Nicolás se miró en el espejo, el reflejo devolviéndole una imagen que casi no reconocía. Su rostro endurecido, con sombras profundas bajo los ojos, mostraba el desgaste de las últimas semanas. Las presiones externas lo habían empujado al borde de una decisión definitiva, y finalmente, la sumisión se había convertido en su única opción para sobrevivir en este mundo que lo consumía.La medianoche había pasado, y con ella, su última oportunidad de permanecer independiente. Ahora, no le quedaba más que inclinarse ante el poder que había intentado desafiar.“No soy un peón…” se repitió una última vez en un intento de convencerse, pero las palabras sonaban huecas. Se colocó la chaqueta y salió de su departamento hacia el edificio donde se reuniría con sus nuevos “aliados”. La presión en su pecho era sofocante mientras caminaba por las calles oscuras y desiertas, como si el mismo asfalto bajo sus pies fuera un reflejo de su propia alma marchita.A las afueras de un rascacielos imponente, un
Nicolás no podía ver nada más allá de las paredes negras del automóvil en el que lo habían encerrado. Sin ventanas, sin posibilidad de saber hacia dónde se dirigía o cuánto tiempo llevaba atrapado. El silencio que rodeaba el vehículo era opresivo, y la presencia de los dos hombres que lo escoltaban en la oscuridad, inquebrantables y vigilantes, solo aumentaba la tensión. Podía sentir sus miradas fijas en él, como si cada segundo de su existencia fuera observado y juzgado.Sabía que cualquier intento de resistencia sería en vano, pero su mente seguía activa, evaluando posibles salidas, cada oportunidad que pudiera surgir. Mientras el vehículo continuaba su recorrido, la tensión en su pecho crecía, y los ecos de sus propios pensamientos se convertían en un murmullo incesante.Finalmente, el vehículo se detuvo. Uno de los guardias tocó suavemente su hombro, señalándole que saliera. Al abrir la puerta, Nicolás quedó momentáneamente cegado por la luz que inundaba el exterior. Al acostumbra
Nicolás sintió que el peso de aquella llamada aún colgaba sobre él como una soga. Había tenido que enfrentarse a hombres tan duros como él, había vuelto a poner un pie en los negocios, pero aquella voz misteriosa le recordaba que, en su mundo, cada paso podía ser el último. Aun así, su mirada era dura y decidida. Sabía que estaba cerca de obtener de nuevo el poder, pero el camino solo se volvía más oscuro. Cada noche le acercaba más a una espiral de violencia y traición que absorbía cada aspecto de su vida.Era tarde cuando, camino a su auto, el rugido de una motocicleta cortó el silencio de la noche. Los faros iluminaron brevemente el rostro de un hombre con el casco oscuro, el cual no parecía un mensajero casual. Nicolás sintió un escalofrío. Era imposible reconocer al conductor, pero la expresión que mostró por un segundo antes de girar la moto no dejaba lugar a dudas. Aquella no era una coincidencia. Dio un paso hacia adelante, evaluando la situación; la motocicleta se alejó en un
Nicolás despertó en una fría habitación, sus manos todavía atadas. La iluminación apenas iluminaba el lugar, suficiente solo para revelar las grietas en las paredes y el polvo acumulado en el suelo. Sentía la garganta seca y la presión de las cuerdas alrededor de sus muñecas, que habían cortado la circulación de sus manos. Al observar alrededor, se dio cuenta de que aquel lugar no era desconocido. Era una vieja bodega donde, años atrás, había cerrado varios tratos importantes. Pero ahora, estaba atrapado en su propio pasado, en un juego peligroso que lo desafiaba a cada instante.—Veo que ya estás despierto, Valverde —una voz grave y desconocida rompió el silencio.Alzó la vista, intentando enfocar la silueta en la penumbra que lo observaba con una expresión de satisfacción. El hombre, de cabello oscuro y un rostro marcado por cicatrices, llevaba una chaqueta de cuero desgastada. Detrás de él, otros dos hombres, tan imponentes como el primero, permanecían inmóviles, como sombras a su
