Aquello fue un golpe directo al estómago de Jordan. No era una pregunta cualquiera, sino una embestida calculada, una jugada que lo había dejado sin respuesta inmediata. Reinhardt lo había acorralado con un solo movimiento, y la sensación de verse expuesto lo incomodó más de lo que esperaba.El chico apartó la mirada hacia el paisaje que se deslizaba por la ventanilla, tomándose un instante antes de responder con fingida despreocupación.—No. No quiero eso. Así que tienes razón. Prefiero que sigas causando ese temor con el que mantienes a todos alejados. Que ninguna mujer se atreva a acercarse a ti con demasiada confianza.En ese momento, Reinhardt levantó una ceja.—Ten cuidado, campesino —soltó—. No me vengas con esas mier-das de posesividad y celos, porque si crees que algún día vas a poder controlarme a tu antojo, estás muy equivocado.Jordan dirigió la vista hacia él y se quedó contemplándolo por un rato.—No estoy buscando controlarte ni imponerte nada. Solo estoy siendo honesto
Reinhardt no respondió. Su silencio no fue una pausa deliberada ni una forma de eludir la conversación, sino que fue un reflejo de algo más profundo. Porque la verdad era evidente, y aunque Jordan parecía incapaz de verlo con claridad, él lo sabía. Reinhardt era obsesivo, y además, muy posesivo. Precisamente, era lo que experimentaba con Jordan, pero no quería admitirlo a viva voz.No quería dejarlo ir. No podía. Y el no poder hacerlo lo enfurecía, porque Reinhardt nunca había sido un hombre de apegos. Su vida estaba hecha de transacciones, de acuerdos sellados con sangre y humo de pólvora. Las personas entraban y salían de su vida como piezas reemplazables en un tablero de juego. No sentía necesidad de retenerlas, ni de vigilarlas, ni de asegurarse de que nadie más pusiera sus manos sobre ellas. Pero con Jordan… con él era diferente.No lo mataba, aunque en un principio hubiera sido la opción más lógica. No lo liberaba, aunque en su mundo la libertad no era un privilegio que se conce
El tiempo pareció detenerse en ese instante. El olor a gasolina y a metal quemado impregnaba el aire, y el leve crepitar de las llamas rompía la sofocante quietud. Reinhardt sintió un hilo de sangre descender desde su mandíbula hasta su frente, pero lo ignoró. Su atención estaba puesta en el cuerpo inmóvil a su lado.—Hey, campesino.No obtuvo respuesta.El pánico irrumpió en su pecho con una brutalidad que no se permitía sentir. Su mano se deslizó por el asiento, palpando hasta encontrar el brazo del joven. Estaba tibio, pero inmóvil.—Jordan, respóndeme.Un quejido apenas audible rompió el silencio. Reinhardt sintió que volvía a respirar.—Mierda… —exhaló, entrelazando su mano con la de él, aferrándola con una fuerza que delataba su ansiedad—. ¿Estás consciente?Jordan tardó en responder. Su voz salió ronca, apagada.—Me duele todo…—No te muevas. Te sacaré.El problema era cómo. Con las puertas deformadas y el techo colapsado, estaban atrapados en un ataúd de metal. Afuera, la luz
Cuando Reinhardt apenas terminó de hablar, su cuerpo se tensó al captar un sonido en la distancia. Eran pasos. Varios. Era el crujido de ramas y hojas secas bajo el peso de botas apresuradas. Sus perseguidores se acercaban, y lo hacían rápido.—Están cerca —susurró Reinhardt, dirigiendo una mirada impaciente a Jordan—. Tenemos que movernos ya.Jordan cerró los ojos un instante, reuniendo las fuerzas que le quedaban, y cuando los abrió, su expresión ya no reflejaba solo agotamiento, sino determinación.—Conozco una forma de perderlos.Reinhardt frunció el ceño.—¿Qué?Jordan se enderezó, aún respirando con dificultad.—Conozco este bosque —expuso—. Este es el campo donde crecí. Sé cómo moverme aquí mejor que ellos. Si confías en mí, puedo llevarnos a un lugar donde podremos despistarlos.Reinhardt lo escrutó con recelo. Confiar en alguien no era algo que hiciera a la ligera, y mucho menos en una situación como esta. Sin embargo, no tenía tiempo para analizar opciones. No podía dudar ni
