Capítulo 15:Camino por los pasillos del hospital con paso firme, pero mi mente hierve de rabia contenida.—Buenas tardes señorita Mountbatten —saluda una de las enfermeras.—Buenas tardes —correspondo antes de seguir mi camino.Antes, decidí salir a hacer las diligencias necesarias antes de que Diara despertara, después de todo se me informó que tardaría en hacerlo. Así que pasé primero por la tesorería del hospital, donde tuve que mostrar el cheque en mi poder y el anillo de matrimonio, para después dirigirme al banco.Sin embargo, cuál fue mi sorpresa y molestia cuando me recordaron que, como mujer, requería la firma de un hombre responsable como aval de todas mis transacciones. No pude evitar reír cuando mencionaron a mi padre, quien evidencia no tener ese tipo de responsabilidad clara, más me ofendí cuando mencionaron a mi esposo, puesto que, como mujer casada él sería la persona idónea para ser garante y aval de cualquier transacción que deba realizar.Es simplemente... indignan
Amaia.Cuando el automóvil se detuvo frente a la mansión de Los Belmonte, tardé unos segundos en bajar. Algo dentro de mí me decía que no ingresara a ese lugar. Sin embargo, ignoré esa sensación y crucé la puerta principal.—Señora Mountbatten —saluda el mismo mayordomo.—Buenas noches, señor...—Soy Bottom, puede decirme mayordomo Bottom.Asiento.— ¿Le gustaría cenar?Dudo, mi estómago me suplica que acepte, pero mi cerebro lo rechaza de inmediato. Sin embargo, antes de dar una respuesta la puerta de la entrada vuelve a abrirse.Gael ha llegado.Las empleadas se apresuran a recibir su abrigo, guantes y sombrero. Los movimientos son precisos, elegantes y casi coreográficos. Permanezco en silencio mirando el espectáculo. Él se percata de mi presencia y arquea una ceja con diversión.—Vaya, de verdad viniste en el coche que envié por ti.El sarcasmo en su tono consiguió que mi mirada entrecerrada expresando mi fastidio.—Si no necesitabas hablar conmigo, no debiste enviarlo. Me has he
Amaia.— ¿Ha desaparecido?Repito ante la incredulidad de lo que acabo de escuchar.—Es lo que he dicho.—Eso es imposible —murmuro, intentando avanzar hacia la puerta—. Debo ir a buscarlo.Gael me intercepta con un solo paso, colocándose frente a mí con una calma impresionante.—No es necesario —dice— Ya fui a la mansión Mountbatten y hablé con los pocos empleados que quedan —Tuerce los labios— Concuerdan en que tu padre subió a su habitación a descansar, pero cuando lo llamaron a cenar, ya no estaba en la casa.Un escalofrío recorre mi espina dorsal.— ¿Y si se fue por voluntad propia? —pregunto lo evidente.—Es una posibilidad. Quizá huyó para librarse de sus acreedores. Pero...— ¿Qué? —Lo insto a hablar.—Hay algo más. Cuando revisé su habitación estaba revuelta, como si alguien más hubiera buscado algo.Mi corazón late con fuerza.— ¿Llamaste a la policía?—Por supuesto. Ya lo están buscando, pero hasta que sepamos qué ha sucedido, tu casa no es un lugar seguro. Permanecerás aq
GaelMe inclino hasta que mis labios casi rozan la oreja de Amaia.—Si me miras como si quisieras tocarme estaré tentado a permitirlo —digo en un susurro permitiendo que sienta el calor de mi aliento.Su cuerpo se tensa, pero no me quedo para ver su reacción. Me alejo con lentitud disfrutando del dominio que ejerzo sobre ella sin siquiera tocarla. Me observa con fiereza mientras tomo una de las mantas y una de las almohadas, y sin decir nada más me dirijo al sofá. —No vuelvas a acercarte a mí —Me advierte con voz que intenta ser dura.Apago la luz y me tumbo sobre el sofá dándole la espalda con deliberada indiferencia.—Te prohíbo que sueñes conmigo.Una almohada rebota contra mi espalda y mi sonrisa aparece de forma inevitable, apenas perceptible en la penumbra de la noche y de la cual ella no es consciente. Me acomodo y cierro los ojos.Las noches son cada vez más frías, pero ésta temporada es un poco más cálida que las anteriores. No me gusta.—Sé que me sigues mirando —le digo.
