Cristal se quedó mirando a su padre con rabia contenida. Quería decir tantas cosas, pero decidió callar, recordando que necesitaba mantenerlo calmado para enfrentar lo que se avecinaba con su desconocido esposo. Con un suspiro, se giró hacia su madre.
—Mamá... mejor le cuentas tú —dijo, viendo la incredulidad en los rostros de ambos—. Yo tengo muchas cosas que hacer. Para empezar, papá, necesito dinero para comprarme ropa. No tengo nada; lo dejé todo en América. —Sí, hija, sí —respondió su padre apresuradamente, sacando su billetera—. Toma esta tarjeta, tiene crédito ilimitado. Cómprate lo que quieras. Pero no vayas sola, llévate a tu hermano contigo. —Prefiero ir sola. Al final, ustedes no tienen hija, porque murió cuando tenía diez años. No corro ningún peligro. ¿SeLorenzo de inmediato le contó que hacía un momento había salido una chica de pelo rubio rizado, con unos ojos verdes de ensueño.—¿La conoces, por casualidad? —pregunta Gerónimo, clavando su mirada inquisitiva en Lorenzo. —No, es la primera vez que la veo. Tiene acento extranjero. Y, por poco, se compra la tienda entera... hasta un disfraz se llevó —responde Lorenzo sin dudar. El dueño de la tienda sigue detallando: le comenta que no estaba acompañada y que, mientras pagaba, la escuchó hablar por teléfono con su hermano. Según él, habían elegido disfraces para asistir esa misma noche al club de los Grecos. —No sé si lo sabes, abrieron uno nuevo en el centro. Se ha hecho bastante famoso últimamente, aunque todavía le falta mucho para competir con el de ustedes —añade Lorenzo, co
Coral miró divertida a sus dos primos, pero no le convenía decirles nada. Por desgracia eran muy celosos, le bastaba con sus primos, así que como hacía siempre esquivó responder.—Gerónimo, no preguntes. Solo te diré que tengo que ver qué está haciendo mi Gatito —respondió Coral, riéndose para sí misma. —¿Tienes un gato? —preguntó incrédulo Guido, arqueando una ceja—. ¡Pero si a ti no te gustan los animales! —Pues, Guido, puede que este llegue a gustarme —replicó Coral, divertida al ver la expresión de asombro de sus primos—. Ja, ja, ja… Me voy a divertir mucho domesticando a mi Gatito. —Coral, ten cuidado. Ya sabes que el tío Carlos te mandó a esa escuela por tus locuras —le advirtió Gerónimo con seriedad. &
Coral lo suelta y se aleja, explicándole que está buscando a una amiga. Es extranjera y le dijo que estaba en un club, pero no le especificó cuál. Ya había revisado todos los de su área sin resultados, pero le faltaban los que están en el territorio de él. Sin embargo, como son enemigos, no quiere ir sola. Por eso vino a buscarlo para que la ayude. Él asiente, diciendo que irían en su auto. —¿Crees que soy tan imbécil, Gatito? —se niega Coral—. Mira el mío allí, aquel con chapa de turista. Abrázame para que tus hombres piensen que somos novios y no te sigan. —Me las vas a pagar, Coral. Siempre me coges de sorpresa, pero te aseguro que me las vas a pagar —dice él con frustración, aunque termina haciendo lo que ella le pide. —Sí..., sí, Gatito, cuando quieras —ríe Coral
Él se queda mirándola fijamente por unos instantes, estudiándola con una mezcla de curiosidad y cautela, hasta que finalmente sale del auto. Coral lo sigue, rodeando el vehículo para entregarle las llaves, mientras le pide que lo mande al parqueo. Él hace ademán de tomarle la mano para mantener el "papel," pero Coral lo esquiva con un gesto calculado. —Thea mou —dice con una sonrisa. — Tienes que comportarte como mi novia. Así que tendrás que dejar que te toque como tal. —¿Qué tipo de nombre es ese? ¿De dónde lo sacaste? —pregunta Coral, deteniéndose para mirarlo con intriga. —Es griego. Thea significa diosa. Serás mi diosa delante de todos. Es una forma de llamar en mi cultura a la mujer que realmente amas —aclara él, con seriedad palpable en su voz. —¿Te parezco una diosa, Gat
