✧✧✧ Minutos después. A la hora de la cena. ✧✧✧ —¿Qué hacías ahí escondido, Alessandro? —preguntó Giovanni con mirada severa sobre el niño, una vez lo vio saliendo del anexo—. Ve al comedor de inmediato. Ese hombre, notó que su sobrino tenía los ojitos rojizos e hinchados, era claro que había estado llorando. Pero para Giovanni, se trataba simplemente de una rabieta infantil a la que no le daría mayor importancia. Alessandro entró al comedor con el ceño fruncido y los ojos llorosos. Kathia ya estaba sentada a la mesa, sirviéndose un poco de la deliciosa cena que Giovanni había preparado. Giovanni, al ver el estado de ánimo del niño, le dijo con firmeza: —Alessandro, compórtate y ven a sentarte a la mesa. Es hora de cenar. Pero el pequeño, en lugar de obedecer, comenzó a gritar: —¡¡¡NO QUIERO!!! —gritó el niño haciendo un puchero y cruzándose de brazos—. ¡Ella es mala, hirió a tía Valentina! ¡No quiero que esté aquí! Kathia se sorprendió ante la acusación del niño,
✧✧✧ La noche de ese día, pero en los Estados Unidos. ✧✧✧ La noche caía sobre Los Ángeles, mientras Layla Smith conducía su automóvil a toda velocidad. Su hija Abigail Smith, de apenas ocho años, iba a su lado, aferrada al asiento con fuerza, su mirada llena de temor ante la ira que emanaba de su madre. —¡¡Mami, vas muy rápido!! —gritó Abigail, su voz quebradiza por el miedo. Pero Layla parecía sorda a los ruegos de la niña. La mujer rubia tenía la mirada fija en el camino, sus manos apretando con fuerza el volante, la mandíbula tensa por la furia que la consumía. —¡El dinero que ese maldito de William nos dio ya se acabó! —gritó, golpeando el volante con frustración—. ¡No es suficiente! ¡Debería estar pagando lo suficiente para que tú y yo vivamos como Reinas, no como miserables! Abigail se encogió en su asiento, las lágrimas corriendo sin control por sus mejillas sonrojadas. —¡MAMIIII! ¡NOOO!, por favor, no vayas a ver a papá. Él me da mucho miedo… —suplicó
Kathia permanecía sentada en el sofá con un plato de comida en las manos. Sin embargo ya no estaba probando bocado alguno, solo jugaba con el tenedor. Frente a ella, Giovanni estaba sirviéndose un trago de whisky. Kathia respiró hondo, tratando de reunir el valor para hablar. Finalmente, tras un largo silencio… —Fue una mala idea quedarnos aquí. Giovanni levantó la mirada al escucharla, con la copa en la mano. No dijo nada de inmediato, simplemente giró su cuerpo ligeramente hacia ella, observándola con esos ojos grises tan intensos que parecían desnudarla. —Lo que pasó en la cena. No fue tu culpa —dijo ese hombre con firmeza, llevando la copa a sus labios y tomando un sorbo de su fuerte bebida. Kathia dejó escapar un suspiro, apartando el plato a un lado. Se frotó las manos sobre el regazo, un gesto nervioso que no pasó desapercibido para Giovanni. —No debí pedirte que nos quedáramos en la finca —dijo la mujer, sin mirarlo directamente—. Lo único que logré fue que A
Minutos después. Ese CEO llegó a la puerta de la oficina del médico, tocó ligeramente y entró después de un breve "adelante". El doctor, un hombre de mediana edad con cabello castaño y gafas, levantó la vista de los papeles que tenía frente a él. —Señor Johnson, gracias por venir. Por favor, tome asiento. William se sentó sin decir una palabra, su postura relajada pero llena de su arrogancia habitual. Sus ojos azules, se fijaron en el médico con una intensidad que habría hecho que cualquier persona menos acostumbrada se sintiera incómoda. El doctor aclaró su garganta antes de hablar. —Quería informarle sobre el estado de la niña, Abigail Smith —dijo el doctor, tragando en seco—. Como sabe, sufrió una fractura en la pierna derecha, además de algunos golpes y contusiones menores. Sin embargo, debo decir que fue increíblemente afortunada. No hay lesiones internas graves ni daños mayores. William mantuvo su expresión neutral, aunque sus pensamientos eran cualquier co
