Amaia.Jamás imaginé que tendría que regresar a la mansión de Los Belmonte de esta forma. Según los escasos recuerdos de mi padre, la última persona con la que habló fue con Gael, así que tendré que preguntarle por el cheque o de inmediato solicitar se informe al banco que detengan el pago de éste, aún queda la posibilidad de que se haya deslizado debajo de alguna mesa y que terminara en la basura.Mi cabeza aún duele cuando el carro se detiene frente a la mansión. Es grande, brillante y suntuosa. Antes pertenecía a otra familia que debió abandonarla por razones similares a las nuestras, sólo que en su caso fue porque ambos hijos quedaron desprotegidos a temprana edad y debieron abandonar la ciudad para viajar hasta el lugar en el que residen sus abuelos maternos.Sin embargo, debo reconocer que ahora parece más espléndida que antes. Suspiro antes de bajar del vehículo. Enderezo la espalda y mantengo el mentón elevado encarnando el porte adecuado de una mujer de mi estatus, es algo qu
Amaia.Lo sigo hasta la habitación. Cada paso que doy pesa y antes de cruzar su puerta me observa de reojo como si esperara de forma atenta a mi siguiente movimiento. Avanzo y un golpe olfativo de colonia masculina amaderada es lo que obliga al resto de mi cuerpo a entender que está en sus dominios.La decoración es elegante y austera. No hay rastros de la ostentación que predomina en el resto de la mansión. Sólo muebles de líneas limpias y colores neutros. No obstante, mi estómago se revuelve cuando noto la cama deshecha. No necesito confirmación para saber quién ha estado ahí.La imagen de la viuda entre sus sábanas, enredada entre sus brazos produce una punzada de asco. Debió estar con ella. De otra forma esa mujer no estaría aún en la residencia.Un ruido sutil llama mi atención. Gael se está desabrochando el abrigo de lana de color gris con calma estudiada, dejando ver la camisa blanca que se ajusta a su torso. Aparto la mirada de inmediato y me enfoco en la chimenea apagada mien
Amaia.Un aroma dulce, demasiado para mi gusto inunda mi nariz con cierto desagrado, resulta evidente que acaba de cambiarse de ropa y perfumarse.Me reacomodo para levantarme de la cama.—Que escena más interesante —agrega con tono afilado, incluso aunque he ignorado su anterior comentario.La observo y ella a mí, no sé qué expresión le estaré mostrando, pero la de ella es una mezcla de incredulidad y furia.— ¿Qué haces en la cama de Gael? —vuelve a preguntar.Ante su insistencia sonrío con calma y en lugar de defenderme, le sigo el juego.—Tal vez deberías amarrar a ese hombre si no quieres que termine metiendo a cualquiera en su cama.Los ojos de la viuda chispean de rabia.— ¡No digas tonterías!Me encojo de hombros.—Sólo te doy un consejo —aparento inocencia, dejando atrás la contrariedad que mi cuerpo experimentó por culpa de Gael— Quiérete un poquito y hazte respetar —remato con indiferencia.Ella se tensa, sus labios se curvan en una mueca y por un instante parece que se lan
Amaia.El mayordomo no pudo contestar puesto que salgo corriendo sin pensarlo. El pánico me ciega y mi única preocupación es mi hermana. Mis pies apenas si tocan el suelo mientras desciendo las escaleras a toda prisa, pero en medio de mi desesperación mi tobillo se dobla y hace que pierda el equilibrio.Caigo hacia delante de forma inevitable, pero antes de que el peso de la gravedad haga su efecto, unos brazos firmes me atrapan con fuerza. Miro hacia arriba encontrando a Gael, mientras el calor de su cuerpo se filtra a través de la tela de mi vestido.—No seas idiota— murmura a pesar de que me sostiene con firmeza—. No servirá de nada si terminas con el cuello roto.Apenas puedo escucharlo, mi respiración es errática y mis manos tiemblan.»El auto —ordena dirigiéndose al mayordomo, quien baja rápido a nuestro lado— Prepárenlo de inmediato.—Sí señor —es lo único que escucho.Apenas registro que Gael me toma de su mano y me guía por el resto de las escaleras hasta atravesar la entrada
