AzzuraAl salir de la gelateria, un joven desaliñado y desconfiado aparece frente a nosotros. Parece estar escapando; mira en todas direcciones y mantiene la mano dentro del abrigo oscuro. Mis hombres lo acorralan, pero Santo se interpone, cubriéndolo con su pequeño cuerpo.—Es mi primo —dice, y el niño, con cara de bravucón, les hace mala cara a mis hombres—. No lo toquen.—Santito, ¿qué merda haces por estos lados? —le reclama el joven sin dejar de vigilar su entorno. Noto sus pupilas dilatadas—. ¿Estás en problemas con la quintina?El tipo está drogado, pero me reconoce, y eso me gusta. Comparto una mirada cómplice con Itala y chocamos las palmas. Sin embargo, la cabeza de Uzumaki se interpone entre nosotras. Ambas lo miramos.—¿Todavía no creen que esa transmisión llegó hasta Japón? —pregunta, divertido.—Allá fue el primer sitio donde llegó —lo molesto.—¡Tú, ladrón! —grita una mujer a nuestras espaldas.Giro sobre los talones y encuentro a una señora de mediana estatura, con la r
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