Capítulo 4
A las nueve de la noche, dejaron la mansión de los Uribe.

Mientras se abrochaba el cinturón, Damián preguntó con aparente casualidad:

—¿De qué hablabas con Lucas? Parecían tener una conversación bastante animada.

—Ah, sí —respondió Aitana suavemente—, hablábamos de tu primer amor.

Damián guardó silencio. Después de un momento, tomó suavemente la mano de Aitana y, con una inusual ternura en su voz, dijo:

—Nunca me he acostado con ella.

Aitana se recostó en el asiento, con lágrimas contenidas en los ojos. Sabía bien que esta ternura de Damián solo se debía a que estaba en sus días fértiles; él solo quería plantar su semilla en ella. Nada tenía que ver con el amor, y menos con ella.

Se preguntaba si Damián aún querría retenerla si supiera que no podía tener hijos, o si se apresuraría a firmar el divorcio para buscar a la siguiente mujer digna de ser la señora Uribe.

Esa noche Damián se estaba esforzando, acercándose a ella intentando despertar su deseo. Aitana se sentía miserable. Su esposo no la amaba, la trataba como una máquina de trabajo y reproducción. No disfrutaba de la intimidad con ella, pero cada mes la buscaba para concebir. ¿En qué se diferenciaba esto del apareamiento animal?

Esquivando los besos de Damián, habló con voz ronca que delataba una inexplicable tristeza:

—Damián, hablo en serio sobre el divorcio. Si crees que pido demasiado, podemos negociarlo.

En la oscuridad del auto, Damián escrutó el rostro de su esposa como si quisiera memorizar cada detalle.

Después de un largo silencio, respondió con frialdad:

—Ya te lo dije, el divorcio no es una opción.

—Aitana, con un hijo dejarás de tener estas ideas absurdas.

Aitana cerró los ojos, respondiendo sin fuerzas:

—Damián, ¿y si no pudiera tener hijos?

—Imposible —frunció el ceño Damián con desdén—. Ambos pasamos los exámenes prenupciales.

Aitana sonrió amargamente. Los resultados de hace cuatro años ya no valían, igual que los votos matrimoniales de Damián se habían desvanecido en su conciencia y en los brazos de otra mujer...

Llegaron a Villa Buganvilia cerca de las diez.

Damián se duchó en la habitación de invitados, planeando convencer a Aitana de intimar, pero una llamada lo hizo salir apresuradamente.

Aitana supuso que iba a encontrarse con su amante. No le importó; al menos esta noche no tendría que lidiar con Damián.

No regresó en toda la noche.

Las luces de Villa Buganvilia permanecieron encendidas toda la noche, esperando en vano al señor de la casa...

Durante la siguiente semana, Damián tampoco durmió en casa.

El tema del divorcio quedó estancado.

En esas frías noches de otoño, ¿qué hacía Aitana?

A menudo se paraba frente al ventanal de su dormitorio, observando las hojas que empezaban a amarillear, preguntándose si sería más feliz si no hubiera abandonado la pintura, si no se hubiera casado tan joven, si no hubiera entrado en el mundo de los negocios.

En cuanto a Damián, no le hizo ni una llamada; para ella, el hombre que andaba de juerga bien podría estar muerto.

Después de mucho tiempo sin verse, se encontraron en un evento de negocios.

...

Las Orquídeas - el club empresarial más lujoso de Palmas Doradas.

Apenas entró al reservado, Aitana vio a Lía pegada a Damián, acurrucada como un pajarillo. Al verla llegar, Lía simplemente bajó la mirada a su teléfono, ignorándola completamente.

La secretaria Ana, indignada, quiso reaccionar, pero Aitana la contuvo:

—Ahora ella es el amor de la vida del señor Uribe, hay que consentirla por ahora.

No había lugar junto a Damián, y Aitana no podía sentarse con el bando contrario, así que se excusó para ir al baño, dando tiempo a Damián para manejar a su amante.

En el baño, bajo las brillantes lámparas de cristal, Aitana se lavaba las manos cuando escuchó pasos femeninos detrás de ella...

