LXIX Amigos
Desde el pequeño refugio que Sheily había encontrado y donde recuperaba apenas la conciencia, oyó el desorden que hacía Monroe al buscarla. Tiraba cosas, movía otras. Se oía cada vez más cerca y ella no podía moverse, el cuerpo no le respondía.

—¿Quieres saber cómo supe que eras la perra de Edward? Sal y te lo diré.

Sheily intentó rodar los ojos, pero se le fueron para cualquier parte. No iba a salir ni aunque le pagaran.

—Pensé que era un buen hombre, pero me equivoqué. Los hombres buenos no cogen con callejeras como tú. Terminó siendo un asqueroso y pagó por eso. ¿Quieres saber qué fue lo último que dijo antes de morir? Sal y te lo diré.

En la farmacéutica, Zack pensó en ir a la oficina de Sheily, pero cambió de parecer a mitad de camino. No iba a presionarla y menos a arrastrarse por ella. No estaba desesperado, sólo muy emocionado por todo lo que quería que hicieran juntos. Hasta había pensado en casarse. Fueron sólo unos segundos en que la idea pasó fugazmente por su cabeza
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