Capítulo 3
Yolanda esbozó una sonrisa altanera, irguió la cabeza con desdén y sentenció:

—Está bien, vámonos adentro. Es solo una empleada. Mis padres se encargarán de ella cuando acabe la fiesta.

El agua gélida me invadió la nariz y la boca. Las fuerzas me abandonaban; ya no podía mantenerme a flote. Mi cuerpo exhausto se hundió sin resistencia hasta el fondo de la piscina. Antes de que la oscuridad me envolviera por completo, sentí que alguien me rescataba. En ese mismo instante, escuché la voz alegre de mi padre: —Les doy la bienvenida a todos a la fiesta de cumpleaños de mi adorada hija.

Después de aquello, me convertí en un espíritu. No recordaba cómo había muerto, solo sabía que mi alma había quedado atrapada en aquella casa, sin poder irme.

Presenciaba las conversaciones de mis padres como una sombra invisible:

—Hace tiempo que no sabemos nada de Ana. El mes que viene es su cumpleaños. Deberíamos llamarla; nuestra hija también cumplirá los 18 —comentó mi madre, distraída.

—Esa niña es una desagradecida. Ni siquiera contesta el teléfono. Si se murió por ahí, mejor —respondió mi padre.

—Pero papá, mamá... ya estoy muerta —susurré en el vacío—. Morí en una gélida noche de invierno. Jamás podré celebrar mis dieciocho.

Entonces recordé que cuando era pequeña, nuestra situación económica distaba mucho de la actual. Aun así, papá me compró una muñeca de colección solo porque mencioné que me había gustado. De niña, soñaba con vivir como una de esas muñecas: vestir hermosos trajes, tener un guardarropa repleto de ropa nueva y habitar una mansión.

Luego, la fortuna tocó a nuestra puerta. Nuestra familia se convirtió en la familia más adinerada del país. Como por arte de magia, todos mis sueños de niña se materializaron: mansiones de ensueño, vestidos dignos de una princesa y el amor incondicional de mis padres.

Pero todo eso dejó de ser mío cuando decidieron adoptar a Yolanda.

Me convertí en una sombra, un fantasma en mi propio hogar.

Pasaron tres meses más. Esperaban mi llamada, pero el teléfono nunca sonó. Cuando intentaban ir a buscarme al colegio, Yolanda los distraía con cualquier excusa y los convencía de no ir.

—Oscar, ¿por qué será que Ana no nos ha contactado? Me fijé en su cuenta y está en ceros. ¿Qué andará haciendo esa niña? —preguntó mi madre preocupada.

—Seguro andará tirada en la cama de algún tipo, como siempre, sin oficio ni beneficio —soltó mi padre.

Yolanda, con una dulzura fingida, intervino:

—¡Papá, mamá! No hablen así de Ana. Solo está molesta, por eso no viene. Ya verán que un día de estos aparece.

—No la defiendas, mi cielo. Tú sí que eres una hija como Dios manda, no como ella, que solo sabe tirar el dinero y dar dolores de cabeza.

Llegó el día de mi cumpleaños. Mis padres habían encargado la torta con anticipación, y mi madre, preparó los platos que tanto me gustaban. Papá mandó hacer algo especial, aquella muñeca que me robaba los suspiros cuando era pequeña.

Mientras aguardaban mi regreso, me llamaron una y otra vez, pero solo les respondía la misma voz metálica: —El número que está llamando no está disponible.

Las horas se arrastraban sin señales mías. Mi padre, consumido por la ira y la preocupación, irrumpió en el colegio.

La profesora lo miró con una mezcla de perplejidad y pesar antes de romper el silencio:

—Su hija lleva un año sin asistir a clases. Pensábamos que era huérfana, porque nunca hubo nadie que se preocupara por su ausencia.

Pocos días después, un sobre llegó a las manos de mi padre. Contenía una lista de solicitudes de ayuda para pacientes con cáncer. Mi nombre encabezaba el registro. Se quedó paralizado, el terror serpenteaba por sus venas. Salió disparado hacia el hospital, ignorando semáforos y bocinas.

El médico lo recibió con una mirada que presagiaba lo peor:

—¿Es usted familiar de Ana? ¡Pobrecita! No tenía ni para el tratamiento, ni siquiera unos zapatos para protegerse del frío.

Los ojos de mi padre se llenaron de lágrimas. Con manos temblorosas, sujetó al médico por los hombros y preguntó:

—¿Dónde está? ¿Dónde está mi hija?

—Ella... —el doctor bajó la mirada—, falleció hace un año.

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