Luego de desnudarse, el hombre comenzó a besar su cuello y su pecho, saboreando cada centímetro de la piel de Paola. Le chupó y mordisqueó los pezones, haciéndola gemir de placer. Ella se arqueó contra él, suplicándole más.
Luego, el desconocido bajó su mano hacia su entrepierna y comenzó a acariciar suavemente su clítoris. Paola gimió y se retorció de placer. Estaba mojada y lista para él.
La penetró lentamente, sintiendo su calor y su humedad alrededor de su pene. Ella gritó de placer y comenzaron a moverse juntos. Sus cuerpos se unieron en un ritmo perfecto, cada embestida más fuerte y más rápida que la anterior.
—Sí, así, así —gemía ella—. Más profundo, más rápido.
Se besaron apasionadamente mientras Paola cabalgaba sobre el hombre. Sus cuerpos estaban cubiertos de sudor y los gemidos llenaban la habitación.
—Voy a venirme. —Paola dijo y apretó sus músculos alrededor del desconocido y sintió cómo el orgasmo de él también se acercaba.
—Sí, ven dentro de mí —susurró en el oído del desconocido—. Lléname, por favor.
Eso fue todo lo que necesitó el hombre para perder el control. Explosionó dentro de ella, sintiendo su cuerpo temblar de placer al mismo tiempo. Se quedaron acostados juntos, jadeando y sudorosos, disfrutando del momento hasta quedar profundamente dormidos.
El sol de la mañana se filtraba por la ventana, iluminando la habitación con un brillo suave. Paola despertó lentamente, sintiendo el calor de un cuerpo a su lado y el recuerdo de una noche llena de pasión y olvido. Al volverse, observó al hombre durmiendo plácidamente, con una expresión tranquila y serena que contrastaba con la intensidad de la noche que habían compartido.
Paola suspiró, sintiendo una mezcla de gratitud y nostalgia. Él había sido todo lo que necesitaba en ese momento, y aunque no sabía nada de él, lo poco que había compartido le había devuelto un poco de la fuerza que Lucas le había arrebatado.
Aquella noche le había demostrado que no era ella quien estaba rota, que aún tenía mucho por vivir y que había vida más allá de su matrimonio fallido. Sin embargo, sabía que esa conexión debía quedarse en ese instante, en esa noche que ambos compartieron como desconocidos.
Con delicadeza, se deslizó fuera de la cama, tratando de no despertarlo. Tomó sus cosas, sus zapatos y su bolso, y salió de la habitación con pasos ligeros, dejando atrás al hombre sin mirar atrás.
Al salir del hotel, el aire fresco de la mañana le dio la bienvenida, llenándola de una sensación renovadora. La noche anterior había sido un catalizador, el empujón que necesitaba para tomar una decisión que ya venía rondando en su mente desde que estuvo en el Bar. En ese instante, supo con certeza lo que debía hacer: divorciarse de Lucas y alejarse de todo lo que la había lastimado.
Con el corazón decidido y la mente más clara que nunca, sacó su teléfono y marcó el número de su abogado mientras sus memorias regresaban al engaño de Lucas.
Paola Fischer había llegado temprano a casa aquel día, algo que no era habitual. Era una tarde cálida, de esas en las que el sol se filtraba por las ventanas y daba al ambiente un toque dorado, casi mágico. Aquel brillo especial hacía que la casa pareciera más tranquila, más segura. Como si nada pudiera romper la paz de ese hogar, un espacio que ella y Lucas habían construido juntos durante los últimos tres años.
Subió las escaleras con una ligera sonrisa en el rostro, imaginando que sorprendería a Lucas trabajando en su despacho o preparándose para alguna reunión de última hora. Paola amaba esos pequeños momentos de complicidad y sorpresas entre ellos. Sin embargo, mientras se acercaba a la habitación, una extraña sensación comenzó a instalarse en su pecho, como un leve presagio que no lograba identificar del todo.
Al abrir la puerta, aquella sensación se transformó en algo que jamás había sentido. El aire en la habitación estaba cargado, y lo primero que vio fue a Lucas, quien la miró desde la cama al escuchar el ruido de la puerta abrirse, paralizado, con el rostro lleno de sorpresa. A su lado, enredada entre las sábanas, estaba Rose Evans, su secretaria, cuya mirada reflejaba burla y desafío.
Paola sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Aquel lugar, que había sido su refugio, ahora se volvía en su contra, transformándose en una prisión que le recordaba la peor traición. No había gritos ni palabras; el silencio era desgarrador, más ruidoso que cualquier reclamo que pudiera hacer.
Paola sentía un frío inexplicable en su cuerpo mientras miraba a Lucas y a Rose, todavía enredados entre las sábanas de la cama matrimonial. El silencio de la habitación era denso, tanto que le pesaba en el pecho. Durante largos segundos, no encontró palabras, pero finalmente, con una voz que intentaba no quebrarse, soltó la pregunta que martillaba su mente.
