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—¿Cuándo le contarás a Darrel? Seguro se pondrá muy feliz —dijo Alma con una sonrisa cálida, intentando transmitirle confianza a su amiga.Mora se mordió el labio, incapaz de ocultar sus nervios. Sus manos temblaban ligeramente, pero su rostro mostraba una mezcla de emoción y miedo.—¡Ahora mismo! —exclamó de repente, poniéndose de pie con una determinación que Alma no esperaba.—¡Esa es mi Mora! —río Alma, levantándose para abrazarla nuevamente con fuerza—. Estoy tan feliz por ti, amiga. Estoy segura de que Darrel se pondrá a llorar de felicidad.Mora, con los ojos brillantes por las lágrimas de emoción, susurró:—Alma, quiero pedirte algo muy importante… quiero que seas la madrina de mi bebé. Nadie más tiene ese lugar en mi corazón.Alma quedó sorprendida, pero en seguida una cálida sonrisa se dibujó en su rostro.—¡Claro que sí! Y tú serás la madrina de mis hijos. Es una promesa, Mora.—Entonces, ¡date prisa! —bromeó Mora con una risa nerviosa mientras recogía sus cosas—. Necesito s
Mora llegó a la empresa con el corazón acelerado. Su mente estaba llena de pensamientos que no podía sacar de su cabeza.Sabía que debía contarle a Darrel lo que había sucedido, pero la incertidumbre y el miedo la mantenían en vilo.Entró en la oficina, y al instante notó que él estaba ocupado, conversando por teléfono. Sin embargo, al verla, su rostro se iluminó con una sonrisa que la hizo sentir, por un momento, que todo estaba bien.Darrel levantó una mano en señal de que la conversación terminaría pronto, pero su atención ya estaba completamente enfocada en ella. Colgó la llamada rápidamente, y sin pensarlo, se levantó y la abrazó con fuerza.—Hola, mi amor. Te extrañé tanto. —dijo, su voz cálida, su abrazo envolvente.Mora cerró los ojos por un instante, dejándose llevar por el consuelo de su cercanía, pero en su pecho, el temor no desaparecía. Necesitaba contarle lo que sucedía, pero las palabras parecían atascadas en su garganta. Se separó un poco, pero lo suficiente para mirarl
Alma se abrazaba a sí misma mientras las palabras de Bernardo resonaban en su mente, un eco cruel que no podía ignorar.«¡Bernardo, eres tan cruel! Nunca me has querido, entonces, ¿qué quieres de mí?», pensaba con desesperanza, sintiendo cómo las paredes de su mundo se desmoronaban.Mientras tanto, Bernardo conducía con una fría determinación.Llegó al lugar donde María Ochoa lo esperaba, una mujer de ojos hundidos y manos temblorosas. Sin mirarla directamente, le tendió un fajo de billetes.—Compra lo que necesitas, mujer, pero ten cuidado. Si alguien se entera de que estás consumiendo estas porquerías y pierdes la oportunidad de pelear por tu hija, te juro que lo pagarás muy caro. —Su voz eran como un cuchillo afilado que cortaba el aire.María asintió, nerviosa.—¡Te aseguro que estaré bien! Además, los análisis de sangre que me hiciste valieron la pena. Los falsificaste bien, Bernardo.Él sonrió con una frialdad que hizo que María desviara la mirada.—No arruines esto —advirtió ant
Antes de salir, mientras Salvador se bañaba, Alma sentó la mirada en su teléfono, sintiendo el peso de todo lo que había ocurrido.No podía soportar más la ansiedad que recorría su cuerpo, pero sabía que no podía retrasarlo.Llamó a su padre con manos temblorosas, el sonido del tono de llamada resonando en su mente como un presagio.—¿Papá? —su voz quebrada apenas salió, pero al instante, se armó de coraje—. Tengo que contarte lo que sucedió con Bernardo.Franco escuchó el relato de su hija con una creciente indignación, cada palabra de Alma era como una daga clavándose en su pecho.Su hija, la que siempre había querido proteger, había caído en las garras de un hombre despreciable.Sentía como si todo su mundo estuviera desmoronándose a su alrededor, pero necesitaba mantener la calma, por ella.—Escúchame, Alma —dijo, su voz grave, firme, pero llena de una furia controlada—. No te angusties. Conseguir la custodia de Florecita será fácil. María Ochoa no es una madre capaz de darle el am