Nicolás se quedó sentado en aquella fría habitación, con la voz de Helena resonando en su cabeza. La confirmación de que estaba viva lo había llenado de una mezcla de alivio y rabia contenida. Sin embargo, sabía que cualquier paso en falso significaría no solo perderla a ella sino perderse a sí mismo en un mundo del que ya no podría escapar. Se levantó lentamente, con una calma calculada, y salió hacia el despacho donde los líderes de las sombras se habían reunido.En cuanto entró, notó cómo las miradas de los presentes se clavaban en él. Unos lo observaban con interés, otros con desconfianza. Pero todos compartían la misma expectativa.—Bienvenido, Valverde —dijo uno de los hombres, un hombre de mediana edad con el cabello entrecano y un aire de autoridad—. Nos han dicho que finalmente has tomado la decisión de aceptar nuestra oferta.Nicolás los miró con frialdad, manteniendo su postura rígida.—Parece que no tenía otra opción, ¿verdad? —respondió en tono desafiante—. Ustedes han he
Nicolás se ajustó el saco, la corbata ligeramente aflojada, y con una última mirada a su despacho, salió para reunirse con los líderes de las sombras. La misión que le habían asignado, una operación en el norte que implicaba negociar bajo amenazas, era solo el principio. Sentía el peso de sus propias decisiones cada vez más profundamente en sus hombros, aunque intentaba no mostrarlo.Al salir de la oficina, recibió una notificación en el teléfono que le habían proporcionado. Sin abrirla, supo que era el itinerario para el vuelo de esa misma noche. Las sombras no desperdiciaban tiempo.Horas después, ya en el avión privado, Nicolás se encontró repasando los documentos que le habían entregado. La operación consistía en asegurar la lealtad de un grupo rival, cuya influencia se extendía por el norte del país. Al parecer, Gabriel había tratado de consolidar una alianza con ellos antes de su muerte, y ahora los líderes de las sombras querían asegurar que no se rebelaran ante su reciente aus
La noche era cerrada cuando Nicolás salió del Hotel Central, donde Emiliano le había expuesto el próximo movimiento. El hombre había sido claro y directo: querían que liderara una misión crítica, algo que probaría su lealtad, pero también marcaría una línea irreversible.Mientras avanzaba por las calles apenas iluminadas, un peso en el pecho lo asfixiaba. La ciudad parecía diferente a la que él conocía; las luces titilantes y las sombras lo envolvían en un aire hostil y lleno de desconfianza. Nicolás estaba perdiendo algo de sí mismo con cada paso que daba, y aunque su ambición y necesidad de control se reforzaban, había una grieta que crecía a su alrededor, una barrera invisible que se interponía entre él y la paz que alguna vez imaginó.Un mensaje en su teléfono rompió el silencio, vibrando en su mano. Lo miró de reojo, notando que era de un número desconocido:"Necesitamos hablar. Sé que tienes preguntas. Bar Dos Lunas, en una hora."Sintió una punzada de sospecha. A lo largo de la
Nicolás se despertó antes del amanecer, sintiendo el peso de la noche anterior sobre sus hombros. Las palabras de Raúl seguían retumbando en su mente, como si fueran un eco imposible de apagar. Al abrir la ventana, la ciudad aún estaba sumida en un silencio inquietante, como si presintiera el caos que estaba a punto de desencadenarse.Había aprendido a moverse en el submundo de las sombras, pero nunca imaginó que enfrentaría una disyuntiva tan brutal: quedarse y someterse al control absoluto de los líderes o arriesgarse a una traición que podría costarle la vida. La última opción que Raúl le había presentado, una facción misteriosa que operaba en las sombras dentro de las mismas sombras, parecía atractiva. Aun así, Nicolás sabía que no podía confiar en nadie, ni siquiera en Raúl, por mucho que él hubiera afirmado ser su “única salida”.Mientras tomaba un café amargo, su teléfono vibró en la mesa. Un mensaje en la pantalla le indicó que debía dirigirse a la Torre de Control, uno de los