El sonido de la voz de la señora pareció calmar, aunque fuera por un instante, el forcejeo entre Kisa y Katherine. Fue en ese momento cuando Katherine, con una expresión irritada, finalmente soltó a Coral. Respiraba con fuerza, conteniendo su enojo, pero no quiso perder la compostura frente a su madre.—Mamá, no pasa nada —replicó Katherine con una voz aparentemente tranquila, aunque sus ojos aún ardían de rabia—. Por favor, no te metas en esto.Sin embargo, Kisa no tenía intención de quedarse callada. Su paciencia se había agotado por completo.—¿Por qué no le cuentas a tu madre todo lo que has estado haciendo? —soltó Kisa con dureza, mirándola con absoluto desprecio—. ¿O es que ella ya lo sabe? ¿Acaso es tu cómplice?El comentario de Kisa hizo que la madre de Katherine frunciera el ceño con desconcierto.—¿Cómplice? ¿Cómplice de qué? ¿De qué estás hablando? —preguntó la mujer con seriedad, mirando primero a su hija y luego a Kisa.Marshall, quien hasta ahora había permanecido en un
—¿Un... cementerio? —resaltó Kisa, sin poder dar crédito a lo que acababa de oír.La quietud dentro del auto fue ensordecedora. Kisa mantenía la mirada clavada en el horizonte, en algún punto que no lograba identificar ni comprender, como si sus ojos buscaran algo que su mente no podía encontrar. El tiempo pareció haberse detenido, pero su corazón latía con una fuerza incontrolable, como si quisiera escapar de su pecho. En su interior, una tormenta de emociones la arrastraba sin piedad: la ansiedad la invadía como una sombra oscura, el temor le recorría las venas como hielo, y la desesperación amenazaba con romper su autocontrol. Cada segundo se sentía más pesado que el anterior, mientras una sensación de vacío se instalaba en su pecho, haciendo aún más difícil el simple acto de respirar. No podía escapar de sus pensamientos, ni de las preguntas que se agolpaban en su mente sin respuesta.—Entonces, ¿tú crees que Royal podría estar…? —insinuó con angustia, incapaz de completar la fras
La noche descansaba sobre el cementerio, oscura y espesa como una manta de sombras que envolvía las lápidas. Kisa descendió del coche con una perturbación que le impedía siquiera respirar con normalidad. Su corazón latía con violencia dentro de su caja torácica, impulsado por la incertidumbre y el terror de lo que estaba por descubrir. Marshall bajó tras ella, siguiéndola de cerca, aunque su rostro mostraba preocupación. Sabía que Kisa estaba al borde de perder el control.Las luces parpadeantes de los faroles dispersos en el camino apenas ofrecían algo de visibilidad entre las tumbas. Todo parecía más silencioso de lo normal, como si la misma muerte guardara el aliento. Kisa avanzó sin titubear hasta la pequeña cabaña del sepulturero, un hombre de edad avanzada, de rostro curtido por los años y los secretos que custodiaba bajo la tierra. Estaba sentado en el umbral de su puerta, fumando un cigarrillo que se consumía lentamente entre sus dedos arrugados.Cuando Kisa lo divisó, se apro
Cuando la tapa de madera se abrió con un crujido macabro, Kisa sintió que el tiempo se detuvo. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al posarse en el cuerpo que yacía dentro y, por un instante, su mente se negó a procesar lo que vió.Royal estaba allí, atrapado en una parodia aterradora de la muerte. Su piel tenía un matiz cerúleo, una pálida frialdad que contrastaba con la oscuridad de la madera del ataúd. Su cuerpo permanecía rígido, como si el frío de la tumba lo hubiese convertido en mármol. Pero lo peor, lo que hizo que Kisa sintiera un puñal de angustia atravesarle el pecho, eran sus ojos abiertos.No había descanso en su expresión. No había paz en su semblante. Su mirada estaba congelada en un vacío absoluto, un horror mudo grabado en cada rasgo de su rostro. Sus labios entreabiertos parecían querer soltar un grito que nunca llegó a escapar.Pero sus manos…Kisa sintió un vértigo abrumador al notar las huellas de su desesperación. Sus uñas estaban rotas, ensangrentadas, dejando
