Minutos después. Ese CEO llegó a la puerta de la oficina del médico, tocó ligeramente y entró después de un breve "adelante". El doctor, un hombre de mediana edad con cabello castaño y gafas, levantó la vista de los papeles que tenía frente a él. —Señor Johnson, gracias por venir. Por favor, tome asiento. William se sentó sin decir una palabra, su postura relajada pero llena de su arrogancia habitual. Sus ojos azules, se fijaron en el médico con una intensidad que habría hecho que cualquier persona menos acostumbrada se sintiera incómoda. El doctor aclaró su garganta antes de hablar. —Quería informarle sobre el estado de la niña, Abigail Smith —dijo el doctor, tragando en seco—. Como sabe, sufrió una fractura en la pierna derecha, además de algunos golpes y contusiones menores. Sin embargo, debo decir que fue increíblemente afortunada. No hay lesiones internas graves ni daños mayores. William mantuvo su expresión neutral, aunque sus pensamientos eran cualquier co
Giovanni lo observó por un momento más, asegurándose de que sus palabras se hubieran entendido claramente, antes de girarse hacia las puertas dobles que conducían a la sala de estar. Él podía escuchar la risa de Alessandro mezclándose con la voz melosa de Valentina en el interior. ¡CLANK! La puerta se abrió de golpe, y Giovanni entró al salón con un porte imponente, sus ojos grises brillando con frialdad. Su sola presencia hizo que la atmósfera de la habitación cambiara. Se detuvo en el umbral, cruzándose de brazos, su postura rígida y su mandíbula tensada dejando claro su disgusto. —Alessandro —dijo él, con voz firme, cortando de golpe la conversación entre el niño y Valentina—. Ve a tu habitación. Tengo cosas que hablar con tu tía. La carita del niño de inmediato mostró una mueca de descontento. Frunció el ceño y cruzó los brazos, como si imitara sin querer la postura de su tío. —¡NO QUIERO! —protestó, inflando las mejillas. Finalmente volviéndole a dirigir la palabra a s
Valentina observaba el paisaje através de la ventanilla del automóvil. La tarde estaba en su apogeo, y el dorado del sol bañaba las calles de Nápoles. Pero, a pesar del bullicio de la ciudad, sus ojos estaban fijos en el reflejo del cristal, donde apenas distinguía su propio rostro. Su mente, estaba atrapada en otro lugar, en otro tiempo… En esa primavera que lo cambió todo. …………………. ✧✧✧ Hace nueve años atrás. ✧✧✧ Lorenzo Andreotti. Él siempre había sido el ejemplo de la perfección, sereno y maduro. Tenía esa habilidad única de mantener el control, sin importar lo que ocurriera a su alrededor. En cada reunión, cada evento, e incluso en los momentos más simples, era imposible ignorarlo. Y esa fresca mañana en particular… Valentina de solo 19 años. Se atrevió a decirle sus sentimientos, luego de varios años relacionándose con los Andreotti, gracias a los negocios entre las cabezas de sus familias. —Lorenzo, necesito hablar contigo. Valentina estaba de pie frente a él, en
✧✧✧ Dos días más tarde. Esa mañana en Nápoles, Italia. ✧✧✧ El taxi se detuvo frente a la imponente mansión bajo el sol del verano. Marina Davis, bajó del vehículo, ajustándose la blusa color crema, que llevaba sobre ese pantalón de mezclilla. Pagó al taxista y se quedó un momento frente a la puerta principal. El mayordomo la recibió casi de inmediato. —Bienvenida, señorita Davis. Pase, por favor, la señorita Cárter la espera —dijo el mayordomo, con voz calmada, haciendo un gesto para que entrara. Marina cruzó el umbral. El aire dentro de la mansión era fresco, un alivio frente al calor exterior. Sus tacones resonaban en el mármol pulido mientras seguía al señor mayor. Finalmente, llegaron a un salón de estar. Ahí, sentada en un sofá de cuero blanco, estaba Kathia. Su amiga sostenía una taza de té helado entre las manos, pero su mirada estaba perdida en la nada. —¡Kathia! —exclamó Marina con una sonrisa, acercándose rápidamente. Kathia levantó la vista, y aunque intentó s