Giovanni lo observó por un momento más, asegurándose de que sus palabras se hubieran entendido claramente, antes de girarse hacia las puertas dobles que conducían a la sala de estar. Él podía escuchar la risa de Alessandro mezclándose con la voz melosa de Valentina en el interior. ¡CLANK! La puerta se abrió de golpe, y Giovanni entró al salón con un porte imponente, sus ojos grises brillando con frialdad. Su sola presencia hizo que la atmósfera de la habitación cambiara. Se detuvo en el umbral, cruzándose de brazos, su postura rígida y su mandíbula tensada dejando claro su disgusto. —Alessandro —dijo él, con voz firme, cortando de golpe la conversación entre el niño y Valentina—. Ve a tu habitación. Tengo cosas que hablar con tu tía. La carita del niño de inmediato mostró una mueca de descontento. Frunció el ceño y cruzó los brazos, como si imitara sin querer la postura de su tío. —¡NO QUIERO! —protestó, inflando las mejillas. Finalmente volviéndole a dirigir la palabra a s
Valentina observaba el paisaje através de la ventanilla del automóvil. La tarde estaba en su apogeo, y el dorado del sol bañaba las calles de Nápoles. Pero, a pesar del bullicio de la ciudad, sus ojos estaban fijos en el reflejo del cristal, donde apenas distinguía su propio rostro. Su mente, estaba atrapada en otro lugar, en otro tiempo… En esa primavera que lo cambió todo. …………………. ✧✧✧ Hace nueve años atrás. ✧✧✧ Lorenzo Andreotti. Él siempre había sido el ejemplo de la perfección, sereno y maduro. Tenía esa habilidad única de mantener el control, sin importar lo que ocurriera a su alrededor. En cada reunión, cada evento, e incluso en los momentos más simples, era imposible ignorarlo. Y esa fresca mañana en particular… Valentina de solo 19 años. Se atrevió a decirle sus sentimientos, luego de varios años relacionándose con los Andreotti, gracias a los negocios entre las cabezas de sus familias. —Lorenzo, necesito hablar contigo. Valentina estaba de pie frente a él, en
✧✧✧ Dos días más tarde. Esa mañana en Nápoles, Italia. ✧✧✧ El taxi se detuvo frente a la imponente mansión bajo el sol del verano. Marina Davis, bajó del vehículo, ajustándose la blusa color crema, que llevaba sobre ese pantalón de mezclilla. Pagó al taxista y se quedó un momento frente a la puerta principal. El mayordomo la recibió casi de inmediato. —Bienvenida, señorita Davis. Pase, por favor, la señorita Cárter la espera —dijo el mayordomo, con voz calmada, haciendo un gesto para que entrara. Marina cruzó el umbral. El aire dentro de la mansión era fresco, un alivio frente al calor exterior. Sus tacones resonaban en el mármol pulido mientras seguía al señor mayor. Finalmente, llegaron a un salón de estar. Ahí, sentada en un sofá de cuero blanco, estaba Kathia. Su amiga sostenía una taza de té helado entre las manos, pero su mirada estaba perdida en la nada. —¡Kathia! —exclamó Marina con una sonrisa, acercándose rápidamente. Kathia levantó la vista, y aunque intentó s
—Alessandro, salir al aire libre te hará bien. Los jardines de la mansión de tu tío, son bellos, ¿pero no es lindo cambiar de escenario de vez en cuando?, además, no siempre podemos hacer cosas emocionantes. A veces, lo simple es lo mejor —respondió Kathia con voz calmada. —¡Lo simple es aburrido! —contestó el niño, levantando una ceja como si estuviera juzgando la lógica de su pronta tía política y madrastra—. No entiendo por qué no fuimos al parque de diversiones… Mi tía Valentina me llevaba… Eso hubiera sido mejor. "¿Así que prefiere las emociones fuertes?" Pensó Kathia intentando aprender más del pequeño. —Vamos, Alessandro, no seas tan complicado —intervino Marina, sonriendo con energía mientras levantaba los patines para mostrárselos—. Mira lo que traje. ¡Patines! Te prometo que será divertido. El niño miró los patines con curiosidad. Frunció el ceño, como si estuviera evaluando si la actividad merecía su tiempo. Finalmente, suspiró con un gesto exagerado y extendió