Capítulo 7: Patética

Amaia.

Mis manos duelen por los golpes que doy a la puerta, uno tras otro, pero sin ningún efecto. Me detengo al entender que él se ha marchado y me ha dejado aquí encerrada, en un simple baño de su gran mansión, lejos de la multitud que se supone festeja nuestra unión.

Después de unos minutos un sonido tras la puerta me alerta.

— ¡Ábreme, maldito! —Grito volviendo a golpear con más fuerza— Fingías que me habías dejado sola.

— ¿Quién está ahí? —indaga la voz de alguien, un hombre, pero no es de quien esperaba.

— ¡Estoy encerrada! ¡Ayuda!

—Espere un momento... Alguien se ha llevado la llave.

Muevo el picaporte sin éxito.

—Tumbe la puerta si es necesario, pero sáqueme de aquí —exijo.

—Espere por favor, iré por ayuda.

— ¡No!, no me deje...

Pasos apresurados que se alejan resuenan al otro lado. Mi cuerpo sucumbe ante la ley de la gravedad al comprender que de verdad estoy sola.

Mis manos se dan consuelo al apretar el pulgar contrario, mientras la mirada se pierde en el horizonte de una
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