Kathia no lo entendía. Por más que trataba de encontrarle sentido, no lograba comprender por qué Giovanni Andreotti, un hombre que, hasta donde sabía, tenía sentimientos por otra persona, la deseaba con tanta intensidad. Era algo que escapaba a su lógica. ¿Acaso era solo atracción física? Fuera lo que fuera, había algo que no podía negar: Giovanni despertaba en ella sensaciones que no había experimentado antes. El agua tibia los envolvía, cayendo en pequeñas gotas desde el borde de la tina, mientras sus cuerpos se rozaban. Cada movimiento parecía sincronizado, como si sus pieles se buscaran una y otra vez. Kathia, ahora completamente mojada, sintió un leve dolor cuando su espalda chocó contra el borde de la tina. La incomodidad quedó reflejada en su rostro, y Giovanni, atento a cada detalle, lo notó de inmediato. Sin decir palabra, él se acomodó y con una facilidad que la dejó sin aliento, la levantó, posicionándola sobre su regazo. Ella quedó frente a él, con una pierna a c
—¡Desayunemos! —le dijo él, tomando asiento frente a ella. Agarró una copa y se sirvió un poco de jugo frutal. Kathia lo observó en silencio. Giovanni bebía su jugo con calma, como si ese momento con ella fuera de lo más natural del mundo. La profesora tomó el tenedor y llevó un trozo de fruta a su boca, viéndolo a él fijamente, un silencio… Que no le resultó incómodo, pero, ella misma interrumpió después de tragar la fruta. —Un desayuno al aire libre, me gusta, pero… ¿Por qué tanta atención? —preguntó finalmente. Giovanni arqueó una ceja, dejando la copa semi vacía sobre la mesa. —No te confundas, mi intención no es procurar tu comodidad, si no la mía, y los desayunos al aire libre son algo a lo que deberás acostumbrarte, ya que tú futuro esposo disfruta de ellos diariamente —dijo él restándole importancia—. Hoy tenemos que ir al médico. Tu chequeo se atrasó por mi ausencia en el funeral. Kathia frunció el ceño. Recordando ese viaje de Giovanni en el que tuvo que pasar en
✧✧✧ La tarde de ese mismo día. ✧✧✧ El auto avanzaba por las calles de Nápoles, dejando atrás el bullicio de la ciudad a medida que se dirigían hacia las afueras. La tarde comenzaba a teñirse de tonos dorados, y en el interior del vehículo. Giovanni Andreotti, conducía. Sus manos sostenían el volante, sus ojos grises permanecían fijos en la carretera, y su expresión era tan imperturbable como siempre. Kathia estaba sentada a su lado, en silencio, con la mente hecha un caos de pensamientos. Había pasado todo el tiempo mirando sus manos entrelazadas sobre su regazo, pensando en lo que había ocurrido en el hospital. La incomodidad la estaba consumiendo. Finalmente, incapaz de soportar más el silencio, decidió hablar: —Giovanni… —dijo en voz baja y titubeante. Él no apartó la vista del camino, pero su cabeza giró ligeramente en su dirección, indicándole que la escuchaba. —Quiero disculparme… sé que todo esto debió ser incómodo para ti… —dijo la mujer, refiriéndose al ult
Alessandro Andreotti, el sobrino de Giovanni, los observaba con una mezcla de curiosidad y desconfianza. —¡¡Tío Giovanni!! —dijo Alessandro, cruzando los brazos y frunciendo el ceño—. ¿Quién es ella? ¿Dónde está tía Valentina? El comentario cayó como un balde de agua helada a Kathia que sintió un leve nudo en el estómago, pero mantuvo una sonrisa amable en su rostro. Giovanni, por su parte, suspiró, claramente irritado. —Ella es la señorita Cárter, Alessandro. Será tu profesora privada —la voz de Giovanni era firme, casi fría, sin dejar espacio para discusiones—. Y no vuelvas a mencionar a Valentina frente a mí. Los ojos celestes del niño, se clavaron en Kathia con desconfianza. Finalmente, habló, con un tono irónico e infantil que dejó claro que no estaba convencido: —¿Mi tutora?… No parece una profesora. Giovanni frunció el ceño, y su tono se endureció aún más: —Alessandro, compórtate. Kathia será tu tutora y, muy pronto, mi esposa. Te guste o no, tendrás que acostumbrarte
