Momento candente

Llegamos a la empresa. Le ayudo a Larissa a bajarse del auto. Me pego a ella y la tomo de la cintura. Quiero que todos vean que ella es mi mujer.

Entramos al edificio. Todos nos miran. Algunos nos dan los buenos días. Les contestamos amablemente. Llegamos al ascensor y subimos. Bajamos al piso donde está mi oficina.

Pero desde aquí ya comienzo a oler a esas chismosas de mis secretarias. Nos estamos acercando a ellas y, en cuanto me ven, se levantan.

—Buenos días, señor Dunne. —Por lo que veo, este par de víboras quieren hacer sentir mal a mi esposa solo saludándome a mí y, además, sé que ellas querían algo conmigo.

—¿Qué tienen de buenos? —Las dos se me quedan mirando sin saber qué contestar. —Creen que no sé sus intenciones, están bien, que solo me saluden a mí y no a mi esposa y piensan que con eso me voy a fijar en una de ustedes. Pues déjenme decirles que no; mi esposa es mil veces mejor que ustedes. Así que para la próxima que la traten mal o que ella me diga una sola queja d
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