En la sombra de la culpaEl sonido de los barrotes al cerrarse detrás de él resonó con fuerza en la pequeña celda. Alejandro se quedó de pie por un momento, observando el suelo de concreto gris bajo sus pies. El olor a humedad y encierro se le metió en la nariz, mezclándose con el hedor a sudor y desesperación que impregnaba el ambiente.Suspiró pesadamente y caminó hasta el incómodo banco de cemento adosado a la pared. Se dejó caer en él, inclinando los codos sobre sus rodillas, y hundió las manos en su cabello.—¿Qué voy a hacer ahora…? —susurró, con la voz rasposa por la frustración.Su mente era un torbellino de pensamientos, todos girando alrededor de lo mismo. Lo habían acusado de un crimen que jamás habría cometido. ¿Cómo era posible que alguien pensara que él podría hacerle daño a Camila?Cerró los ojos con fuerza, recordando su rostro. Su piel suave, su mirada llena de vida, su sonrisa que siempre le iluminaba hasta los días más oscuros.—Yo nunca te mandaría matar… —murmuró,
Interrogatorio bajo presiónEl sonido de las botas del oficial resonaba en el pasillo mientras escoltaba a Alejandro hacia la sala de interrogatorios. Con cada paso, su mente trabajaba a toda velocidad. ¿Quién había logrado incriminarlo? ¿Cómo podían creer que él sería capaz de hacerle daño a Camila?Finalmente, llegaron a una puerta metálica que el oficial abrió con un movimiento seco.—Entre —ordenó con voz firme.Alejandro avanzó sin dudar. El cuarto era pequeño, apenas iluminado por una bombilla que colgaba del techo, proyectando sombras en las paredes. En el centro, una mesa de metal con dos sillas, una frente a la otra.—Siéntese ahí —indicó el oficial, señalando la silla frente a la puerta.Alejandro se acomodó, pero no apoyó completamente la espalda en el respaldo. Su cuerpo estaba tenso, su mandíbula apretada. Sabía que este interrogatorio sería complicado, pero no pensaba dejarse intimidar.Los minutos pasaron en un silencio sofocante. Se escuchaba el zumbido de la luz, el e
Encerrado en la OscuridadEl oficial lo observó en silencio, evaluando cada palabra, cada gesto.Finalmente, tomó la carpeta y se levantó de la silla.—Espero que esté diciendo la verdad, señor Ferrer.Alejandro lo miró con frialdad.—No tengo por qué mentir.El oficial asintió y salió de la sala, dejando a Alejandro sumido en sus pensamientos.Lo único que tenía claro en ese momento era que no descansaría hasta descubrir la verdad… y hasta proteger a Camila, sin importar el precio.La sala de interrogatorios quedó en completo silencio cuando el oficial salió, dejando a Alejandro solo con sus pensamientos. El aire dentro de aquel cuarto frío y estéril se sentía pesado, cargado de tensión y desesperación.Las paredes grises parecían cerrarse a su alrededor. Solo había una mesa metálica, dos sillas y una cámara en la esquina del techo, observándolo como un ojo vigilante que no le daba tregua.Alejandro apoyó los codos sobre la mesa y dejó caer su rostro entre sus manos. Sentía el peso d
Entre la esperanza y la angustiaEl hospital estaba en silencio, roto únicamente por el sonido intermitente de los monitores y el murmullo de las enfermeras que pasaban de un lado a otro. Las luces blancas iluminaban los pasillos, creando un ambiente frío y aséptico, mientras que el aire olía a desinfectante y medicina.Andrés caminaba de un lado a otro en la sala de espera. Sus pasos eran rápidos, marcados por la ansiedad y la incertidumbre. No podía quedarse quieto, su mente no dejaba de pensar en todo lo que estaba pasando.Su primo estaba en la cárcel, acusado de algo que él sabía que jamás haría. Su tío estaba hospitalizado por el estrés y la presión de la situación. Todo parecía un maldito infierno del que no podían despertar.Se pasó una mano por el cabello, despeinándolo aún más de lo que ya estaba. Sus ojos estaban cansados, con ojeras marcadas por la falta de sueño.Fue entonces cuando vio a Adrien, caminando igual que él, con el ceño fruncido y la mandíbula apretada.Andrés
