Luego de ser traicionada por mi pareja Rey Alfa, me desaparecí
Luego de ser traicionada por mi pareja Rey Alfa, me desaparecí
Por: Jessica HJ
Capítulo 1
Al salir de la tienda de la bruja, entré en un Territorio del Norte transformado. El paisaje invernal, normalmente austero, bullía de actividad frenética.

Los miembros de la manada corrían como hormigas, colgando luces brillantes y colocando mesas para lo que prometía ser una celebración extravagante.

El aire fresco llevaba el aroma de guirnaldas de pino y especias calientes.

“¡Cuidado con esas copas de cristal! ¡Son las favoritas del Rey Alfa!”. Un supervisor beta ladraba órdenes a los lobos más jóvenes.

Observé cómo ordenaban todo meticulosamente según los exigentes estándares de Damien. Siempre quería las cosas perfectas para mí.

Una loba recién convertida, con su aroma aún marcado por la incertidumbre, tiró de la manga de su compañera.

“¿Para qué es todo esto?”, susurró ella con los ojos abiertos de par en par. “¿Acaso el Rey Alfa está tomando otra pareja?”.

Una beta que pasaba por allí se dio la vuelta, con los labios curvados por el disgusto.

“¿En serio eres tan despistada?”, espetó ella. “Nuestro Rey Alfa y la Dama Sierra llevan cinco años casados. ¡Son la pareja más devota de todos los territorios!”.

Otra beta se sumió a la conversación con una voz dulce: “Dentro de quince días es su celebración de aniversario. ¡El Alfa Damien lleva semanas planeándolo!”.

“Deberías ver cómo la mira”, dijo una tercera. “Como si hubiera colgado la mismísima luna”.

Pasé por delante de su conversación emocionada mientras un suspiro cansado se escapó de mis labios. Si solo supieran.

El Territorio del Norte prácticamente adoraba nuestro vínculo ‘perfecto’. Todos conocían la historia de qué tan intenso Damien quería a su pareja.

Dos años atrás, cuando los lobos rivales me atacaron con plata, él había asaltado el territorio de los vampiros por su cuenta.

El recuerdo aún estaba vívido: él irrumpiendo en nuestra habitación, con la ropa rota y ensangrentada, empuñando la rara magia de sangre que me salvó la vida.

“Daría todo mi poder por mantenerte a salvo”, había jurado él, dándome una gota tras otra.

Pero eso ni siquiera fue el principio de su devoción.

Antes de que mi loba emergiera, yo era solo una débil Omega, prácticamente humana. Otras manadas se burlaban de mi presencia.

“¿Un Rey Alfa con una Omega sin madre? ¡Qué vergüenza!”, susurraron ellas.

Alfas menores lo habían presionado a diario para que me rechazara. “Escoge una pareja apropiada”, urgían ellos. “Alguien digna de tu estatus”.

La respuesta de Damien había sido legendaria. Había echado a la delegación en cuerpo, rugiendo: “Esperaré a que la loba de Sierra surga. ¡Ya sea humana o loba, mi corazón le pertenece solo a ella!”.

Durante tres largos años, se había mantenido fiel a esas palabras. Cuando otras hembras se exhibían, él no les dedicaba ni una mirada.

Entonces, finalmente, surgió mi loba milagrosamente. Aunque estaba débil, apenas capaz de mantener la consciencia, reconoció al instante a Damien como nuestra pareja.

Él estaba muy contento, ordenando la ceremonia de apareamiento más grandiosa jamás vista. “Que todo el mundo sea testigo de nuestra unión”, había declarado él con orgullo.

El recuerdo de ese día todavía dolía. Lo radiante que estaba, lo auténtica que parecía su alegría cuando me marcó como suya.

Desde entonces, habíamos sido la envidia del mundo sobrenatural. Lobos solitarios, alfas vecinos... todos se maravillaban de nuestro vínculo supuestamente irrompible.

Cada noche, me abrazaba, susurrando promesas contra mi piel.