Las horas que siguieron fueron una agonía interminable para Kisa y Marshall. El pasillo blanco y silencioso del hospital se convirtió en un escenario de tensión agobiante. Kisa no podía dejar de temblar, caminaba de un lado a otro sin descanso, con los brazos cruzados sobre su pecho como si tratara de contener su propia angustia.Marshall, por su parte, se mantenía en pie, apoyado contra la pared con los brazos cruzados. Su rostro estaba serio, pero sus ojos reflejaban la angustia que trataba de ocultar. Aunque intentaba mantenerse firme y fuerte por el bien de Kisa y de sí mismo, en el fondo también estaba aterrorizado. La imagen de Royal dentro del ataúd, con los ojos abiertos y las manos ensangrentadas, seguía atormentándolo.El tiempo parecía transcurrir con una lentitud exasperante. Cada vez que una enfermera pasaba por el pasillo, Kisa se apresuraba a preguntar por Royal, pero la respuesta era siempre la misma: "Aún no hay novedades".Cuando finalmente la puerta de la habitación
El sonido de la puerta metálica al cerrarse hizo eco en la sala de visitas de la prisión. Kisa avanzó con pasos decididos, sintiendo el peso de la mirada de los guardias en su espalda. Frente a ella, sentada en la mesa con un aire de falsa tranquilidad, estaba Katherine.Su exasperante serenidad, la forma en que sus dedos trazaban distraídamente la superficie de la mesa, la sonrisa ladeada que parecía más una burla que un gesto real… todo en ella le hervía la sangre.—Vaya, vaya… —musitó Katherine, con una sonrisa burlona—. No pensé que vendrías a visitarme. ¿Acaso querías ver cómo me sienta el naranja?Kisa la observó fijamente, sin dejarse afectar por su tono ligero. Luego, se sentó frente a ella, entrelazando los dedos sobre la mesa.—Asumiste la culpa de todo —articuló sin rodeos.Katherine se encogió de hombros.—¿Para qué alargar lo inevitable? Las pruebas eran contundentes, y sinceramente, tampoco me interesaba pelear por mi inocencia.Kisa frunció el ceño.—Eso es lo que me so
El ruido de los tacones de Regina resonó en el pasillo de la prisión mientras avanzaba con una determinación gélida. Su postura firme y su mirada helada no daban lugar a dudas: no estaba allí para ofrecer consuelo ni comprensión.Cuando llegó frente a Katherine, esta última no hizo ninguna expresión. No hubo una sonrisa sarcástica ni una mirada desafiante, ni siquiera una mueca de desprecio. Simplemente se quedó sentada, con la espalda apoyada en el respaldo del asiento, observándola con una indiferencia casi estudiada.Los guardias abrieron la puerta para permitir la visita. Regina avanzó con pasos controlados y, sin previo aviso, levantó la mano y descargó una bofetada tan brutal que hizo que Katherine perdiera el equilibrio y cayera al suelo.En ese momento, los guardias reaccionaron enseguida.—¡Señora, deténgase! —uno de ellos se interpuso.Otro guardia se apresuró a ayudar a Katherine, pero ella levantó la mano, deteniéndolo. Se limpió la sangre que brotaba de la comisura de sus
—¿Crees que esto ha terminado, Katherine? —cuestionó Regina—. ¿De verdad piensas que tu condena aquí significa que estás a salvo? Estás equivocada. Me estás desafiando… y te lo voy a demostrar.Katherine alzó una ceja, fingiendo desinterés.—¿Ah, sí? —soltó con un tono irónico—. ¿Qué harás, Regina? ¿Pedirle a los guardias que me castiguen? ¿Hacer que me den la comida más rancia? ¿O es que piensas venir todos los días a llorar frente a mi celda por lo que hice?Regina ignoró su provocación y continuó con la misma intensidad en su mirada.—Te haré ver de lo que soy capaz. No vivirás en paz en esta prisión. Me encargaré de que cada día que pases aquí sea un infierno. No hay escapatoria, Katherine. El infierno lo vivirás en esta tierra, en este mundo, en esta cárcel.La sonrisa de Katherine se ensanchó, como si disfrutara del odio que Regina le lanzaba como dagas.—Eres dramática —se burló—. ¿Acaso esto es una telenovela?Pero Regina no se inmutó. Se asomó levemente hacia ella e hizo énfa