La muerte era parte natural de la vida, del ciclo maravilloso en su finitud, incesante, eterno. Morir era el destino de todos. Morir de viejos, por alguna enfermedad, morir porque ya habías vivido lo suficiente. Era sencillo hallar resignación para los que sobrevivían cuando la muerte llegaba sola. Sin embargo, cuando alguien, un indeseable cortaba los hilos de la vida de otros y le daba un fin prematuro a su ciclo, no había paz que pudiera aliviar el dolor de la pérdida. No había justificación válida, ni consuelo para los momentos que ya no existirían; no había sosiego para la ira. Parado frente a la tumba donde reposaban los cuerpos de sus padres, Zack pensaba en aquellos momentos, en las cenas familiares que no habrían, en las fiestas que se silenciaron; en su hogar, tan vacío y solitario. Sheily, parada junto a él, le cogió la mano, tan fría como el aire de la mañana. Era la primera vez que se enfrentaba a la lápida que llevaba grabado el nombre de Edward y seguía pareciéndo
Experta en disimular, Sheily no se inquietó por la presencia de Williams. Saludó de beso a la rubia que lo acompañaba y a él le tendió la mano.—No recuerdo haberte invitado —le dijo, con el tono más amable que pudo.—Lo invité yo —dijo la rubia—. Soy Ivka, amiga de Zack, él me habló de ti en mi cumpleaños. Johannes también es mi amigo. Claro que sí, pensó Sheily, Williams era un hombre muy amistoso. De seguro la rubia era una más de sus sumisas. —Pasen, por favor. Zack y los demás están en la terraza. Recibió Sheily a unos cuantos invitados más y luego fue al baño. Ensayó su sonrisa de cortesía social y arregló su cabello. Afuera se encontró con Zack, que la empujó dentro. La arrinconó contra el lavabo y la besó con ímpetu. Sabía a pisco sour. —¿Por qué mierd4 está Johannes Williams aquí? ¿Qué clase de cumpleaños es éste, que tiene incluído a mi archienemigo? —balbuceó, arrastrando la lengua. Era temprano para que estuviera ebrio, pero lo estaba.—Pregúntale a tu amiguita la mod
Era el regalo perfecto para un cumpleaños de porquería. Zack se levantó con el portátil todavía en las manos, aferró a Sheily de un brazo y la jaló dentro de la casa. Los invitados, atónitos, se miraban unos a otros, sin atreverse a decir palabra. Vicki apagó las velas del pastel, suponiendo que la fiesta había llegado a su fin y uno a uno los que no eran tan cercanos a Zack se fueron retirando. Lili y Jorge se mantuvieron firmes, estarían con su jefa al mando del barco hasta el final.En un despacho del primer piso, Zack empujó a Sheily dentro y cerró de un portazo.—¡Dime que estas fotos son falsas, Sheily! ¡Dime que se trata de una jodida broma de mierd4! —exigió, con la rabia colmando su voz.Ella miró la pantalla. ¡M4ldito el día en que Edward la había llevado a ese club de BDSM!Lo que Zack y el resto de los invitados habían visto eran fotos de ella y Edward allí. Ella de rodillas, jalada de una cadena; ella siendo sometida en medio de una sesión y quién sabe qué más, no quiso
En un rincón del bar y con medio cuerpo echado sobre la mesa, Sheily aferraba una jarra de cerveza, viendo las burbujas danzar en su interior. —Dejé mi teléfono en la encimera cuando fui a poner la velas en su pastel... ¡Su pastel con forma de yate!... —recordó y volvió a sollozar. Johannes bebió un sorbo de whisky. Ella no había bebido nada todavía. —El Titanic naufragó de la peor forma —añadió, perdida en sus cavilaciones sobre el pasado—. Él nunca aceptará subirse a mi tabla ahora... Soy la peor escoria del mundo para él, todos sus amigos saben que su novia es una zorra asquerosa. Y ni siquera alcancé a tomar mi billetera, no tengo nada, sólo la ropa que llevo puesta y mi corazón destrozado. Johannes estiró la mano y empezó a darle un masaje en la espalda, que el escote de su vestido dejaba expuesta hasta la mitad de los omóplatos. —Eso se siente bien, ¿tomaste clases? —preguntó y Johannes asintió—. Zack tomó clases de cocina... —recordó y volvió a llorar. Pidió otra cerv