—Alessandro, salir al aire libre te hará bien. Los jardines de la mansión de tu tío, son bellos, ¿pero no es lindo cambiar de escenario de vez en cuando?, además, no siempre podemos hacer cosas emocionantes. A veces, lo simple es lo mejor —respondió Kathia con voz calmada. —¡Lo simple es aburrido! —contestó el niño, levantando una ceja como si estuviera juzgando la lógica de su pronta tía política y madrastra—. No entiendo por qué no fuimos al parque de diversiones… Mi tía Valentina me llevaba… Eso hubiera sido mejor. "¿Así que prefiere las emociones fuertes?" Pensó Kathia intentando aprender más del pequeño. —Vamos, Alessandro, no seas tan complicado —intervino Marina, sonriendo con energía mientras levantaba los patines para mostrárselos—. Mira lo que traje. ¡Patines! Te prometo que será divertido. El niño miró los patines con curiosidad. Frunció el ceño, como si estuviera evaluando si la actividad merecía su tiempo. Finalmente, suspiró con un gesto exagerado y extendió
✧✧✧ Esa mañana, en Los Ángeles. ✧✧✧ El amanecer apenas daba inicio en Los Ángeles cuando el teléfono del CEO William Johnson, vibró sobre la mesa de cristal. Eran las 6:00 am, y el penthouse estaba sumido en el silencio. William, sentado en un sillón de cuero negro, tomó el teléfono con calma. Su rostro frío y sombrío no mostraba emoción alguna, mientras deslizaba el dedo para contestar al ver el contacto que le llamó. —Habla Hitch —dijo una voz masculina y grave al otro lado de la línea. Era el detective que ese CEO tenía en Nápoles, un hombre muy eficiente, pero que sabía que cualquier error podía costarle caro. —¿Qué tienes? —preguntó William, su tono bajo y cortante. —La encontré. Marina está aquí, en Nápoles. Tal como sospechaba usted, señor Johnson —le dijo ese detective al CEO. William se levantó del sillón y caminó hacia las enormes ventanas que daban a la ciudad. Las luces de Los Ángeles aún brillaban, pero su mirada estaba perdida en el reflejo de su propio rost
La expresión de la profesora Kathia, parecía decir: "Estoy haciendo lo mejor que puedo". Giovanni mantuvo la mirada un segundo más antes de regresar su atención al niño. —¿Y qué más hiciste? —preguntó Giovanni, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando los dedos frente a él. —Jugamos un rato más. Marina me ayudó a subir al columpio, pero yo lo hice solo después porque soy muy fuerte —Alessandro levantó los brazos, flexionando los pequeños músculos de manera exagerada, esperando impresionar a su tío—. ¿Lo vez tío?, soy fuerte. En la finca escalo árboles~ Kathia dejó escapar una pequeña risa antes de cubrirse la boca con la mano. Giovanni, por su parte, observó al niño sin cambiar de expresión, aunque sus ojos brillaron apenas un instante, como si algo en la exageración del niño le resultara vagamente entretenido. —Así que te divertiste —dijo Giovanni finalmente, asintiendo con la cabeza. —Sí —respondió Alessandro con firmeza—. Pero la señorita Kathia no se colum
El señor Allan levantó la vista, desconcertado. —¿Qué quieres decir con eso? —preguntó, aunque en el fondo temía la respuesta. William se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa. —Significa, querido doctor, que pronto dejarás de ser mi suegro. No lograste convencer a tu hija, ¿verdad?, bueno, el puto divorcio ya saldrá —dijo William con el ceño fruncido—. Kathia no volvió a mí. El doctor cerró los ojos por un breve momento, luchando por mantener la calma. Sabía que William estaba buscando provocarlo, y no quería darle el gusto. —Lo intenté —respondió Allan Cárter, con voz tensa—. Pero Kathia… salió igual de terca, rebelde y zorra que su madre. William soltó una carcajada que resonó en el restaurante, atrayendo algunas miradas curiosas. —¡JA!~ En eso tienes razón, Allan. Es tan perra que se fue con ese maldito Giovanni Andreotti. Pero no te preocupes, no será así siempre. —¿Qué estás planeando ahora? —preguntó el doctor Cárter, sintiendo un escalofrío re