Destrozando el cumple de la amante
Destrozando el cumple de la amante
Por: Hércules Res
Capítulo 1
—Señorita Acosta, ¿no lo sabía? La enfermedad de su hija es un cáncer óseo hereditario, solo le quedan dos meses de vida como máximo. Si no recuerdo mal, su madre murió de esta enfermedad en su día. Mi sugerencia es que usted también se haga un examen detallado...

Nieves Acosta no paraba de temblar y en su mente se repetía una y otra vez lo que le había dicho el médico.

—¿Qué te pasa, mami? —La voz linda de Sonia de la Cruz se dirigió a Nieves con preocupación: —¿Hice algo que te molestó?

Nieves miró a Sonia en la camilla, esa carita delgada estaba cargada de culpabilidad.

—Si es culpa mía, te pido disculpas, ¿me perdonas? —Tras decir aquello, la niña se esforzó por sostener una sonrisa.

Nieves tenía el corazón hecho añicos, no podía creer que a su niña solo le quedaran dos meses de vida.

Ella había crecido sin familia a su lado y hace cinco años se casó con un hombre que solo le dio una relación nominal, y Sonia era su única esperanza en esta vida.

Nieves contuvo las lágrimas: —No, para nada, cariño, solo estoy contenta porque te vas a curar pronto.

Los ojos de Sonia se iluminaron de alegría: —Qué bien. Entonces, ¿papá... vendrá a verme hoy?

Sus grandes ojos estaban llenos de vaga expectación, y cuando terminó la pregunta dejó caer rápidamente su cabecita, como si no se atreviera a esperar nada.

Y ver eso le dolió mucho a Nieves, más que si le estuvieran despellejando.

Nieves contuvo su corazón tembloroso: —Claro. Te prometo que tu padre vendrá a verte.

—¿De verdad? —El tono infantil era tentativo con falta de confianza.

Nieves entendía perfectamente de dónde venía esa inseguridad de su hija, pues porque la pequeña era consciente de que a su padre le caía mal su madre, pero una niña de cuatro años no entendía la complejidad de las emociones entre los padres; simplemente anhelaba una relación familia común y corriente y un poco de amor paterno.

Lo peor era que su hija se estaba muriendo y ella, como madre, no podía darle lo que anhelaba.

—Sonia, te prometo que hoy traeré a tu padre a verte pase lo que pase. Por cieto, ¡feliz cumpleaños, cariño! —Tocó la cabeza de Sonia y le dio un beso.

Sonia sonrió feliz.

Nieves la acostó y marcó el número de Enrique Soler, el secretario de su marido.

Respiró hondo antes de preguntar: —¿Dónde está Francisco? Dile que cambié de idea.

Hubo silencio al otro lado durante un momento: —El señor de la Cruz está celebrando el cumpleaños de la señorita Estrada, si quiere tener una charla con él, le avisaré al señor mañana.

A Nieves se le hizo un nudo en la garganta al oír aquello de «señorita Estrada»: —Dile a Francisco que, si no es hoy, no hay nada de que hablar.

Con eso, Nieves colgó.

No tardó ni diez minutos para que Enrique le devolviera la llamanda y le dijera donde estaba Francisco.

Cuando Nieves llegó al restaurante El Céntrix, Enrique vino a recibirla.

Cuando los dos llegaron a la puerta del reservado, una voz del interior se oyó antes de que ella entrara.

—Fran, hoy, delante de mi hermana, le vas a decir a todo el mundo la verdad, tú y Nieves llevan tantos años casados, incluso tienen una hija, ¿realmente no sientes nada por ella?

La cara de Nieves se puso pálida por un instante.

Una voz masculina grave calló a todos los presentes con sus palabras gélidas:

—¿Crees que sentiría algo por una mujer malvada y maquinadora que me metió en su jugada sucia? En cuanto a esa bastarda, a saber si es mi hija o no. No me lo menciones que me da asco.

Esas palabras tranquilas y frías transmitían lo más hiriente para Nieves, sintió como si cada sílaba que pronunciaba fueran agujas que atravesaban su corazón.

