Capítulo 03. La visita inesperada

   Irina obtuvo permiso laboral para encargarse del sepelio de su esposo, los días ya de por sí duros empeoraron cuando la madre de James llena de pena la abrazaba por momentos y la culpaba de cada desgracia en la vida de James al instante. Empleados y amigos del hospital se presentaron; pero por ella, como si a James nadie en su trabajo lo hubiera apreciado.

   Irina se sentía molesta en nombre de James. Ella tenía claro que James se había entregado en cuerpo y alma a su trabajo y ahora no venía a despedirlo ni su secretaria, ni siquiera el director del hospital que él apreciaba tanto.

   Irina no entendía como siendo su mejor amigo no había presentado sus respetos.

   Irina sabía que el doctor Salvatore estaba muy ocupado por la situación de su esposa, pero no podía dejar de resentir que apenas envió una corona de flores en representación del Hospital Salvatore Memorial, algo tan impersonal.

   ¿Cuántas veces discutió con James por las excesivas reuniones y fiestas a las que debía ir con Alex?

   Irina había perdido la cuenta.

   Sin embargo, alguien más sí se presentó en el sepelio de James, aunque no se acercó hasta que todos se habían ido y el cuerpo de James estaba bajo tierra.

   —Detective, espero que haya venido usted a disculparse —espetó Irina.

   El detective Santiago le dio un pañuelo de lino blanco perfectamente planchado y tocó su propia mejilla antes de ofrecerlo a Irina.

   —Le dejaron la cara manchada de pintalabios.

   Irina limpió su rostro.

   —Gracias… debe haber sido mi suegra, está muy afectada.

   —Y le apuesto que es una investigadora muy sagaz.

   Irina recordó que ciertamente su suegra era bastante chismosa, el detective era bastante observador.

   —Debería contratarla, usted no tiene ni idea.

   Santiago sonrió apenas, fijando en ella su mirada verde.

   —La verdad cada vez creo menos que James Foster sea el cabecilla de la Legión Azul.

   —Gracias a Dios —acotó Irina, para ella eso era evidente.

   —No quiere decir que no fuera un miembro de la organización.

   —Detective, quiero que se marche ahora mismo…

   —He venido porque quiero que usted asista a una entrevista en el recinto.

   — ¿Me acusará de algo? —Inquirió Irina harta de este detective—. Le impondré una orden de alejamiento…

   Santiago la tomó por los antebrazos una vez más, como el día que James murió.

   —No creo que seas culpable, pero esto no desaparecerá Irina, ya su marido está bajo tierra, debe encargarse de su hijo, de usted, ahora está sola y su marido hizo molestar a gente peligrosa.

   —No le creo nada, usted solo quiere asustarme.

   —Entiendo que no confíe en mí, pero ¿En quién lo hace? ¿Sus compañeros de trabajo?

   —Así es…

   —Y si le dijera que el hospital Salvatore Memorial es el epicentro de los negocios de la Legión Azul.

   —Mi hijo y madre me esperan —Irina le extendió el pañuelo y Santiago lo tomó de su mano. Muy rápido la pasó por su mejilla junto a sus labios, Irina echó atrás, pero igual él solo la limpió y guardó su pañuelo.

   —Tratando de limpiar sin ver lo que hacía solo se regó la mancha.

   Irina no pudo evitar pensar que otro era el significado de sus palabras.

   —Confío en quienes merecen mi confianza, usted solo me ha molestado con sus acusaciones sin fundamento...

   —Cuando esté lista para ver las cosas tal y como son, búsqueme en el recinto 32.

   Semanas después, Irina regresó al hospital, después de dejar a Ryan en la guardería fue a la sala de enfermeras.

   El lugar tenía paredes blancas y las sillas antiguas de la sala de espera, eran demasiado incómodas, pero al parecer no tenían donde llevarlas; Irina guardó su bolso en el locker y fue por café, no había.

