Ofelia "Te amo tanto que debo dejarte ir"
Ofelia "Te amo tanto que debo dejarte ir"
Por: Karerina
El cuento de nunca acabar

El cuento de nunca acabar

POV de Ofelia

Despierto y veo a Felipe a mi lado, él está de espaldas a mí. Extiendo mi brazo para tomar el teléfono que reposa sobre la mesa de noche. Verifico la fecha, mi temperatura y la hora. Son las 7:00 de la mañana. Es el momento perfecto para seducirlo y tener sexo.

Sí, eso dije. ¡Tener sexo!

De un tiempo para acá, sólo tenemos sexo, sólo eso.

Sé que para muchos suena un tanto bizarro decirlo de esa manera, sobre todo cuando apenas llevamos un par de años casados y como diría mi amiga Paola, “son los mejores años para disfrutar del matrimonio”.

Quisiera por primera vez estar de acuerdo con ella, pero no puedo hacerlo. No han sido para mí, los dos mejores años, casi podría decir que mi felicidad junto a él, duró algunos meses. Pero de eso hablaré más adelante.

Me incorporo cuidadosamente para no despertarlo. Me quito la bata de encajes quedando totalmente desnuda, me acuesto nuevamente y me escabullo entre las sábanas. Lo rodeó con mi brazo desde atrás, acaricio sus pectorales y beso su espalda suavemente.

¡Sí! estoy en mis días de ovulación y no pienso desaprovechar la oportunidad para intentar una vez más, embarazarme. Llevamos dos años haciendo la tarea todas las noches y a pesar de ello, no consigo quedar en estado.

Aún así continúo intentándolo siempre. Quizás si logro embarazarme él dejará de tratarme mal. No puedo negar que me duele cada vez que discutimos por lo mismo y él termina lastimándome con sus verdades.

Aumento mis caricias, rozando mis pechos turgentes con su espalda cubierta por la lujosa pijama de seda importada que lleva puesta. Mis labios suben hasta su cuello mientras mis manos descienden por su abdomen dirigiéndome hacia su miembro.

Felipe despierta sobresaltado por mis caricias y en un acto reflejo, aparta mi mano con fuerza, se incorpora y se sienta en la cama.

—¿Qué haces, joder? —El tono de su voz es hostil.

Sorprendida por su reacción, trato de responderle sin tartamudear:

—E-estoy o-ovulando —murmuro.

—¿Me has despertado sólo para eso? —increpa— ¿Crees que luego de pasar toda la semana trabajando, quiero pasar el sábado follando contigo para ver si te embarazas?

—L-lo siento, pensé que podíamos intentarlo... —Apenas alcanzo a decirle.

—Estoy cansado de intentarlo, ¿eh? Estás seca, seca como el desierto, incapaz de dar una puñetera vida —suelta sin más, lastimando mi dignidad como mujer.

Cada palabra suya me fustiga y castiga de forma inclemente haciéndome sentir culpable, vacía, ‘seca’ como dice él. Felipe se levanta de la cama y se dirige al baño; yo limpio las lágrimas que ruedan por mis mejillas sin poder detenerlas.

—Es mi culpa, —sollozo— Todo es mi culpa, no puedo darle un hijo. ¡No puedo!

Me envuelvo entre las sábanas blancas y me desahogo en silencio como suelo hacerlo desde hace un año. ¡También le irrita verme y oírme llorar! Todo lo que hago parece enojarle, todo. Lo peor es que no sé como llegamos a este punto, ni por qué cambió tanto conmigo.

Minutos después sale del baño, se dirige al vestíbulo, lo veo cambiarse y ponerse ropa deportiva. Me incorporo en la cama, me coloco la bata y me dispongo a levantarme para ir hasta el baño, asearme y luego bajar a desayunar juntos.

—¿A dónde vas? —cuestiona al ver que me pongo de pie.

Su mirada va hasta mí con tanto desprecio que siento como si deseara desaparecerme de la faz de la tierra.

—Voy a asearme para desayunar contigo. —contesto en voz baja.

—No voy a desayunar, ni a quedarme contigo. —espeta— Iré al club. —anuncia.

—Puedo ir contigo, si quieres. —digo en un intento vano de reconciliarnos.

—Necesito descansar de ti ¿no lo entiendes? —dice y mis ojos se vuelven cristalinos.— Estoy harto de lo mismo, deberías aceptar de una vez que no puedes ser madre.

Segura de que esta vez no podré ocultar mis lágrimas, me cubro el rostro con ambas manos. Felipe se regresa hacia mí, me toma del antebrazos de forma abrupta obligándome a descubrir parte de mi rostro. De un sólo tirón me arrastra hasta el baño, me coloca frente al espejo sosteniendo mis hombros, mientras me humilla:

—¿Te has mirado alguna vez en el espejo mientras lloras?—coloca su mano firme en la nuca y me empuja hacia adelante con agresividad.— ¿Sabes lo horrible que te ves? ¡Mírate joder! Pareces una magdalena.

—Déjame por favor, ya basta —Le imploro.

—Tú a mí, no me das órdenes —Enrolla mi cabello en su mano y me jala con fuerza— Te dejaré cuando se me antoje, joder.

Me empuja hacia un lado, me sostengo del lavabo. Él sale de la habitación y escucho cuando azota la puerta de nuestra recámara. Me recuesto de espalda en la pared, me deslizo pesadamente y me dejo caer hasta el piso frío de porcelana.

¿Qué hice para merecer tanto desprecio?

¿Me odia sólo por no darle un hijo como lo hizo su ex esposa?

¿Por qué entonces no se divorcia de mí?

Preguntas que van y vienen dentro de mi cabeza, preguntas que me aturden.

Todas ellas sin una maldita respuesta.

Devastada por aquel momento, me levanto del piso. Me miro nuevamente en el espejo, abro el estante aéreo y tomo del un frasco de píldoras relajantes, el mismo que me recetó el médico en mi última crisis de ansiedad. Con las manos temblorosas, volteo el frasco en mi mano, no sé cuantas pastillas empuño. Las coloco en mi boca, tomo el vaso de cristal, bebo el líquido mientras repito en mi mente “sólo necesito descansar emocionalmente, sólo eso”

De pronto comienzo a sentir mucho sueño, me tambaleo hacia adelante y hacia atrás, intento sostenerme del lavabo, mi tronco se inclina hacia adelante, pego mi rostro contra el espejo, mis párpados pesan tanto que no consigo mantenerlos abiertos y pierdo la fuerza en mis piernas y mis brazos.

—Nadie más que yo desea tanto tener un hijo. —susurro mientras me desvanezco—. Nadie...

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