El grupo avanzaba con pasos cautelosos por el sendero que el Orbe iluminaba con su resplandor fluctuante. La luz dorada proyectaba sombras en las paredes erosionadas de las ruinas, que parecían cobrar vida con cada paso, como si estuvieran observando a los intrusos en su dominio. El aire era denso, cargado con una energía que hacía que cada respiración pareciera un esfuerzo monumental. Afrodita caminaba al lado de Ethan, manteniendo una mirada vigilante tanto en el camino como en el brillo del Orbe, que latía con una frecuencia que parecía sincronizarse con los latidos de su propio corazón.Ethan, con los ojos fijos hacia adelante, avanzaba como si fuera atraído por una fuerza invisible. Aunque su postura era firme, había algo en su expresión que traicionaba el peso de la responsabilidad que llevaba consigo. Cada pulso del Orbe parecía susurrarle fragmentos de una verdad que aún no lograba descifrar, como si le hablara en un idioma perdido en el tiempo.—¿Qué ves? —preguntó Afrodita,
El portal de energía chispeaba detrás de ellos, un recordatorio constante de lo desconocido que acababan de cruzar. La bruma mística que impregnaba el ambiente parecía amplificar cada emoción, intensificando el peso de las dudas que aún se cernían sobre el grupo.Ethan caminaba al frente, con Afrodita a su lado. A pesar de su porte decidido, su mente estaba dividida entre las revelaciones del Orbe y el creciente abismo que sentía entre él y los mestizos.—¿Cuánto más podemos seguir así? —murmuró Kieran, lo suficientemente alto para que Lyra y Dorian lo escucharan, pero lo bastante bajo como para que Afrodita y Ethan no se dieran cuenta.Lyra, normalmente la voz conciliadora, esta vez no intentó calmarlo.—No es solo una cuestión de cuánto más podemos, —dijo, con el ceño fruncido—. Es una cuestión de si debemos.Dorian, siempre directo, finalmente se detuvo y habló con voz firme:—¿Por qué no simplemente le preguntamos a Ethan? No más susurros, no más conjeturas.Ethan, al escuchar su
El aire alrededor de Ethan vibraba con una densidad que parecía aplastar todo a su alrededor. Los destellos del Orbe lanzaban reflejos dorados sobre las ruinas, iluminando fugazmente los rostros tensos de los mestizos que observaban a la distancia. Pero el centro de ese caos era Ethan: su cuerpo parecía una fusión de fuerza y fragilidad, brillando con una intensidad que desafiaba la comprensión humana.Afrodita se colocó frente a él, bloqueando la visión del mundo exterior. Su mirada se encontró con la de Ethan, y en ese instante, todo lo demás pareció detenerse. Su preocupación era evidente, pero también lo era su inquebrantable voluntad.—Ethan, escúchame, —dijo, su tono firme pero teñido de un calor que traspasaba las palabras—. No tienes que enfrentarte a esto solo. Déjanos ayudarte. Déjame ayudarte.El Orbe pulsó en respuesta, lanzando un destello dorado que envolvió a ambos. Afrodita apenas pestañeó, su mirada fija en Ethan. Sus manos, suaves pero firmes, se posaron sobre sus ho
Una calma inquietante reinaba en el Olimpo renacido, una ciudad suspendida entre lo divino y lo moderno. Torres de cristal y mármol reflejaban la luz de un sol eterno, mientras los templos flotaban sobre nubes cargadas de poder ancestral. Entre las cúpulas y los senderos cubiertos de flores inmortales, una tensión invisible impregnaba el aire, como si incluso la perfección del Olimpo pudiera desmoronarse ante lo inevitable. Zeus, imponente, observaba el horizonte desde su trono en el Salón Eterno, con la mirada fija en una tormenta oscura que se agitaba en la distancia.No era una tormenta común. No traía vientos ni lluvia, sino un vacío que devoraba todo a su paso. Zeus podía sentir su presencia en el fondo de su ser, como un eco que vibraba en cada fibra de su existencia. Había algo diferente, algo más profundo y ominoso que cualquier amenaza que hubiera enfrentado antes.El silencio absoluto del Salón Eterno se rompió con los pasos de Hera, cuyo porte majestuoso irradiaba autoridad
