Alejandro estaba a punto de marcharse cuando escuchó la voz de su padre llamándolo desde el pasillo.— Alejandro, espera.Alejandro se detuvo, apretando los puños. No quería pelear. Ya había tenido suficiente por un día. Pero algo en el tono de su padre lo hizo detenerse.— No quiero pelear contigo — dijo Alejandro, girándose lentamente —. No hoy.Su padre, que había estado observándolo con una mezcla de desaprobación y preocupación, negó con la cabeza.— No es eso, hijo — dijo, su voz más suave de lo habitual —. Solo quiero preguntarte si estás seguro de lo que Clara quiere contigo.Alejandro lo miró fijamente, su rostro serio y lleno de determinación.— Padre, si Clara me acepta completamente, será un milagro — dijo con amargura —. Después de todo lo que ha pasado por mi culpa, no la culparía si no lo hiciera.El padre de Alejandro asintió, comprendiendo la gravedad de las palabras de su hijo. Sabía que Alejandro amaba a Clara, pero también sabía que el camino no sería fácil. Despué
El sol apenas comenzaba a colarse por las grandes ventanas del comedor cuando Alejandro, Clara y Lucas disfrutaban de un desayuno tranquilo. Por primera vez en mucho tiempo, Alejandro sentía una paz que no había conocido en años. La tensión con Sofía, las constantes amenazas, y el caos que había rodeado sus vidas parecían haberse disipado, aunque fuera de manera temporal. Clara y Lucas estaban allí con él, y esa sensación de familia, de pertenencia, lo llenaba de una manera que nunca había esperado.Sorprendentemente, Lucas había comenzado a sentirse cada vez más cómodo en la casa de Alejandro. A pesar de la magnitud de todo lo que había sucedido, el niño había encontrado un refugio en la mansión, y Alejandro no podía estar más agradecido por eso. La presencia de Lucas le daba una nueva perspectiva, una razón para luchar más allá de sus propios intereses.Clara, por su parte, había comenzado a relajarse también. El peso de las amenazas de Sofía todavía acechaba en su mente, pero en es
Mientras tanto, Sofía caminaba por las calles de la ciudad con una tranquilidad que no reflejaba el caos que había dejado atrás. Sabía que la estaban buscando. Sabía que Alejandro no descansaría hasta verla detrás de las rejas, pero en ese momento, no le importaba.Había decidido que era momento de desaparecer. No podía seguir enfrentando las consecuencias de sus acciones. Había tocado fondo, y lo sabía. Pero, en lugar de enfrentar su realidad, había optado por huir, hasta que las aguas se calmen.Mientras caminaba, un camión de gran porte se detuvo frente a ella. El conductor, un hombre robusto y con una sonrisa despreocupada, bajó la ventana y la miró con curiosidad.— ¿Necesitas un aventón? — preguntó, su voz ronca pero amigable.Sofía sonrió, una sonrisa coqueta y sensual que había aprendido a perfeccionar con los años. Sabía cómo manipular a los hombres, y este no sería la excepción.— Mi coche se descompuso — dijo, con un tono inocente que no coincidía con la malicia en sus ojos
El sol de la tarde entraba a raudales por los ventanales del salón principal de la casa de Alejandro, iluminando el elegante mobiliario con un cálido resplandor dorado. Don Arturo, el padre de Alejandro, estaba sentado en el sillón favorito de su hijo, hojeando un informe financiero con la concentración habitual que lo caracterizaba. Cada número, cada cifra, era analizada con la precisión de un cirujano, y aunque la mente de Arturo estaba absorta en su trabajo, algo en el ambiente le resultaba incómodo. No era el silencio de la casa, ni el eco de los pasos lejanos de las empleadas. Era otra cosa, algo que no podía definir con claridad.De pronto, se escuchó el sonido de la puerta de entrada abriéndose. Don Arturo, sin levantar la vista de sus papeles, creyó que era Alejandro, y comenzó a ponerse de pie al sentir la presencia de alguien en la sala. Su hijo había salido temprano esa mañana, y Arturo estaba esperando su regreso para discutir algunos temas importantes. Pero cuando finalmen