—Lucas… ¿por qué?
Lucas suspiró y giró los ojos, casi como si la respuesta fuera evidente, como si su pregunta le pareciera una molestia. Se enderezó lentamente, lanzándole una mirada cargada de desdén.
—¿Por qué? —repitió con tono burlón, como si fuera una broma—. Estoy cansado de ti, Paola. Eres tan… tan frígida. Hasta tener relaciones contigo es aburrido, un esfuerzo inútil.
Las palabras cayeron sobre Paola como una bofetada, un golpe que jamás había anticipado recibir. Sentía su rostro arder, pero no era de ira, sino de humillación. Era como si Lucas se hubiera propuesto destruirla palabra por palabra. Lo miró, incrédula, intentando encontrar algo en sus ojos que desmintiera lo que acababa de escuchar, pero solo halló frialdad y desprecio.
Paola apenas podía sostenerse en pie. Nunca en su vida se había sentido tan indefensa, tan expuesta. Entonces miró a Rose, que seguía recostada en la cama, bajo las sábanas de su matrimonio, observándola con una sonrisa cargada de suficiencia. Paola notó el brillo de triunfo en su mirada; se estaba divirtiendo con su humillación.
—Creo que ya es hora de que aceptes la realidad, Paola —dijo Rose, acomodándose entre las sábanas, sin siquiera disimular la satisfacción que sentía—. He sido su amante por mucho tiempo, pero ya no quiero seguir escondiéndome. Tú solo eras un estorbo en su vida, una carga… y bueno, ya no lo eres.
Cada palabra de Rose era un veneno que se iba acumulando en su pecho. No tenía fuerzas para responder, ni siquiera para enfrentar a aquella mujer que estaba robándole lo que más había querido en el mundo. Sentía que algo se desgarraba dentro de ella, como si cada fibra de su ser estuviera rompiéndose en pedazos.Con una mano temblorosa sobre el pecho, dio media vuelta, decidida a escapar de aquel lugar que antes llamaba su hogar. Solo quería desaparecer, dejar de sentir. Quería que el dolor se apagara de alguna forma, aunque solo fuera por un momento.Pero al girar hacia la puerta, se detuvo de golpe. Allí, de pie en el umbral, estaba su suegra, observándola con una expresión que mezclaba sorpresa y desaprobación. La madre de Lucas, quien siempre había sido fría y reservada con ella, tenía ahora una mirada penetrante, como si supiera todo lo que acababa de suceder en esa habitación.—Paola —dijo con voz seca—, ¿qué está pasando aquí?Paola tragó saliva, sin poder decir una palabra. Sab
Paola había dejado atrás la ciudad, y con ella, todas las ataduras y sombras de su pasado. Se instaló en un pequeño pueblo al sur, lejos de los murmullos y la influencia de los Hotman. Allí, encontró un lugar tranquilo, una pequeña cabaña con vistas al río, donde esperaba poder empezar de nuevo y vivir una vida en paz.Los primeros días fueron un respiro. Disfrutaba de la soledad, explorando el paisaje, redescubriéndose a sí misma y adaptándose a la simplicidad de su nuevo entorno. Se sentía como si estuviera recuperando pedazos de sí misma que había perdido en esos años de matrimonio. Ahora que estaba sola, podía respirar sin miedo a las expectativas de nadie, podía caminar sin que el peso de la mirada de su suegra la siguiera, y, finalmente, podía empezar a curarse.Sin embargo, semanas después de haber iniciado su nueva vida, algo cambió. Al principio, pensó que solo era el cansancio acumulado de los cambios recientes. Pero, poco después, los síntomas se hicieron más evidentes: náus
Paola había regresado a la ciudad llena de esperanza y determinación. Con sus ahorros, había logrado rentar un pequeño departamento para ella y sus dos hijos, Clara y Ethan. Aunque el espacio era modesto, ella lo llenó de calidez, decorándolo con los dibujos de Clara y los juguetes favoritos de Ethan, convirtiéndolo en un verdadero hogar para su pequeña familia.Cada mañana comenzaba igual: Paola preparaba el desayuno mientras Clara y Ethan se sentaban a la mesa, listos para empezar el día con sus risas y ocurrencias. Clara, siempre sonriente y educada, ayudaba a su mamá a colocar los platos y le hacía preguntas curiosas sobre la ciudad, los edificios y la escuela que pronto comenzaría. Ethan, por su parte, era el revoltoso de la familia. Con su risa contagiosa y sus comentarios inesperados, lograba hacer reír tanto a Paola como a Clara. Aunque a veces hacía más ruido del necesario, Paola sabía que su alegría llenaba de vida cada rincón del pequeño departamento.—Mamá, ¿ya conseguiste
