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Mateo subió al auto sin hacer preguntas.No tenía idea de a dónde iban, pero no le importaba. Apretó los labios y se quedó en silencio. No quería más peleas con su padre, no hoy.El peso de todo lo que había ocurrido lo asfixiaba, y aunque una parte de él quería exigir respuestas, otra solo quería hundirse en su propia miseria.El auto avanzó por la ciudad, pero Mateo apenas veía las luces pasar. Su mente estaba en otro lugar, atrapada entre el resentimiento, la confusión y el dolor.***En el hospitalRoma tomó la mano de Beth con dulzura, sus dedos cálidos y firmes.—No estás sola, Beth —susurró, con esa voz serena que siempre inspiraba confianza—. Ahora tienes a tu bebé, y también me tienes a mí. Los cuidaré siempre. Serás para mí como otra hija.Los ojos de Beth se llenaron de lágrimas. Sus labios temblaron antes de formar una sonrisa frágil.Nunca había sentido un calor así. La ternura de Roma contrastaba con el vacío que había llevado toda su vida.Su madre había muerto después d
—Te liberaré, pero si le dices algo a Annia, juro que acabaré contigo —dijo Giancarlo, su voz grave y peligrosa.—¡No diré nada, señor! Lo juro... ella es una maldita. La odio... ¡Abandonó a su propio hijo! No la quiero en mi vida, nunca... nunca más —el hombre se apresuró a responder, su tono lleno de desesperación y rabia, como si todo lo que había acumulado en años de sufrimiento estuviera por explotar.Hizo un gesto con la mano, ordenando que el hombre y su hijo fueran sacados del país de inmediato.Giancarlo y Mateo salieron del lugar.Giancarlo observó a Mateo con una mezcla de desdén y resignación, sabiendo que el joven estaba al borde de la locura.Cuando Mateo salió, Giancarlo lo siguió, sin poder dejar de sentir la tensión en el aire.El joven estaba tan furioso como él mismo cuando se dejaba consumir por la ira.No podía permitir que tomara decisiones impulsivas, sobre todo ahora.—¡Mateo! ¿A dónde vas? —llamó Giancarlo, su voz, intentando encontrar la autoridad que solo el
Mateo besó a Beth con ternura, como si ese gesto fuera lo único que pudiera salvarla.—Por favor, no te mueras, te lo prohíbo. Te quiero a mi lado, siempre a mi lado, Beth... No puedo vivir sin ti. —susurró, su voz quebrada por la angustia.Ella, agotada por el dolor y la fiebre, cerró los ojos lentamente, incapaz de responder, y cayó en un sueño profundo.Mateo, al ver su rostro sereno, pero pálido, sintió un nudo en la garganta.A pesar de su esfuerzo por ser fuerte, las lágrimas comenzaron a brotar sin poder detenerlas.Era una tormenta de dolor, desesperación y miedo, todo en uno.Salió de la habitación, tratando de no hacer ruido, como si el menor movimiento pudiera romper el frágil equilibrio que aún mantenía entre ellos. Se acercó a la ventana, su vista fija en el horizonte, pero sin ver nada más que sombras.Las lágrimas caían por su rostro, y no pudo evitar pensar en lo que había hecho, en lo que había causado.—Madre... —murmuró, entre sollozos. La voz de Roma, suave, pero fi
—Todavía no puedo creer que Mateo sea tan tonto para casarse con Andrea ahora mismo —dijo Matías, cruzado de brazos, mientras observaba a Fernanda arreglarse frente al espejo.Ella no respondió de inmediato.Se limitó a ajustar el último broche de su vestido y luego tomó aire antes de ir al cuarto de baño. Necesitaba un momento para sí misma, para calmar los pensamientos que la atormentaban.Matías, sin embargo, permaneció en la habitación. Se dejó caer en el borde de la cama con un suspiro, tamborileando los dedos sobre su rodilla.Algo le inquietaba, una sensación extraña en el pecho, pero no lograba identificar qué era. Para distraerse, comenzó a revisar el cajón de la cómoda.Sin esperarlo, sus dedos toparon con un sobre sellado con el logotipo de una clínica privada. Frunció el ceño, lo sacó y, con curiosidad, rompió el sello.Cuando sus ojos se posaron en el nombre de la paciente, el aire abandonó sus pulmones de golpe. Su corazón comenzó a martillarle en el pecho.Fernanda.Las
