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Dylan entró a la habitación con una enorme sonrisa iluminando su rostro. Ese día era especial: finalmente le darían el alta a Mónica, y después de semanas de incertidumbre, ella podría regresar a casa. Para él, no había nada más gratificante que tenerla de nuevo en su hogar. La alegría parecía irradiar de todo su ser mientras la veía sentada en la cama, lista para irse.

—¿Quieres que te lleve a algún lugar antes de ir a casa? —preguntó con entusiasmo—. A menos que solo quieras llegar y descansar.

Mónica lo miró con una leve sonrisa. Aunque estaba cansada, había algo que había deseado durante días.

—Sí, me gustaría ir a comer algo.

—Dime qué quieres exactamente, y te llevaré a donde sea —emitió, dispuesto a cumplir cualquier capricho.

Ella se quedó pensativa por un momento antes de confesar:

—Parece extraño, pero desde que estoy aquí, la comida no es mala… tampoco la más deliciosa. He estado soñando con algo sabroso, algo que realmente disfrute. ¿Sabes de qué tengo antojo? Comida c
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