— Es un chico brillante — murmuró, sorprendiéndose a sí mismo al decirlo.Clara irritante. Sabía que Arturo no era una persona fácil de impresionar, y mucho menos de elogiar a alguien tan abiertamente. Pero Lucas era diferente.— Sé que no le agrado mucho — dijo Clara de repente, con una sonrisa tímida —, pero quiero que sepa que estoy profundamente agradecida por cómo trata a mi hijo. Lucas lo aprecia mucho. Siempre habla de usted.Entonces desconcertó a Arturo. ¿Lucas hablaba de él? ¿En qué momento había ganado tanta admiración de un niño que apenas conocía?— ¿Lucas habla de mí? — preguntó, su tono más suave de lo habitual.— Todo el tiempo — respondió Clara, con una sonrisa genuina —. Dice que le gusta hablar con usted, que lo admira, aunque seas un cascarrabias. Esas fueron sus palabras.Arturo no supo qué decir. La sensación de calidez que había comenzado a instalarse en su pecho era extraña, pero no del todo desagradable. Le recordaba a los días en los que Alejandro, siendo un n
— Viejo amigo. Te necesito.Hubo un momento de silencio al otro lado de la línea, y Alejandro pudo imaginarse a su interlocutor recostándose en su silla, probablemente con una sonrisa irónica en el rostro.— Vaya, vaya — dijo la voz, ahora más relajada —. Alejandro Ferrer. Hace años que no sé de ti. ¿Qué te trae a mi puerta? No respondas, es la hija de puta mafiosa de Sofía.Alejandro respiro hondo. No era fácil pedir un favor a este hombre, pero no tenía otra opción.— Necesito tu ayuda — dijo, sin rodeos —. Estoy buscando a alguien. A esa misma alguien que mencionaste.— ¿A alguien? — la voz se hizo más curiosa—. Siempre dije que te crearía problemas…— Sofía… — respondió Alejandro, sintiendo el peso del nombre en su lengua —. Sofía Ramírez no solo está siendo un grano en el culo para mí, sino para mi mujer y su hijo.Hubo una breve pausa, antes de que su amigo soltara una carcajada seca, sin rastro de alegría.— ¿Entonces es real lo que dicen las noticias? — preguntó, divertido —. ¿
Claudio se apoyó contra la puerta, intentando recuperar el control de su respiración. Las palabras de Sofía lo atravesaban como cuchillos. Había pasado los últimos años viviendo en ese rincón olvidado, creyendo que su pasado estaba enterrado, que nadie vendría a reclamar lo que él había dejado atrás. Pero ahora, todo estaba volviendo a la superficie. Y su hija estaba aquí, frente a él, exigiendo respuestas, o eso creía.— ¿Cómo lo supiste? — preguntó finalmente, su voz temblorosa, pero sabiendo que no había escapatoria.Sofía lo miró con una mezcla de desprecio y satisfacción.— Siempre lo supe — dijo, cruzando los brazos, como si la revelación no fuera más que un mero trámite —. Siempre supe que había algo que no encajaba. Mamá… o, mejor dicho, Olivia, nunca fue realmente mi madre, ¿verdad? — Su tono era frío y cortante —. Toda la vida me crio Ernesto, pero las mentiras tienen un límite y necesito ocultarme temporalmente.— Pensé que era un buen padre…— Lo es, pero su trabajo no es t
Sofía estaba sentada en la pequeña y mugrienta sala de la casa de su padre, dando pequeños sorbos a una taza de café frío. Su mente estaba en otro lugar, analizando los próximos pasos, las posibles salidas. Sabía que no podía quedarme quieto por mucho tiempo. Estaba siendo cazada. Pero había algo en esa casa, en esa reconexión con su padre, que la mantenía allí. Aún no había terminado.Claudio, su padre, estaba de pie frente a ella, observándola con una mezcla de preocupación y tristeza. Todo lo que alguna vez había creído sobre su hija parecía tambalearse.— Sofía — dijo finalmente, rompiendo el incómodo silencio —, ¿qué fue lo que realmente pasó? Siempre pensé que sabías a qué se dedicaba Don Ernesto. — El nombre de su viejo amigo resonaba con un peso que lo hacía sentir sucio.Sofía bufó, cruzando las piernas con una elegancia que contrastaba con el lugar en el que se encontraban. Su rostro, sin embargo, era angelical mientras mentía con una maestría que había perfeccionado a lo la