Helios tenía una habilidad innata para analizar a las personas, especialmente en situaciones donde los detalles sutiles importaban más que las palabras. Y ahora, más que nunca, sentía que estaba frente a un misterio que necesitaba resolver. Herseis, a pesar de su esfuerzo por mantener la compostura, mostraba pequeñas fisuras. Las ojeras debajo de sus ojos, el temblor leve en sus manos, la sonrisa que no llegaba a sus ojos. No hacía falta ser omnisciente para darse cuenta de que algo estaba mal, pero eso no le bastaba a Helios. Quería saber qué había sucedido para que esa mujer, que una vez había hablado con tanto fervor, ahora estuviera apagada. En tantos años, era abismal cómo había cambiado una persona. ¿Qué le ocurría? ¿Por qué estaba así de melancólica, desolada y triste?Su conversación, aunque superficial en apariencia, le dio pistas. Las respuestas de Herseis eran correctas, precisas, profesionales, pero carentes de pasión. Como si estuviera operando en piloto automático, cumpl
El rostro de Herseis le revelaba algo más que simple cansancio; Era una mezcla de dolor y soledad que, por alguna razón, resonaba en él. Había notado el esfuerzo que ponía en disimular su estado emocional, en intentar sonreír, aunque sus ojos contaban una historia completamente distinta. Estaba intrigado, no solo por lo que miraba, sino también por lo que no podía ver. Su mente, normalmente tan centrada y clara, se encontraba enredada en pensamientos que no comprendía del todo.Herseis era hermosa, sin duda, pero había algo más que lo mantenía centrado en ella, como si fuera una fuerza magnética extraña. La belleza física nunca había sido suficiente para captar su atención, y, sin embargo, ahora, no podía apartar la mirada. Quizás era la vulnerabilidad que veía en ella, una fragilidad oculta tras una fachada de profesionalismo y cortesía. Esa dualidad, entre lo que mostraba y lo que escondía, le generaban curiosidad.Helios se dio cuenta de que, por un instante, había dejado de pensar
El banco, el lugar donde había trabajado durante tanto tiempo, era un refugio en ciertos días, pero incluso allí sentía que algo faltaba. Su mente siempre estaba a mil, pensando en las cuentas, en los préstamos, en la deuda que seguía acumulándose. Lo que una vez fue su pasión por el trabajo y por mejorar su posición, ahora era un recordatorio constante de lo atrapada que estaba. Tomaba cada día como venía, con una paciencia que rayaba en la resignación. ¿Cómo había llegado hasta aquí? ¿Dónde había quedado la mujer ambiciosa y fuerte que una vez había sido?El sonido de los niños jugando a lo lejos la sacó de sus pensamientos por un momento. Los observaban correr, reír y gritar con una libertad que le parecía tan distante. El anhelo en su pecho crecía, una presión que era difícil de ignorar. Era como si el viento, al moverse entre los árboles, trajera consigo una mezcla de nostalgia y melancolía, recordándole los años que había pasado soñando con lo que nunca llegaría.A pesar de todo
La lluvia caía cada vez más fuerte, creando pequeños riachuelos en el suelo, pero Herseis seguía inmóvil, mirando hacia adelante, perdida en sus pensamientos. Helios, aunque siempre había sido un hombre de acción, no supo qué hacer en ese momento. Había algo complejo en la situación, algo que lo obligaba a detenerse, a reflexionar antes de actuar. Y esa pausa, esa quietud que nunca había sentido en su vida, lo hacía sentir vulnerable de una manera que no podía describir.A lo largo de los años, había aprendido a protegerse, a crear un muro infranqueable entre él y el resto del mundo. Su imperio financiero, su éxito personal, todo eso era un escudo, una forma de mantener a raya cualquier emoción que pudiera debilitarlo. Pero en ese instante, mientras miraba a Herseis sentada bajo la lluvia, se daba cuenta de que no era invulnerable. Algo en su interior estaba cambiando, algo que no comprendía, pero que no podía ignorar.Los pensamientos se agolpaban en su mente, desordenados, confusos.