Ella podía aceptar que Francisco la odiara, pero no podía aceptar que llamara «bastarda» a su hija.

Nieves empujó la puerta y los que estaban dentro miraron al instante por el sonido, luego todos cambiaron de expresiones al unísono cuando la vieron.

Francisco estaba en el asiento del centro, pues allí donde fuera siempre tenía el protagonismo. Su fría mirada se posó en Nieves con el ceño ligeramente fruncido.

A su lado se sentaba una mujer glamurosa, la «señorita Estrada», como la llamaba Enrique, y ex novia de Francisco, Mónica Estrada.

Ella también se puso un poco tensa al ver a Nieves.

—¿Nieves? —dijo Mónica, como ligeramente sorprendida. —¿Qué haces aquí? Fran, ¿por qué no avisaste?

Todo el mundo sabía que Nieves y Francisco ya estaban en trámites de divorcio, así que era normal que Mónica preguntara eso en plan anfitriona.

Francisco puso cara de frialdad: —Fuera todos.

Ahora Mónica se puso más tensa.

Los ojos de Nieves se encontraron con los igualmente fríos de Francisco: —No es necesario, no hay nada entre nosotros que no se pueda decir en público, quédensen todos.

Si fuera Nieves de hace cinco años, sería absolutamente imposible que dijera estas palabras en semejante paz.

Para ella, Francisco había sido su amor a escondidas y a quien más amó.

Ahora, después de todo, la realidad solo le dejó un cuerpo malherido por su lucha en el amor.

Solo tenía una cosa en mente en ese momento, y era hacer el sueño de su hija real.

Mónica tenía una expresión incómoda y tocó el brazo de Francisco en señal de que dijera algo.

Francisco levantó fríamente los ojos hacia Nieves: —Mis condiciones son las mismas que antes, ¿qué condiciones adicionales quieres?

Los ojos oscuros de Nieves no parecían tener otra cosa que calma: —Mi condición es que pases un mes con Sonia como padre a partir de hoy.

Las palabras estallaron en el espacio como un trueno.

El hermano de Mónica, Silvio Estrada, estaba completamente furioso: —¡Vaya caradura! ¡Sabía que querías hacer una de las tuyas otra vez! Si no fuera por ti, ¿habrían estado mi hermana y Fran separados tanto tiempo?

A Mónica se le humedecieron los ojos y se apresuró a agarrar a Silvio: —No digas más...

Cuanto más decía eso más se enojaba Silvio: —¡Mónica! Llevas tantos años con depresión por su culpa, ¡¿cómo podría perdonarla?! Fran, esta vez, ¿te vas dejar engañar por esta mujer de nuevo?

La expresión de Francisco se agitó ligeramente, sus ojos oscuros se profundizaron un instante, y por un momento miró fríamente a Nieves: —Imposible.

Nieves esperaba esa respuesta.

—Escucha bien, no me interesa quedarme con ninguna de tus propiedades, no quiero nada, y mi única condición de divorcio es que te quedes con Sonia un mes como padre.

A Nieves se le desgarró el corazón al mencionar a Sonia. —Si no aceptas eso, entonces no aceptaré el divorcio.

¡Pah!

Silvio tiró con rabia el plato a Nieves. —¡Hija de puta, eres una sinvergüenza!

Nieves vio que se le manchó su falda, pero solo siguió con su voz calmada hasta el extremo: —Francisco, si quieres librarte de mí, solo te queda aceptar. De lo contrario, ¡me tendrás a tu lado al menos dos años más! Piénsalo bien, solo tienes que acompañar a Sonia un mes, y después de un mes tomaré la iniciativa de divorciarme.

Los ojos de Francisco estaban ligeramente fríos.

Y Mónica respiró hondo: —Francisco, acepta.

Esas palabras salieron imprevistas para todos.

—¿Mónica? ¿Lo dices en serio? —volvió a preguntar Silvio con voz aguda.

Mónica agarró con fuerza las manos de Francisco y sonrió suavemente: —Hazlo por nosotros, yo confío en ti.
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