La sospecha sobre AdrienAndrés se quedó mirando fijamente a su tío, intentando encontrar respuestas en medio del caos. Su mente trabajaba a toda velocidad, buscando sentido a todo lo que estaba ocurriendo.—Tío… —dijo en voz baja—. No entiendo por qué están culpando a Alejandro de algo tan atroz.Carlos, aún débil, lo observó con el ceño fruncido.—Yo tampoco, hijo… Pero esto no es casualidad. Alguien movió las piezas para que Alejandro terminara en esa celda.Andrés asintió lentamente y luego suspiró.—El único que se beneficiaría de todo esto es Adrien… —dijo con seriedad.Carlos entrecerró los ojos.—¿Por qué dices eso?—Lo vi hace un rato… Estaba nervioso, caminaba de un lado a otro como si algo lo preocupara. Parecía inquieto, como si estuviera esperando algo.Carlos frunció aún más el ceño y apretó los labios.—Si ese hombre está detrás de todo esto… tenemos que averiguarlo.—Exactamente, tío. Pero primero, debemos sacar a Alejandro de la cárcel. No podemos dejarlo allí ni un
El hospital tenía un aire pesado, con el sonido de monitores y el murmullo lejano de conversaciones médicas flotando en el ambiente. Andrés caminaba junto a su tío Carlos, quien se veía visiblemente agotado pero determinado.Al salir de la habitación, Andrés hizo una pausa y escaneó el pasillo con la mirada. Sus ojos recorrieron cada rincón, buscando una figura en particular.—¿Qué sucede, Andrés? —preguntó Carlos con el ceño fruncido.Andrés apretó los labios y giró hacia su tío.—Busco a Adrien, tío. Quería saber si ha podido ver a Camila.Carlos asintió lentamente, comprendiendo la preocupación en el rostro de su sobrino. En ese momento, una figura conocida apareció caminando por el pasillo.Era el doctor Ramos.Andrés no perdió tiempo y se acercó a él con paso firme.—Doctor, ¿puedo ver a Camila Morales? —preguntó con urgencia.El médico le dedicó una mirada comprensiva antes de asentir.—Por supuesto. Acaba de ser trasladada a otro cuarto donde puede recibir visitas. Síganme.—Gr
Andrés y su tío Carlos salieron del hospital con paso apresurado. El aire de la noche estaba cargado de incertidumbre y preocupación. Las luces parpadeantes de los postes de la calle iluminaban tenuemente el estacionamiento mientras buscaban su auto.Al encontrarlo, Andrés desbloqueó las puertas y ambos se subieron. Apenas se acomodaron, el sonido del teléfono rompió el silencio del auto. Andrés sacó el móvil del bolsillo de su chaqueta y miró la pantalla. Era el abogado.Sin pensarlo dos veces, deslizó el dedo para contestar.—¿Aló? —preguntó con la voz cargada de ansiedad.—Señor Ferrer, le hablo para informarle sobre la situación de su primo. —La voz del abogado sonaba tensa al otro lado de la línea.—Dígame que tiene buenas noticias —pidió Andrés, sujetando con fuerza el volante, sintiendo que su paciencia pendía de un hilo.El abogado suspiró.—No se preocupe, señor Ferrer. Ya hablé con uno de mis colegas, y él se está encargando en este mismo momento de liberar al señor Alejandr
Ya está todo listo.Adrien conducía con el ceño fruncido, su mandíbula tensa mientras su mente trabajaba a toda velocidad. Todo estaba sucediendo demasiado rápido, y cada segundo que pasaba lo acercaba más a un punto de no retorno.De repente, su teléfono sonó.El nombre de Álvaro Gutiérrez apareció en la pantalla. Adrien apretó los dientes antes de contestar.—¿Qué pasa ahora? —su tono era seco, impaciente.—Tranquilo, muchacho —respondió Álvaro con su tono calmado y calculador—. Solo quiero asegurarme de que no vayas a cometer una estupidez.Adrien respiró hondo para contener su frustración.—Estoy en camino.—Bien. Pero escucha con atención. He retrasado la salida de Alejandro de la cárcel. Su abogado movió todo para sacarlo bajo fianza, pero logré alargar el proceso unas horas más.Adrien frunció el ceño.—¿Cómo diablos hiciste eso?Álvaro soltó una risa baja.—Digamos que tengo contactos dentro del sistema. No preguntes detalles. Lo importante es que Alejandro sigue tras las reja