«Quien no tiene voluntad, no guarda culpa por nada».***Sala de reuniones de la compañía farmacéutica Bertram, una mañana cualquiera desde la llegada de Zack. —¡¿Quién tuvo la brillante idea de hacer esto?! ¡¿Un mono?! ¡¿Desde cuándo contratamos monos?! —preguntaba Sheily Bloom, mirando hacia arriba como si interrogara a Dios y éste le debiera explicaciones. Liliana, su asistente, miró la hora. Llevaban exactamente doce minutos oyendo sus gritos y ella ni cansada se veía. Debía tener cuerdas vocales de hierro y pulmones de cantante de ópera. —¡No cambiamos de contratistas a mitad de año! ¡Eso no se hace! Repitan conmigo, ¡No... se... hace!Jorge, uno de los ejecutivos, le dio un codazo a Liliana y tuvo su atención.—A la jefa le hace falta polla —le susurró, con una sonrisa ladina. Ella se escandalizó por instantes. —Si te llega a escuchar, te mata —respondió ella entre risitas.Los gritos de Sheily continuaron hasta que el «mono» se puso de pie y dio sus razones para la decisión
La sonrisa de Sheily, no una de auténtica felicidad, sino más bien la de cortesía social, duró en su rostro hasta que se bajó del ascensor en el piso donde estaba su oficina. Hasta allí llegaba un penetrante aroma que le causó picor en la nariz y la hizo querer devolverse por donde había venido. —¿Qué es esa pestilencia? —preguntó con fastidio. El lugar olía a tugurio hippie. Liliana se levantó de un brincó y fue a recoger el abrigo de Sheily. Lo guardó en el armario junto a la ventana. —Es incienso, esta mañana Zack repartió en todos los departamentos, los trajo de su último viaje a la India. ¿La India? Esas porquerías las vendían en cualquier feria de barrio, pensó Sheily. Pero si él, para presumir de sus viajes, los había repartido en todos los departamentos significaba que no habría rincón del edificio donde pudiera estar a salvo de ese molesto olor a flores quemadas. ¿Cómo había gente que podía tolerarlo y hasta les gustaba? Fue a abrir la ventana, mientras Liliana inhalaba
Liliana miró la hora en su nuevo reloj de oro, que hacía juego con su brillante anillo. Llevaban veinte minutos de reunión y Sheily no había abierto la boca más que para bostezar. En sus ojos, ninguna mirada furibunda había hecho aparición tampoco, era la viva imagen de buda y transmitía idéntica serenidad. —Es tan cierto cuando dicen que la fe mueve montañas —reflexionó para sí, sintiendo envidia religiosa—. Parece una mujer nueva, renacida, resucitada. El expositor hablaba de los detalles del trato con los nuevos contratistas, que incluía distribución de los productos, control de calidad y publicidad. Sheily no prestaba mucha atención, se la veía pensativa, en un estado superior de conciencia y meditación. Un codazo en el brazo y Liliana esperó sentir el tibio aliento de Jorge recorriendo los recovecos de su oreja.—Parece que a alguien por fin le dieron su ración de polla —le susurró él, subiendo y bajando las cejas con lasciva expresión. Ajena a los chismes que empezaban a cir
Tranquilidad, el pánico no ayudaba y ella era una mujer con autodominio, sabía actuar en momentos de crisis con la cabeza fría. Las bragas no estaban en su bolsillo, pero de seguro se le habían caído en su oficina y estarían tiradas junto a la silla, esperándola como el zapato a la cenicienta. Sólo regresaría con la misma serenidad con que había llegado hasta el baño, las sacudiría un poco y se las pondría. Y nadie se enteraría jamás de la pequeña anécdota. Su reputación seguiría intacta. Volvió sobre sus pasos. En medio del pasillo había ahora una pequeña multitud de gente que perdía el tiempo cuando debía estar trabajando. Rodeaban a Jorge, el bufón del grupo, que tenía un escobillón en la mano. En la punta del palo ondeaban al viento sus bragas como si fueran una bandera. —¡Alguien aquí anda en bolas! —exclamó Jorge con fingido horror, intentando parecer serio—. ¿Quién es la desvergonzada que deja sus bragas tiradas en el pasillo?—¡Bota eso, Jorge! —chilló Lili, mientras Sheily