Cristal bajó la cabeza tratando de que su madre no viera su mirada de culpa, recordaba que de niña ella siempre sabía cuando le mentía. Temía que a pesar de que había pasado mucho tiempo todavía lo hiciera.
—¿Por qué escapaste de tu boda? ¿No era Jarret el hombre de tu vida? —La pregunta de su madre fue seguida de una expresión de sorpresa cuando escuchó la respuesta de Cristal: —¡No, no lo era! Me di cuenta de eso cuando lo descubrí en su habitación con su miembro en la boca de quien se supone era mi mejor amiga, Helen. —¡Panayía mu! (¡Virgen María!) —exclama su madre, incrédula—. ¿Hicieron eso? —Sí, esos desgraciados solo me estaban usando, porque querían entrar a nuestra familia de mafiosos —confesó Cristal con una mezcla deCristal se encogió de hombros, disfrutando de los manjares que su madre había preparado para ella. En ese momento, se dio cuenta de cuánto los había extrañado. Mientras comía, agregó que tenía que hablar con su esposo al regresar, ya que todavía no habían conversado. Le explicó a su madre que, antes de todo, él había ido a América para intentar convencerla de que no se casara, pero ella, por estúpida, se había negado por los años que llevaba con Jarret. Sentía que no debía hacerle algo así. Sin embargo, al final, todo resultó ser una gran farsa; Jarret era un personaje inventado sólo para enamorarla y usarla. Por eso había escapado con su verdadero amor italiano. —¿Cuándo lo conociste? —preguntó Stavri, llena de curiosidad. —Hace un año, cuando vine a Roma
Cristal la observó incrédula. Jamás, en todas las excusas que había imaginado para justificar su situación, se le había ocurrido algo así. Miró detenidamente a su madre, ahora deseando saber toda la verdad. Stavri asintió y continuó contando: —En aquel entonces, él era un poderoso mafioso aquí en Roma. No sé exactamente qué pasó, pero se metió con los mafiosos Garibaldi por una mujer. Creo que era amiga de ellos. —¿Y qué ocurrió? —preguntó Cristal, ahora muy interesada. Quizás la alejaron de su familia por esto, y no había razones para odiarlos después de todo. —Tuvimos suerte de que eso sucediera —explicó Stavri, soltando un largo suspiro—. Los Garibaldi eran muy temidos por todos; todavía lo son. Tienen buenas relaciones con la Cosa Nostr
Cristal se quedó mirando a su padre con rabia contenida. Quería decir tantas cosas, pero decidió callar, recordando que necesitaba mantenerlo calmado para enfrentar lo que se avecinaba con su desconocido esposo. Con un suspiro, se giró hacia su madre. —Mamá... mejor le cuentas tú —dijo, viendo la incredulidad en los rostros de ambos—. Yo tengo muchas cosas que hacer. Para empezar, papá, necesito dinero para comprarme ropa. No tengo nada; lo dejé todo en América. —Sí, hija, sí —respondió su padre apresuradamente, sacando su billetera—. Toma esta tarjeta, tiene crédito ilimitado. Cómprate lo que quieras. Pero no vayas sola, llévate a tu hermano contigo. —Prefiero ir sola. Al final, ustedes no tienen hija, porque murió cuando tenía diez años. No corro ningún peligro. ¿Se
Lorenzo de inmediato le contó que hacía un momento había salido una chica de pelo rubio rizado, con unos ojos verdes de ensueño.—¿La conoces, por casualidad? —pregunta Gerónimo, clavando su mirada inquisitiva en Lorenzo. —No, es la primera vez que la veo. Tiene acento extranjero. Y, por poco, se compra la tienda entera... hasta un disfraz se llevó —responde Lorenzo sin dudar. El dueño de la tienda sigue detallando: le comenta que no estaba acompañada y que, mientras pagaba, la escuchó hablar por teléfono con su hermano. Según él, habían elegido disfraces para asistir esa misma noche al club de los Grecos. —No sé si lo sabes, abrieron uno nuevo en el centro. Se ha hecho bastante famoso últimamente, aunque todavía le falta mucho para competir con el de ustedes —añade Lorenzo, co
Coral miró divertida a sus dos primos, pero no le convenía decirles nada. Por desgracia eran muy celosos, le bastaba con sus primos, así que como hacía siempre esquivó responder.—Gerónimo, no preguntes. Solo te diré que tengo que ver qué está haciendo mi Gatito —respondió Coral, riéndose para sí misma. —¿Tienes un gato? —preguntó incrédulo Guido, arqueando una ceja—. ¡Pero si a ti no te gustan los animales! —Pues, Guido, puede que este llegue a gustarme —replicó Coral, divertida al ver la expresión de asombro de sus primos—. Ja, ja, ja… Me voy a divertir mucho domesticando a mi Gatito. —Coral, ten cuidado. Ya sabes que el tío Carlos te mandó a esa escuela por tus locuras —le advirtió Gerónimo con seriedad. &
Coral lo suelta y se aleja, explicándole que está buscando a una amiga. Es extranjera y le dijo que estaba en un club, pero no le especificó cuál. Ya había revisado todos los de su área sin resultados, pero le faltaban los que están en el territorio de él. Sin embargo, como son enemigos, no quiere ir sola. Por eso vino a buscarlo para que la ayude. Él asiente, diciendo que irían en su auto. —¿Crees que soy tan imbécil, Gatito? —se niega Coral—. Mira el mío allí, aquel con chapa de turista. Abrázame para que tus hombres piensen que somos novios y no te sigan. —Me las vas a pagar, Coral. Siempre me coges de sorpresa, pero te aseguro que me las vas a pagar —dice él con frustración, aunque termina haciendo lo que ella le pide. —Sí..., sí, Gatito, cuando quieras —ríe Coral
Él se queda mirándola fijamente por unos instantes, estudiándola con una mezcla de curiosidad y cautela, hasta que finalmente sale del auto. Coral lo sigue, rodeando el vehículo para entregarle las llaves, mientras le pide que lo mande al parqueo. Él hace ademán de tomarle la mano para mantener el "papel," pero Coral lo esquiva con un gesto calculado. —Thea mou —dice con una sonrisa. — Tienes que comportarte como mi novia. Así que tendrás que dejar que te toque como tal. —¿Qué tipo de nombre es ese? ¿De dónde lo sacaste? —pregunta Coral, deteniéndose para mirarlo con intriga. —Es griego. Thea significa diosa. Serás mi diosa delante de todos. Es una forma de llamar en mi cultura a la mujer que realmente amas —aclara él, con seriedad palpable en su voz. —¿Te parezco una diosa, Gat
Guido lo dice con aire complacido, mientras su risa despreocupada contrasta con la preocupación en el rostro de su hermano. Gerónimo sonríe al recordar esas noches locas de cuando iban a esos lugares. Pero ahora la situación es diferente, asegura. Han construido una casa con todos los aparatos necesarios para esos momentos privados. No tienen necesidad de volver a visitar esos clubes, lo cual les ayudará a mantener su imagen de haber abandonado la vida desenfrenada. Luego, mira a su hermano con seriedad. —Guido, no te pierdas en ese mundo. Recuerda que solo fuimos por curiosidad. Es verdad que lo disfrutamos, pero no creo que sea algo en lo que debamos pasar demasiado tiempo. Quizás una o dos veces al mes, nada más —sugiere, al notar cómo Guido lo mira incrédulo. —Vamos, mi hermano, si a ti se te da muy bien eso de ser el dominante —le recuerda con una sonrisa p&iacut