VEINTIUNO

...

May aguardó sentada en las banquetas de piedra fuera del salón de clase. Atajaría a su profesor en cuanto este pusiera un pie fuera del aula. O mejor aún, esperaría a que todos los estudiantes se hubieran retirado y lo atraparía dentro del salón, sin darle la oportunidad de inventarse excusas. Porque, al fin de cuentas, eso era lo que él hacía. Inventar excusas con las que pretendía disfrazar el desagrado que sentía por ella.

Se habían dado la mano, ¿y para qué? Para que él volviera a comportarse como un déspota a pesar de que ella no le había dado ninguna razón para hacerlo. May era imprudente, eso lo sabía muy bien, pero se había comportado esta vez. No había intentado

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