Capítulo 2
No pasó mucho tiempo antes de que las actividades del día de la familia comenzaran.

Cada familia se sentó frente a las mesas preparadas. Lilia, mirando a Mateo sentado en la fila de adelante, me preguntó, algo desanimada:

—Mamá, ¿por qué papá no se sienta con nosotras?

Le pellizqué suavemente sus mejillas regordetas. Era tan pequeña, no debería estar metida en estos asuntos.

—Porque mamá es una superhéroe. Para que sea justo, papá fue a ayudar a otros niños también.

Justo en ese momento, la profesora anunció la primera actividad: construir una torre con bloques. Con una sonrisa dijo:

—¡Hay premio para el primer lugar! Es un set de LEGO de una nave espacial.

Lilia se emocionó al instante y señaló la nave espacial:

—¡Mamá, la quiero!

—Listo, vamos a ganar.

Cuando el reloj de arena mostraba que ya casi se acababa el tiempo, Lilia levantó su manita y gritó emocionada:

—¡Profesora, hemos terminado!

La profesora se acercó y asintió con la cabeza. Justo cuando estaba a punto de anunciarlo, un niño pequeño corrió rápidamente desde la fila de adelante. Era Lucas.

Bruscamente, derribó nuestra torre y dijo:

—¡Ahora el primer lugar es mío!

Lilia, mirando los bloques en el piso, empezó a llenar de lágrimas sus ojos y, furiosa, levantó un bloque grande de madera y lo arrojó hacia Lucas.

Lo primero que dijo Mateo al llegar fue:

—Lilia, ¿cómo se te ocurre pegarle a otro niño? ¡Pídele disculpas a tu hermano Lucas ahora mismo!

Lilia, desafiante, respondió:

—¡No lo haré! ¡Él fue quien derribó mi torre primero! ¡Es un niño malo!

Me paré firmemente detrás de mi hija:

—Mateo, cualquier persona con ojos puede ver quién empezó esto. Lucas debería disculparse con Lilia.

Renata también se acercó, tirando del brazo de Mateo:

—Mateo, déjalo. No vale la pena discutir. No peleemos con ellas.

La profesora del jardín también intentó mediar, pero en ese momento, Lilia comenzó a llorar desconsoladamente:

—Papá, ¿por qué no me proteges y en lugar de eso me regañas?

Todos quedaron en silencio cuando escucharon eso. Las miradas comenzaron a fijarse en mí, Mateo, y Renata.

Mateo la miraba, mientras que Renata parecía querer decir algo, pero no lo hizo.

Entonces, Lucas se puso las manos en la cintura y le gritó a Lilia:

—¿Quién es tu papá? ¡Deja de inventar cosas! ¡Este de aquí es mi papá!

Mi hija, asustada, comenzó a llorar aún más fuerte, con sollozos desgarradores:

—¡Papá, di algo!

Mi corazón se rompió al verla así. Miré a Mateo con furia y mi voz se volvió más seria:

—Mateo, ¿no vas a explicar nada? ¿Vas a dejar que nos vean así a mí y a tu hija?

Mateo, con los ojos entrecerrados, levantó a Lucas en brazos y dijo:

—¿Explicar qué? Hoy soy el papá de Lucas, punto.

Después de hablar, acarició la cabeza de Lucas, y los demás padres murmuraron:

—¿Está bien esa niña, por qué le dice papá a cualquiera?

—Antes, nunca veía a la familia de Lilia en el día de la familia. ¿Será la amante de alguien?

—Dicen que Mateo es muy rico, y que es el gerente de una gran empresa. Quizás la mamá de Lilia está ligando con él y la niña se dio cuenta.

Mientras los rumores me atacaban a mí y a mi hija, Mateo no dijo una sola palabra, solo consolaba a Lucas. Mientras tanto, Renata me miraba de reojo con una sonrisa malvada.

Abracé a mi hija, que seguía llorando, y la acaricié suavemente.

Aunque quería golpear a esos dos miserables, sabía que no era el momento. No podía permitir que mi hija sufriera aún más.

En ese momento, alguien que quería caerle bien a Mateo empezó a ser un completo lambón:

—¡Miren cuánto se parece Lucas al señor Mateo! Claramente es su hijo.

Levanté la mirada hacia Mateo. Pude ver la culpa en sus ojos, pero sonrió para aparentar. Mientras que Renata mostraba una sonrisa de satisfacción.

Yo había visto a esta madre y a su hijo antes, ¿cómo no me di cuenta de que realmente había un parecido entre Lucas y Mateo?

Lilia no paraba de llorar

Pedí a la profesora que nos llevara a la sala de descanso, con la esperanza de calmar a mi hija.

Cuando llegamos a la sala, logré consolarla hasta que, poco a poco, se quedó dormida.

Miré sus párpados hinchados por el llanto y sentí como si mi corazón estuviera roto en mil pedazos.

Caminé en silencio hacia el pasillo y, después de doblar por una esquina, marqué el número de recursos humanos y del departamento legal:

—Gael y Enzo, traigan ahora mismo mi certificado de matrimonio con Mateo, el borrador del acuerdo de divorcio y la carta de despido. Nos vemos en el Jardín Infantil Estrellitas. ¡De prisa!

Mientras continuaba discutiendo los detalles con ellos, un grito desgarrador me interrumpió.

Era la voz de mi hija.

Mi corazón dejó de latir por un segundo.

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