28. La Tormenta

El silencio es una bestia que me devora.

Estoy ahí, en el suelo, con las rodillas dobladas y la respiración rota, como si cada bocanada de aire me arañara los pulmones.

Lena se ha ido.

Es una verdad absoluta.

Y, sin embargo, mi mente se aferra a la posibilidad de que todo esto sea una pesadilla, de que en cualquier momento ella vuelva a abrir la puerta y diga que se ha equivocado, que no puede estar sin mí, que nunca debió irse.

Pero la puerta no se abre.

Y lo único que queda es el vacío.

Me pongo de pie con torpeza, como si estuviera aprendiendo a caminar otra vez.

Cada parte de mí se siente pesada.

Camino por el departamento, buscando su rastro en cada rincón.

El sofá donde nos hemos quedado dormidos más veces de las que puedo contar.

La cocina donde preparaba café cada mañana, con el cabello desordenado y ese gesto adormilado que siempre me hacía sonreír.

La cama…

No puedo mirar la cama.

Siento que el aire se vuelve más denso. Que el peso de su ausencia me está aplastando el pecho.
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