“Eres mi única pareja, Sierra. Para esta vida y para todas las demás”.

Su voz temblaba de emoción, sus brazos se estrechaban a mi alrededor como si temiera que yo desapareciera.

Aunque mi loba siempre estaba dormida y no podía sentir el estado de mi pareja, nunca había cuestionado su devoción.

Pero el amor, como he aprendido, puede ser terriblemente voluble.

La verdad surgió hace un mes. Un comentario casual de un miembro de la manada sobre ver el coche de Damien cerca del límite del territorio. Un olor femenino desconocido se aferraba a su ropa.

Lo seguí hasta una cabaña aislada, mi corazón ya sabía lo que encontraría.

Cada vez que decía que estaba atendiendo ‘asuntos urgentes de la manada’, estaba allí con ella. Pasaban horas mientras yo esperaba sola.

Semana tras semana, sus ausencias se hacían más largas. Las mentiras eran más frecuentes.

Me aparté de las betas parlanchinas, sus alabanzas a nuestro ‘amor perfecto’ eran como cuchillos en mi pecho. Mis pies me llevaron de vuelta a nuestros aposentos en la casa de la manada.

Con manos temblorosas, saqué los papeles de la separación. Cada firma era como si me arrancaran un pedazo de corazón.

Los papeles no tenían ningún poder real: el vínculo de pareja de un Alfa no podía romperse con simples documentos. Pero necesitaba este cierre, este final formal de nuestra mentira.

Acababa de terminar de firmar cuando sus pasos familiares se acercaron. Entonces sus brazos me rodearon, su pecho cálido contra mi espalda.

“¿En qué estás trabajando, cariño?”. Su voz tenía la misma nota tierna de siempre.

Mi mano tembló mientras cubría los papeles. Incluso ahora, su contacto me hacía sentir chispas.

Él se dio cuenta de mi tensión y me acarició el cuello de esa forma relajante que solía hacer que todo fuera mejor.

“Siento llegar tarde, cariño. Tuve que lidiar con unos lobos pícaros en la frontera sur”.

Otra mentira casual. Yo misma había patrullado esa frontera hace una hora. Todo había estado tranquilo.

Él sacó una pinza plateada y me acarició el pelo con las yemas de los dedos. Su voz destilaba dulzura.

“No te enojes. ¿Me dejas que te arregle el pelo?”.

Me quedé rígida mientras él se inclinaba hacia mí. Fue entonces cuando me di cuenta: perfume de flores Luz de luna, inconfundible y extraño.

Me giré un poco y lo vi. Un reciente mordisco de amor justo debajo de su cuello, mal disimulado.

La flor Luz de luna no crecía en nuestro territorio helado. Debió de comprarle flores en la ciudad, mientras yo esperaba sentada en casa.

Mis ojos se fijaron en aquella marca, preguntándome cuántas otras acecharían bajo su ropa. El dulce aroma de ella se aferraba a él. Apenas se había molestado en ducharse después de dejar su cama.

El dolor floreció detrás de mis ojos, amenazando con abrumarme.

Lo peor no era la traición física. Era dudar de cada momento perfecto que habíamos compartido. ¿Había sido real? ¿O me había engañado a mí misma todo este tiempo?

Damien siguió arreglándome el pelo, completamente ajeno a mi agitación interior. Su tacto seguía siendo cariñoso, sus ojos suaves con aparente afecto.

“Tu piel brilla como la luz de la luna, mi amor. Es tan hermosa”, murmuró él con una voz cargada de auténtica devoción.

Forcé mis labios en una sonrisa y le tapé los ojos con una mano mientras doblaba los papeles de separación con la otra.

“Tengo un regalo para ti”, logré decir. “Pero prométeme que no lo mirarás en quince días”.

Me sostuvo la mano y me dio un beso en la palma. Su sonrisa era natural y despreocupada.

“Lo que sea por ti, mi corazón”.

Lo miré fijamente a sus ojos sonrientes, memorizando su rostro por última vez: En quince días, Sierra McKnight desaparecería para siempre.
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