—¡¿Qué dices, Mateo?! Yo no he hecho nada, ¿cómo puedes hacerme esto? Si Annia estuviera viva…Mateo se echó a reír, pero su risa no era de diversión, sino de burla, de desprecio.—¡Pero si tú eres Annia! —rugió, señalándola con furia—. ¡Annia no está muerta! ¡Que todo el mundo lo sepa! ¡Eres una repulsiva mentirosa!El salón se llenó de murmullos ahogados, jadeos de sorpresa.Los invitados miraban a la mujer que, hasta hace unos segundos, parecía una novia radiante y segura de sí misma. Ahora, en cambio, su rostro estaba pálido como el de un cadáver.En ese momento, las puertas del recinto se abrieron de golpe.Los padres de Mateo entraron, acompañados por Beth y Tory. Pero no venían solos.Con ellos estaba un hombre de expresión endurecida y un niño pequeño de no más de cuatro años, que al ver a la novia corrió hacia ella con los brazos extendidos.—¡Mamá! —gritó con una vocecita aguda y emocionada.El aire pareció desaparecer del salón. Un silencio absoluto cayó sobre todos mientras
Mateo llevó a Beth de vuelta a la mansión Savelli, sin pronunciar palabra en todo el trayecto. El ambiente en el auto estaba cargado de una tensión palpable.Beth sentía su corazón acelerado, resonando con el eco de las palabras de Mateo en su mente.«Te amo, Mateo, pero, ¿de qué sirve? Si muero, si el destino decide arrebatarnos este amor, ¿qué quedará de nosotros?»Un nudo en su garganta se hizo más fuerte.Pero aun así, había algo en lo profundo de su ser que deseaba aferrarse a la esperanza.Lo único que le importaba ahora era su hijo, el pequeño que llevaba dentro de ella, un bebé que debía nacer sano y salvo.Eso era todo lo que le quedaba, o eso pensaba.El sol comenzaba a caer lentamente cuando Mateo la dejó en la mansión y se fue a su departamento, dejándola en un silencio profundo, plagado de pensamientos oscuros.***Al día siguiente, la mansión Savelli estaba llena de nerviosismo.Matías y Fernanda habían decidido reunir a toda la familia para darles una noticia.Todos se s
En la fiesta de aniversario…Matías y Fernanda viajaron juntos en su coche, la luna iluminaba el camino, pero el ambiente dentro del vehículo era denso, pesado.Matías no podía evitar mirar de vez en cuando a Fernanda, su preocupación aún latente.La vida había dado tantos giros inesperados, y ahora, al ver a su esposa embarazada, su corazón latía con más fuerza que nunca.—¿Cómo te sientes? —preguntó Matías, con suavidad, mientras conducía, intentando suavizar la tensión que se había formado entre ellos durante el viaje—. ¿No tienes algún antojo, algo que te gustaría comer?Fernanda soltó una pequeña risa, una risa que apenas tocó el aire, como si se estuviera forzando a sí misma a estar bien.—Por milésima vez, no… y estoy bien. No tienes que tratarme como si estuviera enferma, Matías, de verdad, estoy bien —respondió, pero sus palabras sonaban un poco vacías.Matías la miró, con una sonrisa tímida, pero su mirada era seria, cargada de preocupaciones no dichas.Le tomó la mano con de
Fernanda intentaba llamar a los Savelli, pero cada vez que marcaba, la llamada caía en la bandeja de voz.Nadie respondía. El reloj parecía moverse más lentamente, el tiempo se volvía una carga insoportable. Estaba sola con su angustia.«¿Por qué nadie contesta?», pensaba, mientras el miedo se apoderaba de su pecho.Matías tenía que estar bien, ella no podía soportar la idea de perderlo.—Matías, por favor, tienes que estar bien. Sus palabras eran un susurro, una plegaria al viento, mientras se aferraba al teléfono con las manos temblorosas.***En la fiesta, el bullicio se intensificaba, la música se elevaba, las risas llenaban el aire, pero entre los ecos de la celebración, algo no encajaba.Aria y Tory estaban a punto de presentar su sorpresa para Roma y Giancarlo, pero en el fondo, todo parecía estar al borde del abismo.—¡Atención, atención! —anunció Aria, con una sonrisa que no lograba ocultar la tensión que sentía en su interior. —Tenemos un regalo especial para nuestros padres.