30. Papá oso

Quise abrazarlo en ese momento, pero preferí darle su espacio. Seguía mirando su comida tras el primer bocado. No era que desconfiara de mí; si así fuera, ni siquiera habría probado el plato. No estaba en su naturaleza. Solo era miedo, y ese miedo lo conocía bastante bien.

—Mírame —sonreí suavemente, acariciando su barba con delicadeza—. Hagamos algo, ¿sí? Yo te daré de comer.

Su mirada se fijó en mí, como siempre, en silencio, esperando que actuara. Tomé la tostada con huevos y tocino y la acerqué a sus labios. Su cuerpo seguía tenso.

—Solo mira mis ojos —le pedí—. Soy yo, nadie más. Nunca te haría daño.

Lothar era sorprendentemente obediente conmigo, tan sumiso que asentó de inmediato. Hacía todo lo que le pedía, incluso si iba en contra de sus propios deseos o enfrentaba sus temores más profundos. No sabía si sentirme afortunada o culpable por ello. ¿Podría ser así con alguien más? Algo en mí me decía que no, que solo yo podía manejarlo. Y no era una sensación de poder, sino de gra
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