Capítulo 5
Nadie se atrevió a mirar el cadáver, mucho menos a limpiarlo.

—¿Qué hacemos con esto? Yo no me atrevo a tocar esa mierda —preguntó una de las empleadas.

El mayordomo suspiró, se quitó los guantes blancos que llevaba puestos y los arrojó al suelo.

—Yo ya no voy a seguir, no tengo estomago para eso. Ustedes, cuídense y háganlo bien.

Los demás también decidieron irse.

Después de todo, aquí había un cadáver. Ellos eran solo empleados domésticos, no forenses, y limpiar cuerpos no era parte de su trabajo.

Además, muchos de ellos habían visto el cadáver con sus propios ojos, y el trauma psicológico no era algo que el dinero pudiera compensar.

Aun si les ofreciesen más dinero, nadie querría quedarse.

—Yo tampoco sigo. Ella está muerta, ¡qué miedo!

—Exacto. Si se atreve a matar a su propia hija, yo no puedo quedarme en esta casa con ese monstruo.

Todos los empleados decidieron renunciar. Se quitaron los guantes y los delantales y salieron de la casa a toda prisa.

El mayordomo fue el último en i
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