Amaia.Al entrar en la habitación asignada a mi hermana, ella descansa sobre la cama, con los ojos cerrados y respiración tranquila con la mascarilla de oxígeno. Exhalo aliviada y agradecida. A su lado, el nuevo médico Elan Meleu y también el doctor Leroy, quien siempre ha cuidado de ella. Al notar mi presencia, éste último se apresura a acercarse para presentarme.—Señorita Mountbatten, él es el doctor Meleu. —Sonríe amplio—. No se deje engañar por su juventud, a sus veintisiete años es una eminencia en el campo y tiene un conocimiento excepcional sobre la condición de su hermana.Asiento, sin decirle que en realidad él mismo se presentó momentos antes.»Ha aceptado tomar el caso de Diara —continúa— y va a comenzar con el nuevo tratamiento, el mismo que le mencioné antes —Asiento una vez más— incluso aunque recién ha regresado a la ciudad.Parece avergonzado por lo último, como si con eso diera a entender que no lo ha dejado descansar. No obstante, es evidente su entusiasmo, mientras
Capítulo 15:Camino por los pasillos del hospital con paso firme, pero mi mente hierve de rabia contenida.—Buenas tardes señorita Mountbatten —saluda una de las enfermeras.—Buenas tardes —correspondo antes de seguir mi camino.Antes, decidí salir a hacer las diligencias necesarias antes de que Diara despertara, después de todo se me informó que tardaría en hacerlo. Así que pasé primero por la tesorería del hospital, donde tuve que mostrar el cheque en mi poder y el anillo de matrimonio, para después dirigirme al banco.Sin embargo, cuál fue mi sorpresa y molestia cuando me recordaron que, como mujer, requería la firma de un hombre responsable como aval de todas mis transacciones. No pude evitar reír cuando mencionaron a mi padre, quien evidencia no tener ese tipo de responsabilidad clara, más me ofendí cuando mencionaron a mi esposo, puesto que, como mujer casada él sería la persona idónea para ser garante y aval de cualquier transacción que deba realizar.Es simplemente... indignan
Amaia.Cuando el automóvil se detuvo frente a la mansión de Los Belmonte, tardé unos segundos en bajar. Algo dentro de mí me decía que no ingresara a ese lugar. Sin embargo, ignoré esa sensación y crucé la puerta principal.—Señora Mountbatten —saluda el mismo mayordomo.—Buenas noches, señor...—Soy Bottom, puede decirme mayordomo Bottom.Asiento.— ¿Le gustaría cenar?Dudo, mi estómago me suplica que acepte, pero mi cerebro lo rechaza de inmediato. Sin embargo, antes de dar una respuesta la puerta de la entrada vuelve a abrirse.Gael ha llegado.Las empleadas se apresuran a recibir su abrigo, guantes y sombrero. Los movimientos son precisos, elegantes y casi coreográficos. Permanezco en silencio mirando el espectáculo. Él se percata de mi presencia y arquea una ceja con diversión.—Vaya, de verdad viniste en el coche que envié por ti.El sarcasmo en su tono consiguió que mi mirada entrecerrada expresando mi fastidio.—Si no necesitabas hablar conmigo, no debiste enviarlo. Me has he
Amaia.— ¿Ha desaparecido?Repito ante la incredulidad de lo que acabo de escuchar.—Es lo que he dicho.—Eso es imposible —murmuro, intentando avanzar hacia la puerta—. Debo ir a buscarlo.Gael me intercepta con un solo paso, colocándose frente a mí con una calma impresionante.—No es necesario —dice— Ya fui a la mansión Mountbatten y hablé con los pocos empleados que quedan —Tuerce los labios— Concuerdan en que tu padre subió a su habitación a descansar, pero cuando lo llamaron a cenar, ya no estaba en la casa.Un escalofrío recorre mi espina dorsal.— ¿Y si se fue por voluntad propia? —pregunto lo evidente.—Es una posibilidad. Quizá huyó para librarse de sus acreedores. Pero...— ¿Qué? —Lo insto a hablar.—Hay algo más. Cuando revisé su habitación estaba revuelta, como si alguien más hubiera buscado algo.Mi corazón late con fuerza.— ¿Llamaste a la policía?—Por supuesto. Ya lo están buscando, pero hasta que sepamos qué ha sucedido, tu casa no es un lugar seguro. Permanecerás aq