Cap. 39. El precio de la arrogancia.

Narrador omnisciente.

El sol abrasador del mediodía caía sobre la terraza del exclusivo café, donde Marina y sus amigas disfrutaban de sus bebidas heladas.

Marina, con su característica actitud altiva, sostenía su vaso con elegancia, mientras las demás la escuchaban con atención y admiración.

—Aris sigue siendo mío, solo está teniendo una rabieta —declaró, removiendo con pereza el hielo en su vaso con la pajilla dorada—. Ya saben cómo son los hombres, especialmente los que tienen carácter. Pero una mujer inteligente debe saber mantenerlos sujetos, como si fueran perros con collar.

Sus amigas rieron con diversión, algunas asintiendo en aprobación. Marina sonrió con autosuficiencia y cruzó las piernas, inclinándose ligeramente hacia adelante para enfatizar su punto.

—Aris está tan enfocado en mí, que solo necesito hacer una llamada y correrá de vuelta como un buen chico.

Las demás intercambiaron miradas entre sí, algunas con duda, pero ninguna se atrevió a cuestionarla.

En ese momento
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