Capítulo 10
Se acercó, pero antes de que pudiera hablar, papá lo agarró por el pantalón.

—Carlos, eso son viles patrañas, falsedades. Esa cosa no puede ser mi hija.

En sus ojos había un rayo de esperanza, como el de un padre preocupado por su hija.

Pero Carlos lo apartó de una patada y sacó unas esposas para colocárselas.

—Señor Martínez, el antiguo mayordomo de su familia vino a la comisaría a denunciarlo por asesinato y ocultación de las evidencias.

Carlos levantó su celular y dijo:

—Lamentablemente, esta sí es su hija.

—¡No puede ser! ¡No es posible! Mi hija no está muerta. ¡No puede ser! Seguro que es un cadáver falso para engañarme.

Alejandro, mi padre, esposado, empezó a forcejear violentamente, con desesperación en sus ojos.

Yo estaba en silencio, observándolo, viendo su locura.

Papá, en el momento en que te pusieron las esposas, ¿tenías miedo de que perderías todo por ser culpable de un asesinato? ¿O realmente estabas pensando que yo, tu hija, desaparecí de este mundo para siempre?

—Señor
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