Alzó la vista y vio a Lía en el espejo.

Lía se acercó, abandonando su habitual respeto por un tono provocador:

—He vuelto a la villa. Damián dice que puedo quedarme todo el tiempo que quiera.

Aitana cerró el grifo mientras observaba en el espejo ese rostro inocente. Era verdaderamente puro, rebosante de colágeno, tan diferente al suyo, que mostraba el cansancio de años en el mundo de los negocios. Qué maravillosa era la juventud... aunque, pensó distraídamente, ella apenas tenía 26 años.

Mientras giraba suavemente el anillo de bodas de 6 quilates en su dedo anular, habló con serenidad:

—Señorita Urzúa, si yo fuera usted, me contentaría con ser un trofeo junto a Damián. Permanecería callada, solo colgada de su cuello pidiendo dinero, sin ir pregonando sus encuentros amorosos. Y, ¿por qué venir a causar problemas aquí? Este ambiente no es para usted.

—Damián me protegerá —sonrió Lía—. No quiere que beba.

—¿Eso cree? —Aitana mantuvo su sonrisa tenue—. Señorita Urzúa, quizás no lo sepa, pero para Damián el dinero es lo primero. Distingue perfectamente entre negocios y mujeres. Dentro de un rato, no será solo una copa de vino, sino que incluso veneno le haría tragar si fuera necesario.

—No lo creo —palideció Lía.

La sonrisa de Aitana se volvió aún más sutil.

Después de que Lía se marchara, Aitana se quedó contemplando su reflejo: incluso a ella le parecía ridículo su propio farol. Sabía que con un poco de esfuerzo y astucia, siempre podría mantener su posición como señora Uribe, pero ese tipo de vida y matrimonio ya no era lo que deseaba.

Al volver al reservado, el lugar junto a Damián estaba libre. Aitana se sentó con naturalidad, interpretando como siempre su papel en la farsa del matrimonio feliz. Lía se sentó lejos, con expresión dolida y al borde del llanto.

—¿Por qué atormentar a una jovencita? —reprochó Damián ligeramente.

Aitana no respondió. Él no sabía que cada palabra suya defendiendo a Lía era como un puñal en su corazón. Si él se preocupaba tanto por Lía, ¿qué significaban todos estos años en que ella había estado a su lado en las buenas y en las malas?

Sí, ¿qué significaban?

Aunque su corazón sangraba, su rostro permanecía extraordinariamente sereno. Con una sonrisa, sugirió que Lía bebiera una copa con el representante de la otra empresa, quien claramente mostraba interés en su inocencia.

Lía, confiada en su posición como protegida de Damián, se resistió repetidamente.

Bajo las lámparas de cristal, el rostro de Damián presagiaba tormenta. Sabía perfectamente que Aitana lo hacía a propósito.

Sosteniendo suavemente su copa, Damián miró a Aitana mientras se dirigía a Lía:

—El proyecto Pacific Crown es una colaboración de cientos de millones de dólares. Sea como sea, Lía, debes ser cortés con el señor Ochoa.

Lía no se atrevió a protestar más y accedió con labios temblorosos.

Mientras Lía bebía sumisamente con el señor Ochoa, Aitana y Damián permanecían sentados uno junto al otro. El rostro de Damián no mostraba expresión alguna, mientras Aitana se sentía como una malvada madrastra, enterrando el gran amor del señor Uribe.

En ese momento, olvidaron que eran una joven pareja casada.

Ya entrada la noche, en el estacionamiento subterráneo, la secretaria Ana ayudaba a Aitana, abriendo la puerta trasera del auto:

—Señorita Balmaceda, tenga cuidado con la cabeza, ha bebido demasiado esta noche.

—Mal humor —murmuró Aitana sosteniendo su frente.

Ana lo entendía perfectamente. El señor Uribe se había excedido hoy. El proyecto Pacific Crown había sido desde el principio el esfuerzo de la señorita Balmaceda, desde su concepción hasta los contactos, todo organizado por ella. Sin embargo, el señor Uribe había traído a Lía esta noche - cualquiera en el lugar de Aitana se habría enojado. Aunque, al menos, Lía había terminado en el hospital, lo cual era una pequeña satisfacción.

