Capítulo 4
Debido al calor extremo, el cadáver estaba ya llevado de la descomposición, solo quedaban abiertos un par de ojos, grandes, testigos del horro e incapaces de cerrarse.

Como ya estaba en estado de descomposición los gusanos blancos abundaban. Por eso abrir la puerta del auto, se despertaron las moscas posadas sobre el cadáver, llenando el aire con su zumbido incesante de su revolotear.

—¡Que porquería huele!

Varios empleados corrieron a un lado y le dieron ganas de vomitar, incapaces de mirar tal espectáculo dantesco.

Papá se adelantó y, al ver mi cadáver, se llenó de ira. Luego, gritó:

—¿Dónde está Camila? ¡Esta no es Camila! ¡Que salga de inmediato!

Él fijó su mirada en esa cara ya descompuesta. Por alguna razón, la frente era la parte más dañada, dejando el blanco de mi cráneo al descubierto.

En ese momento, incluso yo no podía creer que semejante cara dantesca era mi en otrora bonita cara.

El mayordomo finalmente explotó y dijo en voz alta:

—Señor, está en efecto la señorita Camila.
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