Una curvy en el camino de un CEO
El reflejo en el espejo me devolvió una mirada que ya no reconocía. Ojos hinchados, mejillas húmedas, y ese cuerpo... ese cuerpo que parecía ser mi peor enemigo. Me sequé las lágrimas con rabia mientras las palabras de Miguel seguían martilleando en mi cabeza:
“No puedo seguir así, María. Una relación es mitad y mitad, y tú no estás aportando nada. Ni siquiera te esfuerzas por verte mejor.”
Me había arrojado esas palabras como quien tira basura, justo después de que descubriera los mensajes de Lucía en su teléfono. Lucía con su talla 36, su trabajo en marketing y su "energía positiva" que tanto mencionaba últimamente.
Tres años juntos. Tres años soportando sus miradas de decepción cada vez que mi cuerpo se negaba a responder a las dietas.
"No es tu culpa," había dicho mi endocrinóloga. "Es el síndrome de ovario poliquístico. Afecta tu metabolismo."
Pero mi destino dio un giro cuando Alejandro, claramente harto de que su padre se metiera en su vida sentimental, me confundió con una de esas candidatas ridículas que le habían programado para casarse. Yo apenas podía creerlo. Mientras él esperaba que le hablara de compatibilidad, bodas en la playa o cuántos hijos quería tener, yo—sin tener idea de esa confusión—le hablé con toda mi pasión sobre estrategias empresariales, sobre cómo organizar un caos administrativo en menos de una semana, sobre cómo ser eficiente incluso cuando el mundo espera que falles por cómo te ves.
Y ahí… algo cambió. En su mirada. Y en la mía también.