Amores rotos y joyas de traición
Amores rotos y joyas de traición
Por: Helena
Capítulo 1
Era como si mi bebé pudiera sentir mi tristeza, porque de repente empezó a llorar desconsolado.

Pasé dos horas intentando calmarlo hasta que por fin se quedó dormido.

Durante ese tiempo, Héctor Salinas no llamó ni una sola vez para explicarse por lo sucedido.

Mientras tanto, Valeria Morales seguía actualizando a menudo sus publicaciones.

Compartió tres fotos más mostrando su lujoso set de joyería, dejando asombrados a todos los curiosos que la seguían.

Los comentarios llegaron a más de 99 en pocos minutos, eran como la pólvora, llenos de admiración y envidia.

Entre ellos, noté uno que me dejó al instante helada. Era de Héctor Salinas:

—Este lo compré para ti; en veinte años, le compraré uno igual a nuestra hija.

—El mejor esposo, te quiero —respondió de inmediato Valeria.

Esa interacción pública y tan descarada entre ellos me atravesó por completo el corazón como un puñal. Volteé la cabeza para mirar a mi hermoso bebé, que dormía muy cómodo en su cochecito.

Seguramente Héctor ya había olvidado que también tenía un hijo de apenas seis días de nacido, ¿cierto?

Recordé el día que di a luz. Héctor me dijo que estaba demasiado ocupado con el trabajo como para acompañarme en el parto.

Después descubrí que, en realidad, estaba celebrando que la hija de Valeria cumplía tres años.

—Las piedras en la vesícula son grandes. Esto no puede seguir por más tiempo, recomendamos hacer la cirugía mañana —dijo el médico mientras me mostraba preocupado los resultados de los exámenes.

Miré los cálculos biliares que me habían salido durante el embarazo y, tras unos segundos de duda, le mandé un mensaje corto a Héctor:

—Necesito que vuelvas mañana, tengo algo urgente.

Pasó un buen rato antes de que contestara.

Su tono, como siempre, era algo impaciente:

—Estoy muy ocupado. Deja de buscarme solo por tonterías.

—Si sigues molestándome, nos divorciamos.

Calmada, miré la pantalla del celular.

Ya no recordaba cuántas veces Héctor había amenazado con el divorcio.

Desde que Valeria apareció en nuestras vidas, cada vez que ellos tenían algún tipo de acercamiento y yo mostraba el menor indicio de incomodidad, él me lanzaba la misma frase:

—¿Qué mujer no se sacrifica en un matrimonio? Si no puedes soportarlo, divorciémonos.

Antes siempre era yo quien terminaba pidiendo perdón.

Pero esta vez, aproveché la oportunidad.

—Te llamé porque necesito operarme con urgencia. Si incluso en esta situación te molesta venir, creo que tienes razón: debemos divorciarnos.

El celular sonó unos segundos después.

La voz de Héctor era repentinamente más suave:

—¿Estás enferma? ¿Por qué no me lo dijiste? ¿A qué hora es la cirugía mañana? Regresaré para acompañarte.

Me que quedé pensativa mientras miraba a mi bebé dormido.

Respondí: —A las dos de la tarde.

—De acuerdo.

Al día siguiente, por la tarde, el teléfono de Héctor seguía apagado.

Pálida, débil, y llena de dolor, no tuve más remedio que pedirle a una amiga que viniera a firmar los papeles para la operación.

Al caer la noche, la cirugía había terminado.

El médico me dijo que debía estar en completo reposo durante varios días.

Héctor nunca me llamó, ni siquiera después de la operación.

Valeria, por otro lado, seguía presumiendo su relación en las redes sociales.

—Me torcí un poco el pie y él se asustó tanto que manejó como loco para llevarme a urgencias.

—Ay, tenía un vuelo programado para hoy, pero al verme lastimada, de inmediato lo canceló.

—¡Es increíble! Solo me torcí el pie, pero no me dejó caminar. ¡Me cargó todo el tiempo!

Abrí al instante la foto que acompañaba la publicación.

Era una imagen de Héctor cargando a Valeria en su espalda.

Recordé en ese momento el cuarto mes de mi embarazo, cuando fui a una consulta médica.

De repente, sentí un dolor agudo en la cadera. Cada paso que daba era como una puñalada.

El médico dijo que tenía sinovitis en la articulación de la cadera y, por lo tanto, me recomendó moverme lo menos posible y aplicar compresas calientes todos los días.

Llamé a Héctor para pedirle que viniera al hospital a cargarme hasta el auto.

Su respuesta, como siempre, fue de completa indiferencia.

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