   —Qué raro —comentó—. Si yo no preparo, nadie lo hace.

   Dejó la cafetera colando y fue al cambiador, al regresar encontró al doctor Alex Salvatore, con las manos en los bolsillos y de espalda a los vestidores, ahora llevaba el mono quirúrgico.

   Irina brincó por la impresión, pensaba que estaba sola.

   — ¿Qué hace aquí doctor? —Preguntó con altivez.

   Irina puso la mano en su pecho y negó con la cabeza, debía controlar su antipatía por el doctor, después de todo era el mandamás del hospital y ella no quería quedarse sin empleo.

    Caminó hacia él.

   —Disculpe, es su hospital, puede estar donde quiera. Quizás es buena idea que vea por usted mismo que la sala de enfermera necesita algo de atención —lo último no pudo evitar decirlo.

   Alex miró a su alrededor.

   —Tiene usted razón, de verdad es muy diferente a la sala de doctores, pero como en cada piso hay estación de enfermeras, y es allí donde están siempre…

   —En la estación de enfermeras no podemos estirar las piernas.

   —No deberían hacerlo mientras están de turno —replicó Alex con las cejas alzadas.

   Irina cruzó los brazos y alzó una sola ceja.

   —No somos máquinas Dr. Salvatore…

   Irina podía darle una larga lista de injusticias hacia las enfermeras, pero recordó que no le convenía ser antipática con el director justo ahora que se ha convertido en madre soltera. 

   Tomó aire y preguntó con voz sosegada:

   — ¿Quería hablar conmigo? 

   Alex se aclaró la garganta.

   —Sí, quería hablar en privado con usted.

   —Pudo citarme en su oficina.

   —Allá no sería privado —susurró Alex mirando las paredes, Irina frunció el ceño confundida.

   —Doctor, ya comenzó mi turno, no quisiera retrasarme…

   —Quiero que cuide a mi esposa.

   Irina asintió y movió su cabeza para ajustar sus ideas, por un momento pensó que el doctor se le insinuaba.

   —Supongo que su esposa está en UCI.

   —Hoy la trasladaron, ella está reaccionando muy bien a la operación.

   —Puedo encargarme del área vip…

   —En realidad será trasladada a casa, allí tendrá todo dispuesto para su completa recuperación.

   —Doctor ¿Cree usted que sea conveniente? Sería más seguro para su esposa si…

   —Soy médico, ¿o se le olvida? Y usted es una excelente enfermera y de alto rendimiento ¿O duda usted de su capacidad?

   — ¿Acaso quiere que su esposa muera?

    Alex la miró con gesto austero, para nada escandalizado.

   — ¿Cree que quiero matar a mi esposa? Hay maneras más fáciles de hacerlo, como especialista de salud conocemos muchas.

   Irina sintió erizarse todos los vellos del cuerpo.

   Justo en ese momento, el teléfono de Alex sonó. Él lo sacó del bolsillo y respondió, alejándose un poco de Irina.

—...Sí, sí, lo entiendo... —dijo Alex con voz tensa—. Sé que no puede quedar perfecto, pero cada daño debe tener explicación… ¡No me importa si cayó en un volcán o pasó por el mismo infierno, la mecánica debe quedar perfecta. ¿Entendido?... Mantenme informado…

  Irina observaba la ancha espalda del doctor en tensión marcarse por el ceñido mono quirúrgico mientras que emitía órdenes que más vale y fueran acatadas.

   «Siempre tan autoritario, no da un minuto de paz a sus empleados»

   Alex regresó con ella.

   —Disculpe —murmuró con educación.

   — ¿Problemas con el coche?

   —Nada que no tenga reparación, con el incentivo adecuado.

   —No todo en la vida se puede solucionar con dinero, hay cosas que se salen de nuestras manos.

   —Lamentablemente aún no he descubierto nada tan sublime. Bueno, como le decía: ¿Aún cree que quiero matar a mi esposa?

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