Guido lo dice con aire complacido, mientras su risa despreocupada contrasta con la preocupación en el rostro de su hermano. Gerónimo sonríe al recordar esas noches locas de cuando iban a esos lugares. Pero ahora la situación es diferente, asegura. Han construido una casa con todos los aparatos necesarios para esos momentos privados. No tienen necesidad de volver a visitar esos clubes, lo cual les ayudará a mantener su imagen de haber abandonado la vida desenfrenada. Luego, mira a su hermano con seriedad. —Guido, no te pierdas en ese mundo. Recuerda que solo fuimos por curiosidad. Es verdad que lo disfrutamos, pero no creo que sea algo en lo que debamos pasar demasiado tiempo. Quizás una o dos veces al mes, nada más —sugiere, al notar cómo Guido lo mira incrédulo. —Vamos, mi hermano, si a ti se te da muy bien eso de ser el dominante —le recuerda con una sonrisa p&iacut
Maximiliano mira a Coral, decidida a no dejar que la lleve a su casa, pero todavía está muy pálida, a pesar de que intenta parecer mejor. El sudor en su frente la traiciona y él observa cómo se pasa la mano por el vientre.—Sé que lo entiendes, Gatito. No quiero que te pase nada, o peor, que me pase a mí. Si me ven contigo, se lo dirán a papá —sigue diciendo mientras se recuesta en su hombro—. Por favor, Gatito, hazme caso, déjame aquí. Vicencio no debe estar lejos; siempre me sigue a todas partes. Solo espera y verás, deja que lo llame. Pero ella sostiene la cabeza en agonía; le duele terriblemente y tiene ganas de vomitar. Al menos lo había sacado del club con su desmayo, pensó. Ese era el plan que había hecho con sus primos. Ella vigilaría y trataría de sacar a Maximiliano del club si lo veía. Aunque, en verdad, se sentía morir; siempre el período para ella era terrible. Pero Gerónimo le había pedido que sacara a Maximiliano, que era el que los podía reconocer bien.—Coral, ¿conf
Gerónimo no responde a su hermano, detenido frente a la mujer que tiene delante. Su corazón le salta desbocado ante la visión que acaba de descubrir.—¿No es ella? —pregunta Guido, que no puede verla porque su hermano la cubre con su cuerpo, hasta que lo oye decir:—¡Cielos, Guido! ¡Es preciosa, mi esposa! Mírala, mi hermano, no te miento, ¡es la mujer más hermosa que he visto en mi vida! —exclama emocionado Gerónimo mientras se desliza para que la vea—. ¡No puedo creer que esta belleza sea mía y al fin estemos juntos! ¡Por fin la encontré! ¡La encontré! Guido no puede evitar sonreír mientras observa a Gerónimo mirar a Cristal con fascinación, como si aún no creyera que fuera realmente ella, la misma mujer que tanto había buscado. Y es que ella tenía ese algo que hacía que todo a su alrededor perdiera importancia. Era la reencarnación de la diosa Afrodita. Su belleza parecía desbordar cualquier palabra humana que intentara describirla. El tenue sonrojo que teñía sus mejillas, segura
Después de que su hermano se marchara, Gerónimo entra en la habitación donde ha depositado a Cristal. La observa en silencio durante un rato. Luego busca un paño para limpiarle el rostro de la pintura que lleva, y se maravilla aún más. Las mejillas sonrosadas de ella hacen un hermoso contraste con sus labios rojos. Ella se despierta y se lanza sobre él, lo abraza y lo besa.—Mi esposo, hip… Mi esposo, ¿dónde estabas? hip… —pregunta sin soltarlo. —Deja que te quite la pintura, cielo —le pide Gerónimo tratando de escapar de su agarre. —Hip… No te vayas, hip… Ven, acuéstate conmigo, hip… —lo llama ella, tirando de él, que se resiste. —Espérate, cielo, tengo que bañarte —le dice, ya que no le gusta para nada el olor a cigarro y alcohol que ella tiene, y porque quiere q