✧✧✧ Más tarde, esa misma noche. ✧✧✧ La mujer castaña salió del cuarto de baño, en la cama observó la pijama que una de las sirvientas que hacía su misma talla, le prestó antes de irse. La casa en la finca había quedado sin personal, a excepción por todo el de seguridad que resguardaba las afueras de la propiedad. La profesora Kathia al terminar de vestirse y secar su cabellera. Bajó a la primera planta, y de inmediato, un delicioso aroma invadió sus fosas nasales. Su apetito se abrió de golpe, y cuando entró a la cocina, para su sorpresa… ¡Vio a Giovanni cocinando! —Tú… —la mujer no alcanzó a terminar de hablar. Cuando ese hombre se giró hacia ella. Los ojos avellanas de Kathia lo recorrieron detenidamente, su alta figura rebosante de masculinidad vestía solo su pantalón oscuro y camisa manga larga enrollada hasta la altura de sus codos. Pero lo que más llamó la atención de la mujer, fue verlo con delantal. Una sonrisita curvó los carnosos labios de la profesora, que d
✧✧✧ Minutos después. A la hora de la cena. ✧✧✧ —¿Qué hacías ahí escondido, Alessandro? —preguntó Giovanni con mirada severa sobre el niño, una vez lo vio saliendo del anexo—. Ve al comedor de inmediato. Ese hombre, notó que su sobrino tenía los ojitos rojizos e hinchados, era claro que había estado llorando. Pero para Giovanni, se trataba simplemente de una rabieta infantil a la que no le daría mayor importancia. Alessandro entró al comedor con el ceño fruncido y los ojos llorosos. Kathia ya estaba sentada a la mesa, sirviéndose un poco de la deliciosa cena que Giovanni había preparado. Giovanni, al ver el estado de ánimo del niño, le dijo con firmeza: —Alessandro, compórtate y ven a sentarte a la mesa. Es hora de cenar. Pero el pequeño, en lugar de obedecer, comenzó a gritar: —¡¡¡NO QUIERO!!! —gritó el niño haciendo un puchero y cruzándose de brazos—. ¡Ella es mala, hirió a tía Valentina! ¡No quiero que esté aquí! Kathia se sorprendió ante la acusación del niño,
✧✧✧ La noche de ese día, pero en los Estados Unidos. ✧✧✧ La noche caía sobre Los Ángeles, mientras Layla Smith conducía su automóvil a toda velocidad. Su hija Abigail Smith, de apenas ocho años, iba a su lado, aferrada al asiento con fuerza, su mirada llena de temor ante la ira que emanaba de su madre. —¡¡Mami, vas muy rápido!! —gritó Abigail, su voz quebradiza por el miedo. Pero Layla parecía sorda a los ruegos de la niña. La mujer rubia tenía la mirada fija en el camino, sus manos apretando con fuerza el volante, la mandíbula tensa por la furia que la consumía. —¡El dinero que ese maldito de William nos dio ya se acabó! —gritó, golpeando el volante con frustración—. ¡No es suficiente! ¡Debería estar pagando lo suficiente para que tú y yo vivamos como Reinas, no como miserables! Abigail se encogió en su asiento, las lágrimas corriendo sin control por sus mejillas sonrojadas. —¡MAMIIII! ¡NOOO!, por favor, no vayas a ver a papá. Él me da mucho miedo… —suplicó
Kathia permanecía sentada en el sofá con un plato de comida en las manos. Sin embargo ya no estaba probando bocado alguno, solo jugaba con el tenedor. Frente a ella, Giovanni estaba sirviéndose un trago de whisky. Kathia respiró hondo, tratando de reunir el valor para hablar. Finalmente, tras un largo silencio… —Fue una mala idea quedarnos aquí. Giovanni levantó la mirada al escucharla, con la copa en la mano. No dijo nada de inmediato, simplemente giró su cuerpo ligeramente hacia ella, observándola con esos ojos grises tan intensos que parecían desnudarla. —Lo que pasó en la cena. No fue tu culpa —dijo ese hombre con firmeza, llevando la copa a sus labios y tomando un sorbo de su fuerte bebida. Kathia dejó escapar un suspiro, apartando el plato a un lado. Se frotó las manos sobre el regazo, un gesto nervioso que no pasó desapercibido para Giovanni. —No debí pedirte que nos quedáramos en la finca —dijo la mujer, sin mirarlo directamente—. Lo único que logré fue que A