Cuando Aitana estaba por entrar al auto, una mano masculina la sujetó por la muñeca. Con un golpe seco, su cuerpo se estrelló contra la carrocería del vehículo negro. El frío metal hacía resaltar aún más la fragilidad de la mujer.

Después de un momento, cuando Aitana se recuperó del dolor, levantó la mirada hacia el rostro amenazante de su esposo:

—Ana, déjanos solos.

Ana dudó, preocupada. Pero la expresión de Damián no le dejó otra opción:

—La señora no se encuentra bien —murmuró antes de retirarse.

Los ojos de Aitana se humedecieron levemente.

Una vez que Ana se fue, Damián finalmente explotó. Se acercó a Aitana, sujetándole la barbilla mientras la interrogaba con voz fría:

—¿Por qué la hostigaste deliberadamente?

—Ahora está en el hospital haciéndose un lavado de estómago.

—Aitana, te he dicho que solo es la hija de un viejo amigo, solo la estoy cuidando un poco...

Una bofetada resonó en la mejilla de Damián.

La mano de Aitana palpitaba, todo su cuerpo temblaba sin control.

Miró a Damián con una risa fría:

—¿Cuidarla hasta llevarla a la cama de la villa? Damián, ¿es que tu amor es tan obvio o realmente me crees idiota?

Damián giró lentamente la cabeza, tocándose el interior de la mejilla con la lengua. La miró como si quisiera matarla, pero su tono permaneció controlado:

—¿Tanto deseas mi amor? ¿A cualquier precio?

—No te des tanta importancia —se burló Aitana, imitando su tono.

Damián pareció calmarse.

Después de un momento, le acarició suavemente el rostro:

—Aitana, ya no eres la de antes. ¿No te basta con interpretar bien tu papel de señora Uribe? ¿No es suficiente tener un hijo y asegurar tu posición? ¿Por qué te preocupas tanto por todo, por qué insistes en llevarme la contraria?

En la fría noche, el rostro de Aitana estaba bañado en lágrimas que ni siquiera notaba.

—¿Antes? ¿Tú también recuerdas el antes? Damián, ¿acaso seguimos siendo los de antes? El Damián de antes no tenía amantes, el de antes no pasaba las noches fuera, ¡el de antes no calculaba mis días fértiles cada mes para tener un hijo!

—Damián, ¿quién cambió realmente, tú o yo?

...

Después de cuatro años compartiendo la cama, finalmente mostraban sus verdaderas caras.

Damián contempló en silencio a Aitana, la esposa que lo había acompañado durante cuatro años en el mundo de los negocios. Tras un largo momento, su mirada se volvió gélida, como si hubiera tomado una decisión irrevocable.

La noche estaba tranquila, como un réquiem por el amor.

Damián soltó a Aitana y retrocedió un paso:

—A partir de mañana, dejarás de estar a cargo del proyecto Pacific Crown. En cuanto a tu cargo, convocaré una junta de accionistas para decidir al respecto.

Aitana sonrió suavemente. La primera traición siempre viene de quien más amamos

Ambos sabían que sus diferencias iban más allá de Lía. Damián quería deshacerse de ella ahora que ya no la necesitaba, forzarla a volver a casa como señora Uribe, dedicada exclusivamente a darle hijos, aprisionándola de por vida en nombre del amor.

Amor, hijos...

En ese momento, la angustia de Aitana alcanzó su límite.

De repente se sintió completamente desilusionada, sintiendo que todo el pasado había sido una ilusión unilateral. Encontrarse con Damián no había sido su destino, sino su castigo.

¡Ya no quería ocultarlo más!

¡Quería revelar la verdad ahora mismo, decirle a Damián que ya no podía tener hijos!

Continue lendo no Buenovela
Digitalize o código para baixar o App

Capítulos relacionados

Último capítulo

Digitalize o código para ler no App