Embarazada, lo dejé con su primer amor
Embarazada, lo dejé con su primer amor
Por: Colin Patricio
Capítulo 1
Leila observa con incredulidad el resultado de su prueba y sus oídos zumban de repente cuando la voz de Amanda le llega como si estuviera saliendo del agua…

“Enhorabuena, Luna. El heredero de la manada Roble de Sangre tiene cinco semanas. En perfectas condiciones. Vas a ser mamá”.

Lo único que se le pasa por la cabeza a Leila es: ‘menos mal que su ginecóloga también es su mejor amiga, si no, no tendría ni siquiera la oportunidad de mantenerlo en secreto’.

Tiene que mantenerlo en secreto, al menos hasta que lo tenga todo bajo control.

¿Cómo puede estar embarazada? El Alfa no quiere que lo esté y ha tomado todas las precauciones posibles. Entonces, ¿cómo puede estar embarazada? Leila ni siquiera puede precisar con exactitud qué momento salió mal porque últimamente ha ocurrido muchas más veces de lo habitual. Pero eso ya no importa.

La pregunta que Leila necesita responder ahora es: qué decirle a Alfa Tatum.

¿Siquiera le dirá? Si se ocupa ella misma del aborto, él no tiene por qué saberlo.

Después de todo, él no está en la manada en este momento. Está ahí fuera buscando, como siempre.

“No pareces muy feliz”. Amanda tantea el rostro de Leila con preocupación. “¿Estás bien?”.

¿Que si está bien? No lo ha estado, ni un día desde que se casó con Tatum. Más específicamente, ni un día desde que Carmela murió por ella. Carmela se suponía que sería su Luna, no ella. A ella se la llevaron los salvajes. Si al menos hubiera muerto como el destino quería para ella, pero no, Carmela ocupó su lugar, y su vida se ha roto en pedazos desde ese día.

Perdió a su mejor amiga y toda la manada considera que le robó el título de Luna a Carmela. ¿Y lo hizo? El Alfa nunca creyó que Carmela hubiera muerto de verdad, así que pasa todo su tiempo libre buscando a Carmela.

Incluso si ella de verdad robó, solo robó un título vacío.

“Estoy bien…”. Leila fuerza una sonrisa. “Solo es demasiado... emocionante, la noticia me refiero.

“¡Lo entiendo perfectamente!”. Amanda aprieta la mano de Leila con fuerza y sus ojos se muestran demasiado genuinos como para que Leila los mire. “¡Tú y el Alfa lo han estado intentando durante más de dos años! Toda la manada empezaba a preocuparse. Sé la presión a la que estabas sometida, de verdad te entiendo”.

Así es, Amanda no lo entiende, en absoluto.

Leila sonríe débilmente a su inocente amiga. Es responsabilidad del Alfa traer un heredero a la manada, así que han estado dando la imagen de esforzarse en ello. De lo contrario, la presión recaería sobre él.

¡Qué gracioso! No solo lleva un problema en su vientre, sino que además tiene que aceptar que la gente la felicite por ello con una sonrisa.

“El Alfa estará sobre las nubes cuando reciba la noticia. Después de dos años, por fin tiene un sucesor, así que ahora puede sentirse como un verdadero Alfa”, responde Amanda, soñando ya despierta con el banquete de siete días, habitual para celebrar el nacimiento de un nuevo Alfa.

“Hmm, sobre eso”, Leila respira hondo e interrumpe antes de que Amanda sueñe todo el camino hasta cuando nazca el bebé, “Quiero darle yo misma la noticia a Alfa, así que antes de eso...”.

“¡Entiendo!”. Amanda se ríe, dándole una palmadita en la mano a Leila. “¡Ni una palabra de mi despacho hasta que le informes a tu querido esposo! Confía en mí”.

Amanda es LA cotilla de la manada, pero Leila tiene que confiar en ella esta vez. Como si tuviera otra opción.

“Amanda, llevamos demasiado tiempo esperando esto y solo quiero que sea perfecto, ¿lo entiendes?”. Leila respira hondo y dice la suave mentira que ha estado practicando durante los dos últimos años: “No solo al Alfa, ¿vale? Ni una palabra, a NADIE”.

“¿Quién está ahí? No ha parado de hablar”. La voz aguda de una mujer entra a través de la puerta cerrada, obviamente en voz alta a propósito para que la oigan.

Leila mira a Amanda con preocupación antes de levantarse. Esto debería ser solo un “chequeo rutinario”; la gente sospecharía si tardan demasiado.

“¡No me calles! El título de Luna no le da derecho a ser una zorra”. La mujer continúa con sus comentarios descarados: “¡Si pudiera quedarse embarazada, ya lo habría hecho en los últimos dos años!”.

“Se rumorea que la Diosa de la Luna selló su vientre porque el título no le pertenece”.

“¡Eso se lo buscó! ¡Le robó el título a su amiga! ¡Una que salvó su maldita vida! A mí me daría vergüenza vivir si fuera ella…”.

Leila abre la puerta con calma y el pasillo se sume en un silencio incómodo. La mujer descarada detiene sus palabras también, pero no antes de lanzarle una mirada cruel a Leila. Leila le devuelve la mirada y la mujer desnuda su cuello en sumisión bajo la presión del aura de Luna.

Leila suele evitar este tipo de conflictos. Considera que todo su sufrimiento es el camino hacia la redención porque sabe que nunca podrá compensar a Carmela. Pero esta gente no puede opinar cuando tiene poca idea de lo que ha pasado. Aunque no le importe su propia reputación, Leila no puede permitir que hablen así del Alfa a sus espaldas.

“Tú no…”. Leila no llega a terminar su oración.

“¡¿Qué está pasando aquí?!” Una voz fría y dominante se eleva antes de resonar por el pasillo, atrayendo la atención de todos.

Leila levanta la cabeza, paralizada frente al hombre que se acerca a grandes zancadas. Alfa Tatum. El Alfa más joven que ha ostentado el título en la historia de su manada. El hombre con una cara que rompe el corazón de todas las chicas y el cuerpo de un Dios griego.

El corazón de Leila da un vuelco.

La atrevida mujer ya se cae en el asiento y las piernas le tiemblan al igual que los labios. Leila la mira con el ceño fruncido antes de acercarse al Alfa.

“¿Qué haces aquí...?”.

Antes de que Leila pudiera terminar, el Alfa Tatum ya ha pasado como si no se hubiera dado cuenta de su presencia. Su áspero grito atravesó el pasillo: “¡¿Dónde demonios están todos los malditos doctores?! Que venga uno, ¡ahora!”.

Leila nunca había visto al hombre tan precipitado. Siempre está tranquilo y es como el símbolo viviente de la razón. Nada le hace perder la calma.

Tras el Alfa van cuatro hombres que llevan una camilla y sobre ella yace una mujer con una belleza enfermiza en el rostro. Duerme profundamente y no parece encontrarse en ninguna situación crítica.

Y Leila lo comprende todo ahora. Con la cabeza revuelta por lo que acaba de ver, ahora solo sabe una cosa:

Carmela ha vuelto. Finalmente la encontró.
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