Amaia.El frío de la mañana consigue que me remueva en la cama para abrigarme un poco más, pero me incomoda la textura de las sábanas que no me son familiares, me remuevo un poco más, pero también el colchón parece ser demasiado enorme como de costumbre. Abro los ojos cuando el aroma masculino cosquillea en mi nariz. Mi cuerpo se tensa antes de que mi mente procese lo que sucede, no estoy en mi cama, menos en mi habitación. Me incorporo de golpe. La luz del nuevo día entra a caudales revelando la elegante, pero discreta decoración y la amplitud del cuarto ajeno en el que estoy... La habitación de Gael.Mis ojos van en su búsqueda, pero el sofá donde durmió la noche anterior está vacío. Tampoco hay rastro de él, ni de su abrigo colgado en la silla, es como si no hubiera amanecido aquí.El recuerdo de aquel susurro cerca de mi oído viene como un latigazo y mi corazón reacciona como antes, sin que pueda controlarlo. Me obligo a respirar hondo, porque es evidente que no es por él, ni p
AmaiaGael y Elan se observan con intensidad, un choque de miradas que revela un conflicto anterior y que carga de tensión a nuestro alrededor. Aunque lo que más me inquieta es la presión firme y desafiante con la que el médico aún sujeta mi mano, incluso ante la presencia de mi esposo.Es por ello que con un movimiento brusco, me libero. Gael sigue atento mi acción mientras ofrece una mirada oscura y analítica, como si intentara mirar más allá de nuestra presencia.—No sabía que ahora tenías gustos por las posesiones ajenas —dice Gael con voz fría impregnada de cierta burla y hasta desafío.Elan no se inmuta, mantiene la cabeza en alto y responde con calma:—Las personas no son posesiones.—Amaia lo es. Desde que aceptó ser mi esposa me pertenece —afirma con aire de autoridad.Se acerca para tomar la misma mano que antes había tocado el médico, su contacto es firme y afirma posesión sobre mí. Me desagrada, pero lo observo sin casi sin parpadear.—Si sabes que no eres bienvenido a mi
Amaia.Entrecierro los ojos al ver a Gael y escuchar su presentación tan... sorpresiva.— ¿Qué haces aquí? —indago.—Ahora que estamos casados, nuestras familias están unidas. Es mi deber preocuparme por la salud de mi cuñada —responde con calma, pero con un tinte de frialdad en su voz que no me pasa desapercibida.Arrugo mi entrecejo y miro a Diara, quien continúa con las mejillas encendidas y la mirada gacha, aunque no entiendo por qué y supongo que es por la presencia del médico.—En efecto, él es Gael —confirmo la información a mi hermana.Elan se aproxima.—Diara aún necesita descanso. Las visitas no deben sobrepasar a una persona —señala el médico en mi dirección mirando a Gael con firmeza.Entonces me pregunto si las sonrisas amables del doctor han finalizado. Gael lo observa con desdén, como si sus palabras no significaran nada. Se vuelve hacia mí.—Necesito hablar contigo. Acompáñame.Ahora frunzo los labios. Quiero quedarme con mi hermana, pero con la actitud de mi esposo, s
Amaia.Siento el aire atrapado en mi pecho. Apenas soy consciente de lo que estoy haciendo, pero es que sólo fue un impulso... no pensé mucho antes de hacerlo. Sin embargo, estoy tan estupefacta que no puedo alejarme. Mis labios siguen unidos a los de él y aunque mi mente grita que me aparte, el resto de mi cuerpo se ha congelado. No sé qué se supone que debo decir o cómo justificar este beso.Él permanece inmóvil, me observa expectante a través de sus largas pestañas, como si esperara a mi siguiente movimiento. Algo que desde luego no tengo. Sólo sé que mi corazón late con furia y la piel está más sensible que de costumbre. Ni siquiera presto atención a unas voces en el pasillo que se acercan. Apenas soy consciente de éstas cuando el mayordomo es quien habla como si intentara detener a alguien.—Necesito hablar con Gael con urgencia.La puerta se abre de golpe y por el marco de ésta cruza la viuda García seguido por el mayordomo Botton, y de alguna forma nosotros estamos en la misma