Paola sintió una punzada de sorpresa cuando Ana la dirigió hacia el estacionamiento de la televisora en lugar de una sala de entrevistas. Se quedó un momento en silencio, dudando si debería preguntar, pero Ana pareció notar su expresión perpleja y le lanzó una sonrisa irónica.—¿Qué pasa, Paola? ¿Creías que alguien tan importante como él se tomaría la molestia de venir hasta aquí? —Ana sacudió la cabeza con algo de desprecio—. Tenemos suerte de que haya aceptado siquiera una entrevista de diez minutos. No cualquiera obtiene una oportunidad así.Paola parpadeó, aún más confundida. Era sabido que TCL, la cadena de televisión para la que ahora trabajaba, era la más importante del país; usualmente, las personalidades más influyentes ansiaban aparecer en sus programas para ser entrevistadas. ¿Quién sería este hombre que consideraba la televisora como algo secundario?Durante el trayecto en auto, Paola trató de calmar sus nervios y concentrarse en la tarea que tenía por delante. Pero cuando
Paola trató de concentrarse en lo que tenía que hacer, pero sus pensamientos seguían dando vueltas alrededor de una sola idea: aquel hombre frente a ella no solo era uno de los más poderosos de la ciudad, sino que además había sido el desconocido con el que había compartido una noche que aún la perseguía, tanto por lo placentero como por lo desconcertante. Su mente luchaba por procesar el impacto de la revelación.El hombre que estaba frente a ella, Dereck Maxwell, no solo era el CEO de uno de los conglomerados más influyentes de Ciudad Imperial, sino que también era conocido por su despiadada capacidad para tomar decisiones que dejaban sin aliento a aquellos que se cruzaban en su camino. Un hombre que no temía destruir a cualquiera que considerara una amenaza, y sin embargo, estaba aquí, siendo entrevistado como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera ninguna conexión entre el hombre que había arrojado a un hombre al suelo con facilidad y el que ella había conocido en una noche fug
Danny negó con la cabeza y se giró para salir. Seguramente estaba imaginando cosas; después de todo, aquella noche de hacía seis años, él solo había sido el chofer y no llegó a ver a la mujer en el asiento trasero del auto de Dereck. Sin embargo, algo en esa mujer que acababa de ver sosteniendo la cámara le resultaba vagamente familiar.Al salir del edificio, Paola regresó al auto donde la esperaba Ana. Ninguna dijo palabra alguna sobre lo ocurrido en la mansión de Dereck, aunque Paola podía notar la tensión y vergüenza en el rostro de su compañera. En cambio, ella solo sentía alivio: Dereck no la había reconocido, y aquello era una suerte. Con el poder e influencia que él tenía, si supiera de la existencia de sus hijos, seguramente intentaría reclamarlos. Era una amenaza que Paola no podía ignorar. No podía permitir que alguien le arrebatara a sus hijos, ni siquiera su padre biológico. Clara y Ethan eran suyos, y haría todo lo necesario para protegerlos. La única manera de lograrlo er
Paola se sentó frente a Julio, el jefe de departamento, quien la recibió con una sonrisa profesional. Era su primer día en el Grupo Maxcom, una de las empresas más grandes de la ciudad, y aunque el trabajo como secretaria no era lo que había imaginado para sí misma, sabía que era una oportunidad que no podía dejar pasar. A pesar de las dificultades previas, ella estaba decidida a seguir adelante y dejar atrás su pasado.—Es bienvenida a la corporación Maxcom, señorita Paola—, dijo Julio mientras extendía un libro de orientación.Paola asintió, sintiendo un poco de nervios, pero también aliviada por estar finalmente trabajando. Tomó el libro con una sonrisa.—Es un placer, señor—, respondió.Julio le indicó que lo revisara y luego comenzó a explicarle su primer proyecto. La carga de trabajo parecía desafiante, pero Paola no tenía dudas de que podía hacerlo.—Aquí está el trabajo actual que estaba haciendo la persona anterior a ti, por aquí tienes que completar el proyecto antes del mes—
Paola respiró profundamente, intentando calmar el acelerado latido de su corazón. Nunca imaginó que terminaría en una situación tan peligrosa, y mucho menos ante un hombre tan intimidante como Dereck Maxwell. Se giró hacia él, que aún la observaba con una mirada severa y calculadora.—¿Estás tratando de llamar mi atención por todos los medios, mujer?—preguntó él, su tono frío como el hielo.Paola lo miró, sorprendida, pero no dejó que su voz temblara. ¿De qué estaba hablando? La incredulidad la invadió, y antes de poder reaccionar, respondió rápidamente:—No… no, no lo soy. Ni siquiera sabía que estabas aquí. Vi a este hombre abofetear a este anciano y me disgustó que todos estuvieran mirando, así que vine aquí para defenderlo—, explicó, su voz firme y sincera.Dereck la miró con una mezcla de desdén y desconfianza.—El viejo me robó—, dijo de manera tajante, como si fuera una justificación para su violencia.Paola frunció el ceño, sin creer lo que escuchaba. Miró al anciano, que aún m