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Mora y Darrel estaban emocionados mientras salían del hospital.La noticia de que esperaban gemelas les había llenado de una alegría tan profunda que no podían dejar de sonreír.Caminaban de la mano, compartiendo miradas cómplices y sueños silenciosos sobre el futuro que les esperaba.—Cuando les contemos a mis padrinos, van a estar tan felices, amor —dijo Mora, su voz temblando por la emoción mientras acariciaba su vientre—. No puedo esperar para darles la noticia.Darrel se detuvo, la giró hacia él con suavidad y acunó su rostro entre sus manos.Sus ojos, llenos de adoración, se encontraron con los de Mora.—Mora, tú me has dado las mayores alegrías de mi vida. Nunca dejaré de agradecerte... ni de pedirte perdón por haberte hecho tanto daño en el pasado.Las palabras de Darrel llegaron al corazón de Mora, reviviendo viejas heridas y sanándolas al mismo tiempo.Se abrazó a él, sintiendo su calor, su amor.—Está bien, amor. Te he perdonado. Es cierto, me rompiste el corazón... pero tam
Cuando Bernardo llegó a su departamento, nunca imaginó que encontraría a su madre allí.La escena fue como una bofetada sin tocar su piel, un golpe que lo dejó sin aliento, sin saber qué sentir.Su mirada recorrió el espacio, buscando explicaciones, pero su madre estaba ahí, en el centro de la sala, como una sombra de lo que alguna vez había sido.—¡Madre! —su voz tembló entre la sorpresa y la ira, pero lo que encontró fue una mirada fría y distante.Cecilia, agotada, se levantó del sofá con una rapidez que contrastaba con su apariencia cansada.Y sin previo aviso, su mano voló hacia su rostro, dejándolo en shock. El sonido de la bofetada resonó en sus oídos como un eco profundo que lo dejó sin palabras.—¡¿En esta basura de hombre te convertiste?! —las palabras de Cecilia lo atravesaron, y Bernardo sintió cómo la rabia crecía en su pecho, tan palpable que parecía quemar su interior.Con el rostro ardiendo por el golpe, Bernardo la miró fijamente, sus ojos enrojecidos de rabia y dolor.
Darrel se lanzó con toda la fuerza de su ira contra aquel hombre descarado que osaba acusar a su esposa de semejante infamia.—¡¿Cómo te atreves?! —rugió, con la voz rota por la furia—. ¿Quién demonios te crees que eres para hablar así de mi mujer?Los puños de Darrel impactaron con fuerza, desatando un caos palpable en el salón.El golpe resonó como un trueno, y los invitados comenzaron a retirarse apresuradamente, horrorizados por el violento espectáculo.Salvador, Dylan y Franco se lanzaron hacia él, sujetándolo con todas sus fuerzas mientras él se debatía como una bestia enjaulada, intentando liberarse.—¡Hijo, por favor, cálmate! —imploró Salvador, su voz cargada de angustia—. ¡Él está mintiendo! ¡Solo quiere destrozarte!Mora, desde la distancia, contemplaba todo con el corazón hecho pedazos.El escenario de su vida parecía venirse abajo, reducido a un campo de batalla de insultos y violencia. La traición en las palabras de aquel hombre y la burla en la sonrisa de Tina se clavaba
—Darrel, ¿qué estás haciendo? —La voz de Mora lo sacó de su trance, y al alzar la mirada, vio el tormento en sus ojos. La angustia lo invadió.—¿Darrel? —repitió, esta vez con una preocupación palpable.Él no respondía.En sus manos, el teléfono parecía apretar con tal fuerza que, por un momento, pensó que se iba a romper.Pero luego, de manera casi automática, lo acercó a ella, sus dedos temblando ligeramente.—Mora… ¿Qué significa esto? —La rabia contenía su voz, cada palabra parecía un puñal, pero al mismo tiempo, un miedo profundo asomaba en su mirada.Estaba buscando una explicación que, en su interior, temía que nunca llegaría.Mora, aún adormilada, miró la pantalla del teléfono, completamente desorientada. Cuando sus ojos se encontraron con las imágenes, una ola de confusión y pavor la atravesó.Sus ojos se agrandaron, su respiración se volvió pesada y su mente trataba de encontrar una lógica, un significado, pero todo parecía borroso. ¿Qué era esto? ¿Por qué estaban esas fotos
