—¡Basta! —suspiró jadeando, alejándome de Leo. Era como una bestia salvaje que no me daba chance a defenderme. Me trataba como a un cervatillo que, tras resistirse, termina rindiéndose antes de ser devorado. —Deje de hacer eso —murmuré, tratando de acomodar mi ropa con las manos temblorosas. Él cruza las piernas y pasa el pulgar por sus labios con delicadeza. Una sonrisa maliciosa aparece en su rostro. ¿Cómo podía ser tan descarado y, al mismo tiempo, parecer tan, tan genuino? —Me gustas, Georgina. No sé por qué te niegas si, al igual que yo, te gusta besarme— Su voz es tan jodidamente seductora. El brillo en sus ojos cuando me mira es intenso, como fuego que amenazaba con consumirlo todo. No sabía cómo defenderme de sus deseos desbordados por mí. Quería seguir pensando que solo estaba confundido. —No hable por mí... Usted no me da oportunidad a nada. Me ataca sin medida, sin detenerse a pensar si quiero— Esbozó una breve sonrisa ladeada, y yo, incómoda, entro el cabello por
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