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La tensión en el aire era palpable, como si todo a su alrededor hubiera quedado suspendido en un delicado equilibrio, esperando a ser derrumbado por el más mínimo movimiento. Natalia, sentada frente a Miguel, no podía evitar analizar cada detalle de su rostro. Había pasado tanto tiempo desde que lo vio por última vez, cuando aún era la hija despreciada de un magnate al que había sido arrebatada sin previo aviso. Ahora, como mujer, sentía que no quedaba nada de la niña inocente que alguna vez fue. Había aprendido demasiado durante estos años para volver atrás, y mucho menos para sentir lástima.

Miguel se acomodó en la silla frente a ella, sin perder su aire de superioridad. Sus ojos, tan fríos y calculadores como siempre, se posaron sobre Natalia con una intensidad que desbordaba arrogancia. El restaurante, aunque lujoso, parecía un escenario perfecto para lo que estaba a punto de ocurrir. La suave luz de las lámparas caía sobre las mesas cercanas, mientras la música suave y distante a
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