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Para muchos el nombre era algo irrelevante, sobre todo para los esclavos. Era una forma de mantenerlos controlados y evitar la interrelación entre ellos. Ilayen siempre había estado en contra de esa maldita ley de su padre. Le daba mucho valor a los nombres, como el de él que era el mismo que el alfa fundador de la manada. Quizás por ello tenía tanto peso en sus hombros. Peso que no solo era el de los miembros de su propia manada sino el de las expectativas de los demás alfas.

Giró su rostro en torno a ella con una leve sonrisa.

-¿Por qué está tan interesada en mí?-

Ella sacudió la cabeza y negó reaccionando. La había escuchado.

-No por nada, solo que…- sería extraño preguntar aquello a un esclavo que no era el de ella. Después de todo los esclavos eran para trabajar, no para socializar. Al menos eso era lo implantado por su pareja el alfa, al cual tenía… miedo.

Ilayen no comprendió a lo que ella se refería. Se levantó sacudiendo sus manos y caminó hasta donde estaba la loba y se dejó
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