Mora, con el rostro desbordado de furia, no pudo evitar la explosión de ira.Levantó la mano con fuerza y la descargó sobre la mejilla de Tina, un golpe que resonó en el aire como un estallido de justicia.—¡No soy una infiel como tú! ¡Deja de meterte en nuestras vidas! —gritó, sus palabras impregnadas de odio, de la rabia que llevaba acumulada desde el primer día que esa mujer había intentado destruir su felicidad.Tina cayó al suelo con un grito ahogado, su rostro enrojecido por la bofetada y su mirada cargada de desprecio. La furia de Mora aún no se apaciguaba, y Darrel, sintiendo la tensión del momento, la sujetó por los hombros, intentando calmarla.—Vamos, mi amor, no vale la pena —le susurró. Él dirigió una mirada helada hacia Tina, su voz cargada de veneno—. ¿Acaso no has hecho suficiente? ¡Lárgate de una vez! ¡Deja de meterte en nuestras vidas! Si sigues molestando, Cristina, te haré pagar por cada segundo que nos has quitado.Tina lo miró, sus ojos llenos de una tristeza pro
En el juicio. Franco se encontraba en la sala, acompañado de su abogado.Desde que las redes sociales comenzaron a inundarse con la versión de María Ochoa, las cosas habían cambiado.Las fundaciones feministas la respaldaban, clamando por una segunda oportunidad para ella como madre, y eso complicaba enormemente la situación.Franco entendía que la figura materna es crucial en la vida de un niño, pero sabía que María no era lo que Flor necesitaba.El despacho Nassin, que se había ganado una excelente reputación a lo largo de los años, comenzaba a desmoronarse bajo el peso de la opinión pública. Los comentarios en las redes sociales, llenos de empatía por María, pesaban como una losa.Aun así, Franco se mantenía firme en su creencia de que Salvador había hecho más por su hermana de lo que María nunca podría.La sala del tribunal pronto quedó en silencio, y el juicio comenzó. Alma observaba a Salvador con el corazón en un puño. Cada latido le dolía al ver el miedo en sus ojos, el dolor
Al salir de la sala de juicio, Salvador sentía que su mundo se desmoronaba.Caminaba con pasos pesados, los ojos enrojecidos por la rabia y el dolor.Franco iba detrás de él, con un semblante tenso y decidido.—¡Vamos a impugnar, Salvador! —exclamó Franco, con voz firme—. Esto no puede quedarse así, esa mujer no tiene derecho.Salvador se detuvo abruptamente y giró para enfrentar a su amigo. Su rostro, marcado por la desesperación, temblaba de indignación.—¿Y mientras tanto? —dijo con un nudo en la garganta—. ¿Qué pasará con mi hermanita? ¡Ella no merece esto, Franco!Franco intentó responder, pero la verdad era cruel: no tenían garantía de nada.—Lucharé para que Flor esté contigo, lo prometo —afirmó, aunque su voz reflejaba la incertidumbre que trataba de esconder.En ese momento, María Ochoa, se acercó con lágrimas en los ojos.—Salvador… hijo, de todas maneras, voy a dejar que veas a Flor. No quiero separarlos completamente —dijo con un tono quebrado.Salvador la miró con un odio
Al día siguienteFranco se levantó con determinación. Llevaba días recopilando pruebas contra María Ochoa, y finalmente tenía todo lo necesario.Se dirigió a la comisaría con los documentos en mano, dispuesto a presentar una demanda formal. Cada paso que daba resonaba en su mente como un eco de justicia que no podía ser ignorado.Al llegar, habló con varios conocidos en el departamento de servicios infantiles y la policía, buscando apoyo para asegurar que la pequeña Flor regresara a un entorno seguro.Mientras tanto, en casa de Salvador, Alma intentaba mantener la calma. Había preparado un desayuno especial: panqueques dulces, huevos revueltos y fruta fresca.El aroma llenaba la cocina, buscando reconfortar los corazones destrozados de Salvador y Flor.—¡Mami Alma, me encanta esta comida! —exclamó Florecita, con una sonrisa que iluminaba el ambiente.Salvador sonrió débilmente, tratando de ocultar su angustia mientras mordía un trozo de panqueque.De pronto, un golpe en la puerta rompi