Una extraña mezcla de asombro y desconcierto se apoderó de ella. Su mente trataba de poner en orden los pensamientos, pero se sentía como si estuviera en medio de un sueño confuso. Ese joven rubio, que parecía tan fuera de lugar en medio de la tormenta, resultaba ser nada menos que el magnate detrás de toda la estructura en la que ella trabajaba. Era él, el dueño del banco, el jefe supremo de todos. Esa expresión serena y controlada, pero esa aura distinguida y superior, no daban lugar a dudas o engaños. Ese muchacho tenía todo el porte de ser alguien distinguido; él era más poderoso de su mundo laboral.El nombre resonaba en su mente como un eco distante. "Helios Darner...". Muchos se preguntaban quién era el dueño de los bancos, del emergente grupo Astral que había aparecido para arrasar y dominar. Tenía entendido que solo lo habían llegado a conocer los gerentes y los demás directores, solo personas sobresalientes, sus jefes. Nunca había imaginado ver en persona. Sabía que él exist
No era suficiente con que Edán hubiera destrozado su vida personal, ahora también su profesionalismo se veía en juego por no haber sabido comportarse ante Helios Darner, el joven magnate que podía, con una sola decisión, poner fin a su empleo en el banco. ¿Cómo podía haber sido tan torpe? Su corazón latía con fuerza, un pulso rápido y errático que la mantenía en alerta, como si en cualquier momento todo pudiera desmoronarse aún más.El miedo de haber arruinado su carrera se mezclaba con la sensación de impotencia. Era como si todo lo malo que había sucedido últimamente se hubiera alineado para golpearla de una sola vez, y no podía encontrar una salida. Su vida era una serie de errores, traiciones y fracasos, y ahora, frente a Helios, esa realidad se hacía aún más evidente. No era solo una mujer que había sido engañada y traicionada por su esposo, ni tampoco una mujer que estaba atrapada en deudas impagables; ahora era también alguien que había faltado al respeto, por pura confusión y
Helios estaba inmerso en sus propios pensamientos, aunque su exterior pareciera imperturbable. Observaba a Herseis de reojo, notando los pequeños temblores en sus manos y cómo intentaba ocultar su nerviosismo. Era una mujer fuerte, eso lo sabía desde que la vio por primera vez en el banco, luchando por mantener la compostura a pesar de las circunstancias que claramente la afectaban. Su rostro, aunque apagado y marcado por el dolor, seguía siendo bello, con una dignidad natural que no había desaparecido pese a todo lo que debía estar atravesando. Era inevitable no sentirse atraído, no solo por su apariencia física, sino también por la vulnerabilidad que mostraba en ese momento.A pesar de su juventud, Helios había aprendido a leer a las personas con precisión. Sabía que Herseis estaba rota, no solo por lo que había visto en ella desde que la observaba de lejos, sino por la forma en que su cuerpo se mantenía tenso, como si estuviera al borde de derrumbarse en cualquier momento. Podía in
Herseis cerró el paraguas, lo saludó y vio como el auto del señor Helios desaparecía en la lluvia a través del cristal de la puerta del edificio. Así, con la bolsa que le había comprado se dirigió al ascensor y fue al piso de su apartamento. No sabía ni cómo habría llegado, si no fuera por él. De cierta manera era el único rastro de luz en su oscuridad e incertidumbre. Ese jovencito era su sol. Al ingresar, dejó la sombrilla y fue a la ducha. Cuando salió preparó el té que le había regalado.Avanzó hasta y se quedó inmóvil frente a la ventana, mirando cómo las gotas de lluvia trazaban caminos desordenados sobre el cristal. Cada una de ellas parecía contar una historia, como si el agua que caía del cielo fuese el reflejo de sus propios pensamientos, dispersos, desorientados, sin dirección clara. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban entre la niebla y el diluvio, mientras ella permanecía allí, en silencio, con la taza de té humeante entre las manos, sin realmente percibir su calor.