, desde la entrada de la cocina, la llamó con una mezcla de curiosidad y entusiasmo en la voz.
—¡Camila! ¡Te buscan!
Camila frunció el ceño, se limpió las manos en el delantal y caminó hacia la entrada, sin imaginar que el rostro que la esperaba le revolvería el corazón de emociones dormidas.
—¡Gabriela! —exclamó al reconocerla, entre sorprendida y emocionada.
Allí estaba su a
El día comenzó con una brisa ligera que suavizaba el calor habitual, como si el universo ofreciera una tregua después de las últimas jornadas llenas de tensión.El cielo estaba despejado, con nubes blancas que flotaban perezosas, y el aroma del campo se mezclaba con el frescor de la tierra recién regada. Camila se sentía extrañamente animada mientras ayudaba a Marta a organizar los utensilios del invernadero. No era parte de sus obligaciones, pero había decidido involucrarse un poco más en las tareas de la casa.El movimiento, lejos de agotarla, le ofrecía una distracción necesaria. Le permitía no pensar demasiado.A pesar de su embarazo, se sentía fuerte esa mañana. Había descansado bien la noche anterior, aunque con el hueco extraño que dejaba el silencio prolongado de Leonardo desde su última conversación, y sent&i
La tarde estaba tranquila, con el sonido suave del viento moviendo las hojas de los árboles y el canto lejano de algunos pájaros que sobrevolaban la finca. El sol descendía lentamente, tiñendo de dorado el jardín, y una brisa ligera traía consigo el aroma fresco de las buganvilias que florecían junto al muro.Camila estaba sentada en el jardín, bordando con calma sobre una tela clara, con las piernas cruzadas sobre una manta. Desde que descubrió que aquello la ayudaba a relajarse, se había convertido en una de sus pequeñas rutinas.El vaivén de la aguja sobre el bastidor, el crujir del hilo al tensarse y el simple acto de crear algo con sus manos la reconectaban con una parte de sí misma que, por momentos, parecía diluirse entre las incertidumbres de su embarazo y la tensión silenciosa que a veces flotaba en el ambiente de la casa.Leonardo la o
La lluvia caía con suavidad esa tarde, tiñendo el paisaje de un gris melancólico que invitaba al recogimiento. Las gotas repiqueteaban contra los ventanales de la casa como un suave murmullo constante, una música lejana que parecía latir con el mismo ritmo pausado del corazón de Camila.Afuera, el cielo se había vuelto una manta uniforme de nubes pesadas, y dentro de la finca, la atmósfera se sentía más íntima, como si todo el mundo se hubiera reducido al interior cálido de aquella cocina.Camila estaba de pie frente a la encimera, con el cabello recogido en una trenza floja y una blusa de algodón que caía sobre su figura con comodidad. Removía el té en su taza con movimientos lentos, casi automáticos, mientras sostenía el teléfono entre el hombro y la mejilla.Al otro lado de la línea, la voz de Gabriela, reso
El tiempo comenzó a pasar rápido y se hizo notar en el cuerpo de Camila. Su vientre había crecido de forma visible y su andar se volvía más pausado, más medido, como si cada paso lo pensara dos veces antes de darlo. El séptimo mes de embarazo había llegado, y con él, una nueva etapa llena de expectativas, cambios físicos y cierta vulnerabilidad emocional que intentaba manejar con serenidad.Aunque su ánimo seguía estable y su carácter dulce no se había visto alterado, los síntomas del tercer trimestre comenzaban a hacerse notar.El cansancio era más constante, a veces le dolía la espalda por las noches, y necesitaba levantarse varias veces para ir al baño. Aun así, su determinación por mantenerse activa la impulsaba a continuar con sus rutinas diarias. Salía al jardín con su libro o su bastidor de bordad
Leonardo miró por la ventana de su residencia en España, observando la vasta extensión de terreno que rodeaba su propiedad. Había escogido ese lugar con una razón específica: alejarse del mundo, de la gente, de los recuerdos que lo atormentaban. Necesitaba espacio, aire, silencio. Cualquier cosa que lo hiciera olvidar la rabia que todavía ardía en su interior.Un año y medio había pasado desde el accidente. Cuatro años habían pasado desde que su vida se partió en dos. Antes, había sido un hombre poderoso, temido, respetado en los negocios. Ahora, apenas era una sombra de lo que fue. Su cuerpo le fallaba, su orgullo estaba herido, y su carácter se había agriado hasta volverse insoportable para la mayoría de las personas. No le importaba. No necesitaba que nadie lo quisiera.Lo que más le dolía no era la pérdida de su movilidad, sino la traición. Su exnovia, la mujer que le juró amor eterno cuando era un hombre completo, lo abandonó cuando quedó claro que él no volvería a caminar. Se lo
La rutina en la casa de Leonardo transcurría con la misma monotonía de siempre. Cada empleado conocía su lugar y sus tareas, y la joven que había empezado a trabajar allí no era la excepción.Luego de esa interacción, quiso saber su nombre, algo que no solía importarle de los empleados de trabajos comunes. Su ama de llaves, la señora Lucía, como si supiera lo que Leonardo quería, un día le llamó la atención a la chica.—¡Camila Álvarez, deja eso! Para eso están los muchachos, es demasiado peso.Por respuesta solo oyeron una risa alegre y una disculpa. Y por alguna extraña razón, Leonardo sonrió al ver a la muchacha caminar a la casa relajada y divertida por la reacción de su jefa.Desde el primer día, demostró ser eficiente, tranquila y amable. Su dulzura resultaba casi exasperante para Leonardo, quien estaba acostumbrado a la distancia y la frialdad. Pero ella no se inmutaba ante su carácter. No parecía alterarse por su malhumor ni se intimidaba con su tono cortante, mucho menos a si
Los días siguientes transcurrieron con una normalidad tensa en la casa. Camila continuó con su trabajo, cumpliendo con cada tarea con la misma dedicación de siempre, pero Leonardo notaba lo evidente: su mirada ya no tenía el mismo brillo. Había algo en sus movimientos, en la manera en que se detenía por segundos a observar la nada, en su sonrisa que ya no era tan genuina.Algo había cambiado en ella.La veía a menudo en la cocina, fregando platos con una expresión ausente, o en el jardín, con la mirada perdida en el cielo mientras el viento agitaba su cabello. Pero lo que más le llamaba la atención era ese gesto inconsciente que hacía cuando creía que nadie la miraba: acariciaba su vientre con delicadeza, como si intentara convencerse de que aquel pequeño ser que crecía dentro de ella no era un error, como si buscara en su propio cuerpo la seguridad que no encontraba en el mundo.Leonardo intentó convencerse de que no era su problema. No le importaba lo que ocurriera con ella, se repe
Leonardo McMillan no era un hombre que disfrutara las reuniones sociales. Le incomodaban las charlas triviales, los halagos interesados y las sonrisas falsas que poblaban esos eventos. Para él, todo se reducía a negocios, números y estrategias. Sin embargo, en el mundo de las inversiones, algunas cosas eran inevitables. Las cenas con socios potenciales estaban dentro de esa categoría.Aquella noche, su casa sería el escenario de una de esas cenas formales, una reunión clave con un empresario de gran influencia en el mercado europeo. No era algo que lo entusiasmara, pero era un paso necesario para afianzar ciertos acuerdos y expandir su presencia en el sector.Desde temprano, Leonardo había dado instrucciones precisas a su personal para que todo estuviera impecable. Nada debía fallar, la elegancia y la eficiencia eran imprescindibles en una noche como aquella.Pero los planes, por muy meticulosos que fueran, rara vez salían exactamente como uno los había concebido.Horas antes del even