Una sonrisa radiante apareció en el rostro de Alma, pero pronto se desvaneció al darse cuenta de lo que acababa de decir en voz alta.Un leve rubor cubrió sus mejillas al ver la sonrisa del médico, como si el mundo se hubiera detenido por un instante en la consulta.—¡Sí, estoy embarazada! —, exclamó sin poder contener la emoción.Su corazón latía desbocado, pero de repente, una ola de vergüenza la invadió, y enseguida se quedó en silencio, apenada por la efusividad de su reacción.La felicidad era tan inmensa que no pudo evitar una risa nerviosa, pero, al mismo tiempo, se sintió vulnerable, como si la noticia, tan perfecta, la dejará expuesta a algo que no entendía por completo.Decidió que lo mejor sería marcharse, dejar que esa realidad se asentara en su mente antes de enfrentarse a cualquier otra cosa.Al girar hacia la puerta, sintió una mano que la detuvo con firmeza.Su cuerpo se tensó al instante y, al mirar, encontró a Bernardo frente a ella, con una expresión que denotaba sor
Darrel había dejado a Mora en casa de los Aragón, con una sensación pesada en el pecho. La rabia y la incertidumbre seguían quemándole por dentro.Mientras conducía hacia el lugar donde sus guardias le indicaron que podría encontrar al hombre responsable de la confusión, la furia lo consumía, cada vez más fuerte.No entendía cómo alguien podía atreverse a poner en riesgo lo que tenía con Mora, lo que habían construido a pesar de todo.Al llegar al lugar, un edificio oscuro, de aspecto inquietante, Darrel no dudó.Llamó a la puerta con fuerza, su mano cerrada sobre el volante temblando de rabia. El hombre abrió, y antes de que pudiera reaccionar, Darrel irrumpió en su casa, con los guardias siguiéndolo de cerca.Sin mediar palabra, le dio un golpe directo al rostro, un impacto que resonó en el aire. El hombre gritó, intentando apartarse, pero Darrel no le dio oportunidad.—¡Vas a decirme cómo demonios están tus fotos en el teléfono de mi mujer o te mataré! —rugió Darrel, la voz llena de
Cuando Darrel llegó a la casa, su mirada se clavó en la figura de Tina, siendo retirada de allí, arrastrada por dos hombres.El pánico había dejado su huella en su rostro, pero Darrel no tenía tiempo para eso. Corrió sin pensarlo hasta la habitación de su esposa, donde ella yacía en la cama, como si todo su mundo se hubiera desmoronado en un solo instante.—¡Mora! —su voz tembló, y sus pasos resonaron con fuerza al acercarse a su lado.Ella levantó la mirada, sus ojos rojos de tanto llorar, pero en sus pupilas había un vacío que no podía ignorar.—¿Dónde estabas? —su voz quebró mientras observaba las manos de Darrel, los apretó los puños, el enrojecimiento que denotaba una violencia contenida.—Todo está bien, cariño —contestó él, intentando calmarla, pero la ira seguía retumbando en su pecho—. Alguien merecía perder sus dientes.Mora observó su rostro, la ansiedad y el dolor de ver a su esposo en esa condición.Pero lo que realmente la consumía era lo que había sucedido antes.Tina ha
—¡¿Qué es esto, Darrel?! —gritó Mora con la voz entrecortada, sus manos temblaban mientras sostenía el teléfono frente a él—. ¡Mira lo que dicen todos, mira lo que dice la prensa!Darrel tomó el dispositivo, leyendo los titulares y comentarios que invadían las redes sociales.Los insultos y burlas eran despiadados:"Darrel Aragón, el títere de su esposa infiel.""¿Criará otro bastardo como su abuelo Máximo?""¿Será este niño un asesino como Eduardo Aragón?"El rostro de Darrel enrojeció de furia, sintiendo cómo la sangre le hervía con cada palabra. Su mandíbula se tensó, y sus puños se cerraron con tanta fuerza que los nudillos se tornaron blancos.Mora, devastada, no podía dejar de sollozar.—Darrel… yo no… —balbuceó ella, llevándose las manos al rostro—. ¡No puedo más con esto!Darrel la abrazó con fuerza, envolviéndola en sus brazos como si quisiera protegerla del cruel mundo exterior.—Mora, escúchame bien —dijo con voz firme, acariciando su cabello—. No tienes que demostrarle nada