Oliver lo miró como si no pudiera creer lo que estaba escuchando, como si estuviera viviendo el más hermoso de los sueños.
—¿De verdad, Darío? ¿Te gusto para una relación para siempre? —volvió a preguntar, aún incrédulo y tambaleándose entre la felicidad y la incredulidad. ¿Sería real todo aquello? ¿O solo era una cruel broma del destino? —No sé si Evelin te ha contado.. —Comenzó a decirle Darío al ver como Oliver se había quedado como si no creyera que lo que había acabado de confesarle fuera real. Oliver permanecía estático. Sus ojos brillaban con una mezcla de sorpresa y esperanza, pero también con inseguridad. Seguía intentando asimilar aquel momento. ¿Era posible que algo tan hermoso le estuviera sucediendo a él? ¡Él, un chico que nuncGuido seguía riendo sin ningún control. No podía contenerse. El gran Gerónimo, reducido y domado por una mujer desconocida.— Ja, ja, ja, ja… Esto es algo que nunca pensé ver—dijo aguantando su barriga. —¡Deja de burlarte de mí, hermano, por favor! —le pidió Gerónimo, visiblemente frustrado, tratando de no estallar contra él—. Siento que no puedo respirar cada vez que pienso en ella, ¡te lo juro! Estoy locamente enamorado de mi desconocida esposa. —Me gusta cómo suena… ja, ja, ja… —dijo entre risas Guido—. Mi desconocida esposa. Les diré a Darío y Asiri que hagan una película con ustedes, ja, ja, ja… —¡¡¡Guido…!!! —le gritó Gerónimo en un tono amenazante, pero su hermano no podía dejar de reí
Hizo muy bien en llamar a su primo, se dijo a sí mismo mientras se ponía de pie bajo la mirada interrogante de Guido. Buscó en el lugar donde había escondido el certificado de matrimonio, lo tomó y, después de asegurarse de que estaba en orden, se giró hacia Guido, quien lo miraba intrigado, sin comprender qué hacía. —Vamos, Guido, llévame a registrar el certificado de matrimonio. Filipo está de acuerdo contigo, pero dice que lo debo registrar para que no puedan hacer nada mis padres —le explicó con una gran sonrisa—. Ese primo nuestro es un genio. —¡Te lo dije! —Guido se levantó de un salto, entusiasmado—. Esa es la mejor solución. Sí, yo sé a dónde tenemos que ir. Vamos, es por el centro. Gerónimo, ahora decidido a todo. Se lo diría a sus padres, aunque no haya encont
No se casaría con un hombre que no estuviera dispuesto a aceptar tener hijos. Era hijo único y había sufrido mucho por eso; se había prometido a sí mismo crear una gran familia. La sonrisa desapareció de sus labios antes de murmurar con un hilo de voz, casi en un susurro cobarde: —¿No quieres? —Pensaba en buscar una madre sustituta y tener un hijo tuyo y mío —aclaró Darío, provocando que Oliver saltara de felicidad. —¡Eso es mejor! —gritó Oliver, enamorado de la idea—. Entonces… —¡Espera! —lo interrumpió Darío, con una sonrisa—. Quiero ser yo quien haga esa pregunta. Porque, entre tú y yo, está muy claro quién será el dominante. —¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Oliver, un poco asustado.
¿Qué debía decirles a sus padres? Sabía, por las preguntas de su hermano, que ellos estaban al tanto de su boda, aunque ella no los había invitado. No quería que Jarret descubriera que les había mentido. Dejó que el agua corriera por su largo cabello rubio y ensortijado, lo único que había conservado como recuerdo de su padre. Él siempre le decía que adoraba su cabello largo, igual al de la diosa Afrodita, y por eso nunca lo había cortado. Salió de la ducha y se miró al espejo. Grandes ojeras negras enmarcaban sus ojos, dándole un aspecto agotado. Pero se recompuso. Debía pensar. Necesitaba encontrar una historia que contarles a sus padres: diría que escapó con el amor de su vida y que se casó. —Piensa, Agapy, no pueden descubrirte la mentira —se dijo a sí misma—. ¿Cómo d
Cristal bajó la cabeza tratando de que su madre no viera su mirada de culpa, recordaba que de niña ella siempre sabía cuando le mentía. Temía que a pesar de que había pasado mucho tiempo todavía lo hiciera.—¿Por qué escapaste de tu boda? ¿No era Jarret el hombre de tu vida? —La pregunta de su madre fue seguida de una expresión de sorpresa cuando escuchó la respuesta de Cristal: —¡No, no lo era! Me di cuenta de eso cuando lo descubrí en su habitación con su miembro en la boca de quien se supone era mi mejor amiga, Helen. —¡Panayía mu! (¡Virgen María!) —exclama su madre, incrédula—. ¿Hicieron eso? —Sí, esos desgraciados solo me estaban usando, porque querían entrar a nuestra familia de mafiosos —confesó Cristal con una mezcla de
Cristal se encogió de hombros, disfrutando de los manjares que su madre había preparado para ella. En ese momento, se dio cuenta de cuánto los había extrañado. Mientras comía, agregó que tenía que hablar con su esposo al regresar, ya que todavía no habían conversado. Le explicó a su madre que, antes de todo, él había ido a América para intentar convencerla de que no se casara, pero ella, por estúpida, se había negado por los años que llevaba con Jarret. Sentía que no debía hacerle algo así. Sin embargo, al final, todo resultó ser una gran farsa; Jarret era un personaje inventado sólo para enamorarla y usarla. Por eso había escapado con su verdadero amor italiano. —¿Cuándo lo conociste? —preguntó Stavri, llena de curiosidad. —Hace un año, cuando vine a Roma
Cristal la observó incrédula. Jamás, en todas las excusas que había imaginado para justificar su situación, se le había ocurrido algo así. Miró detenidamente a su madre, ahora deseando saber toda la verdad. Stavri asintió y continuó contando: —En aquel entonces, él era un poderoso mafioso aquí en Roma. No sé exactamente qué pasó, pero se metió con los mafiosos Garibaldi por una mujer. Creo que era amiga de ellos. —¿Y qué ocurrió? —preguntó Cristal, ahora muy interesada. Quizás la alejaron de su familia por esto, y no había razones para odiarlos después de todo. —Tuvimos suerte de que eso sucediera —explicó Stavri, soltando un largo suspiro—. Los Garibaldi eran muy temidos por todos; todavía lo son. Tienen buenas relaciones con la Cosa Nostr
Cristal se quedó mirando a su padre con rabia contenida. Quería decir tantas cosas, pero decidió callar, recordando que necesitaba mantenerlo calmado para enfrentar lo que se avecinaba con su desconocido esposo. Con un suspiro, se giró hacia su madre. —Mamá... mejor le cuentas tú —dijo, viendo la incredulidad en los rostros de ambos—. Yo tengo muchas cosas que hacer. Para empezar, papá, necesito dinero para comprarme ropa. No tengo nada; lo dejé todo en América. —Sí, hija, sí —respondió su padre apresuradamente, sacando su billetera—. Toma esta tarjeta, tiene crédito ilimitado. Cómprate lo que quieras. Pero no vayas sola, llévate a tu hermano contigo. —Prefiero ir sola. Al final, ustedes no tienen hija, porque murió cuando tenía diez años. No corro ningún peligro. ¿Se