Capítulo 3
Había reservado un vuelo para dentro de cinco días. Después, le escribí de nuevo al abogado para recalcar la importancia de quedarme con la custodia de mi hijo.

Cuando terminé, me levanté del sofá con pereza y me fui al cuarto para, por fin, poder descansar.

—¡Estoy hablándote! ¿A dónde crees que vas? —gritó furioso Héctor desde la sala, con ese tono cargado de frustración que tanto detestaba.

—A descansar —le respondí con calma. Me volteé y lo miré con ojos tranquilos, antes de cerrar la puerta.

Para él, me había pasado de la raya. Los objetos siendo tirados al suelo resonaron en la sala. Sus arranques de ira ya no me causaban miedo, solo fastidio.

La separación avanzaba según lo previsto.

Tres días después, mientras guardaba ropa en la maleta, sonó de repente mi celular. Era Héctor.

—Bar Libre en Bahía Norte. Urgente, ven ya.

El viento en la Bahía Norte era fuerte, y yo sabía que no era una buena idea salir, acababa de dar a luz.

Estaba a punto de rechazarlo en ese momento, pero él insistió con más y más llamadas.

Al llegar, envuelta en varias capas de ropa para protegerme del frío, la escena que me esperaba me dejó paralizada por un instante. Héctor estaba sentado junto a Valeria, muy pegaditos, mientras sus amigos nos observaban.

Uno de ellos se rio al verme.

—No mentiste, hermano. La amante de Héctor sí que es una gorda ridícula.

Valeria, sosteniendo con elegancia una copa de vino tinto, me miró con una actitud burlona.

—Lo siento mucho. Acabo de perder en un juego de verdad o reto. Me hicieron elegir entre dos opciones: besar al vocalista de la banda que tocó en el bar o llamar a la amante de Héctor.

Bebió un poco de la copa y continuó, con una sonrisa de satisfacción: —Héctor no me deja besar a otros hombres, así que me dijo que te llamara. Ya puedes irte.

Supuestamente, era una disculpa. Pero lo que escuché fue toda su arrogancia.

Furiosa, miré firmemente a Héctor.

Él bajó la cabeza, incapaz de verme a los ojos.

Resulta que, para todos ellos, yo no era más que la simple amante que nadie quería.

Me reí con amargura, a punto de responder, pero de repente Valeria alzó la barbilla para presumir su cadena de oro gruesa y brillante.

Me acerqué a ella y, sin dudarlo, tiré de la cadena hasta arrancarla.

—¡Estúpida gorda! ¿Qué te pasa? —gritó Valeria, fuera de sí, mientras intentaba, desesperada, recuperar su collar.

Guardé la cadena en mi bolso, con una mirada asesina.

—Esto lo compró Héctor con el dinero que nos pertenece a ambos. Si me lo quiero llevar, me lo llevo y punto.

Ya había consultado con mi abogado. Podía reclamar legalmente todas las joyas valoradas.

Pude ver cómo la arrogancia empezó a correr por cada vena de Valeria.

—Robar mis pertenencias en público… Podría hacer que acabes en la cárcel.

—¿Quieres que te ayude a llamar a la policía? —respondí, sin miedo.

Héctor, al ver que hablaba en serio, me arrebató el celular de las manos y me advirtió:

—Basta. Deja de hacer escándalos y vete de inmediato a casa.

Lo miré, notando la preocupación en su rostro, y sentí el pecho apretado.

Los amigos de Héctor comenzaron a murmurar, cuestionando quién era realmente la amante.

Valeria, a punto de llorar, miró a Héctor como una niña indefensa:

—Tú mismo dijiste que la que no es amada es la amante. Diles la verdad, Héctor. ¡Diles a todos que Natalia es la amante!

Héctor, conmovido por su llanto, la consoló y le limpió las lágrimas cuidadosamente. Luego, volteó hacia mí con una mirada aterradora y habló con una voz cargada de desprecio:

—¡Ya basta, Natalia! Cada vez que apareces, causas un desastre.

Agarró la mano de Valeria y, dirigiéndose a los presentes, declaró:

—Basta de rumores. Valeria es mi esposa. La amo.

Los curiosos presentes suspiraron al unísono.

—¡Héctor, bésala! —gritó alguien.

Sin dudarlo, Héctor agarró la cara de Valeria y la besó con ternura.

Valeria, con las mejillas sonrojadas, se giró triunfante hacia mí, con una sonrisa desafiante.

—¿Lo ves? ¿De qué te sirve ese tonto papel? El amor, el dinero y todo lo que tiene Héctor, todo eso será mío.

No pude contenerme de la ira y le di una terrible cachetada.

Valeria, con la mano en la mejilla, miró a Héctor con lágrimas en los ojos:

—Amor, me golpeó.

Héctor, con una mirada diabólica, me pateó el abdomen con toda su fuerza.

El dolor fue insoportable; sentí cómo se abría la herida de la cesárea y caí al suelo.

Héctor se inclinó, agarró mi mandíbula con fuerza y murmuró:

—Levántate y discúlpate con Valeria. Ya mismo.

Con los ojos rojos, murmuré entre dientes:

—Ella no lo merece.

La furia de Héctor explotó; lanzó otra feroz patada a mi abdomen, gritando:

—¡Te advertí que te fueras! ¿Quieres ser un problema? ¡Pues, yo también puedo ser un problema!

Cada golpe desgarraba más la herida; la sangre empapaba mi ropa, y mi cuerpo temblaba sin control alguno.

Con las últimas fuerzas que me quedaban, levanté la cabeza y pronuncié:

—Héctor, divorciémonos.

Héctor me miró sorprendido, pero no escuché lo que dijo después.

La oscuridad se apoderó al instante de mí.
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