La tormenta en el horizonte del Olimpo renacido parecía más que una simple manifestación del clima. Era como si el cielo mismo se revelara contra el mundo, iluminando con furia el Salón Eterno con destellos que parecían buscar algo oculto entre las sombras. Cada trueno retumbaba con un eco tan profundo que sacudía los cimientos del Olimpo, un recordatorio de que incluso los dioses podían enfrentarse a fuerzas que los desafiaban.Zeus permanecía de pie junto al gran trono, el rayo en su mano destellaba débilmente con un brillo azul-blanco, como una chispa contenida de su poder. A su alrededor, los demás dioses esperaban, inmóviles pero tensos, como si el aire pesado les impidiera moverse con naturalidad.—Cada segundo que esa sombra crece, el universo se tambalea al borde del abismo. Apolo, Atenea —la mirada de Zeus se posó en ellos como un peso tangible—, vuestro deber es buscar el Orbe en la Tierra. Templos ocultos, registros olvidados... algo debe darnos la clave para hallar su para
El viento azotaba las alturas de Machu Picchu, arrastrando un murmullo que parecía provenir de las montañas mismas, un eco de secretos enterrados por siglos. Ethan se detuvo en la entrada de la caverna, con el peso del mural aún grabado en su mente. No era solo una reliquia histórica; cada símbolo y figura parecía cargado de un propósito, como si esperaran ser desentrañados.La linterna en su mano iluminaba tenuemente las paredes, pero el aire estaba más frío que antes, cargado de una electricidad que erizaba su piel. Dio un paso al interior, con la sensación de que cada movimiento lo acercaba a algo mucho más grande de lo que podía comprender.El mural estaba allí, imponente, con la figura femenina en el centro. Su rostro parecía más vivo ahora, sus ojos tallados con una precisión tan inquietante que Ethan evitó mirarlos demasiado tiempo. Los detalles de su vestido fluían como si el escultor hubiera capturado un movimiento congelado en la piedra, y el Orbe en sus manos seguía emitien
La brisa de la mañana acariciaba las terrazas de Machu Picchu, trayendo consigo un susurro ancestral que parecía vibrar en el alma de quienes lo escuchaban. Ethan, sentado al borde de la entrada de la caverna, sentía que el mundo a su alrededor se movía con una intensidad casi irreal. El cielo teñido de tonos dorados y anaranjados anunciaba el amanecer, pero su mirada permanecía fija en el cuaderno que sostenía entre sus manos, como si las respuestas que buscaba pudieran revelarse mágicamente en sus notas.El roce del lápiz contra el papel se detuvo de pronto. Ethan alzó la vista y observó la entrada de la caverna, ahora envuelta en sombras alargadas que parecían moverse con vida propia. Su pecho se comprimió. Las palabras del reflejo en el agua seguían repitiéndose en su mente: “El puente... el vínculo entre lo divino y lo mortal”.Un escalofrío recorrió su cuerpo. A pesar del calor tibio del amanecer, sintió una helada familiar que lo hacía cuestionar si todo lo ocurrido había sido
El eco del rugido en las montañas persistía en los oídos de Ethan como un recordatorio de que algo se había desatado. Cada fibra de su ser quería atribuirlo al viento, al eco, a cualquier fenómeno natural que no desafiara su cordura, pero la sensación en el aire lo contradecía. Era como si el mundo mismo contuviera el aliento.La piedra bajo sus pies parecía más fría, más viva, vibrando con una energía casi imperceptible que se sincronizaba con el latido de su corazón. Diego lo miraba, el nerviosismo dibujado en cada línea de su rostro, mientras el anciano retrocedía hacia las sombras, susurrando palabras en un idioma que resonaba como un cántico ancestral.El altar parecía más que una estructura; era un testigo mudo de secretos inmemoriales. Las marcas talladas en su superficie irradiaban un resplandor tenue que parecía responder a Ethan. Había algo en el aire, algo que lo llamaba, como una melodía que solo él podía escuchar.—Esto… esto no es normal, Ethan —murmuró Diego, con la voz