La corriente los había arrastrado río abajo, lejos del caos que habían dejado atrás. Durante lo que parecieron eternos minutos, Reinhardt y Jordan fueron lanzados y sacudidos por el agua turbulenta, incapaces de distinguir la orilla en medio de la desesperación por mantenerse a flote. El frío mordía su piel, y cada vez que intentaban respirar, el río se aseguraba de llenarles la boca de agua.Finalmente, la corriente los arrojó contra un banco de arena y piedras. Reinhardt fue el primero en moverse, clavando los dedos en la tierra húmeda mientras se arrastraba fuera del agua. Su pecho subía y bajaba con esfuerzo, y cada respiración era un intento por expulsar el agua de sus pulmones. Tosió con fuerza, dejando escapar un gruñido ahogado mientras su cuerpo temblaba por el esfuerzo.A su lado, Jordan emergió con menos fuerza. Tosía y jadeaba, apoyándose sobre sus manos y rodillas mientras trataba de recuperar el aliento. Su cabello oscuro goteaba sobre la arena, pegándose a su rostro emp
Luego de reflexionar sobre todas aquellas preguntas, Reinhardt regresó al presente y volvió a mirar a Jordan, sacudiendo la cabeza como si todavía no pudiera creer lo que había pasado.—Eres un psicópata suicida —soltó con el ceño fruncido—. ¿Arrojarnos de un precipicio como ese? ¿Tienes idea de lo que acabas de hacer? Pudimos habernos partido todos los huesos, si es que no terminábamos muertos.Jordan, todavía empapado y con el cabello pegado a la frente, se limitó a sonreír con algo de sorna.—Deberías estar agradecido en lugar de insultarme —manifestó—. Te salvé la vida otra vez. No es la primera vez que lo hago, ¿o me equivoco? Si no fuera por mí, ahora mismo estaríamos en manos de esos cabrones, y quién sabe lo que estarían haciendo con nosotros. ¿O es que acaso preferías que nos atraparan?Reinhardt resopló, pasándose las manos por la cara, intentando deshacerse del cansancio y la frustración que lo carcomía por dentro.—Todo esto es una mier-da —gruñó, pateando una piedra antes
Cuando cruzaron el umbral de la casa, Reinhardt dejó escapar un suspiro cansado, pero no por agotamiento, sino por la tensión acumulada en cada uno de sus músculos.El interior del lugar le sorprendió más de lo que habría querido admitir. A pesar de estar en medio de la nada, en una zona apartada y rural, la casa tenía cierto encanto rústico. Las paredes de madera, el mobiliario sencillo pero bien cuidado, la chimenea apagada con restos de ceniza que sugerían que, en algún momento, alguien había pasado tiempo allí. No era la imagen que esperaba de un sitio que, según Jordan, había sido testigo de un crimen atroz.Reinhardt recorrió la estancia con la mirada, analizando cada detalle. La mesa de la cocina seguía en su sitio, sin una sola mancha visible; el suelo de madera estaba pulcro, sin rastros de sangre seca entre las grietas; las ventanas, aunque cerradas, dejaban entrar la tenue luz del amanecer, iluminando un espacio que no tenía la más mínima apariencia de haber sido escenario
Jordan salió por la parte trasera de la casa, sintiendo la brisa cálida del campo acariciar su rostro mientras caminaba con paso decidido. Sus botas crujieron sobre la hierba seca mientras sus ojos recorrían el terreno en busca de algún indicio de vida. Pero lo único que encontró fue un inquietante silencio y el vasto espacio vacío donde antes solían estar los animales.Se detuvo en seco, frunciendo el ceño con desconcierto. No había caballos, ni vacas, ni siquiera los perros que solían rondar la granja. Un vacío inquietante pesaba en el aire, y su pecho se tensó al darse cuenta de lo que eso significaba. Reinhardt, que lo había seguido en silencio, se paró justo detrás de él y observó con la misma expresión de desconcierto.—Claro… debí suponer que ya no estarían aquí —murmuró Jordan, sin apartar la vista del campo desolado.Reinhardt inclinó ligeramente la cabeza, mientras que su mirada analizaba el panorama con cautela.—¿De qué hablas? —preguntó.—De los animales —alegó.—¿Y qué c